Los fríos vientos del mes de noviembre de aquel año 1970, se dejaban sentir con fuerza en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala. Rafael Rubio, un joven de apenas diecinueve años de edad, se enfilaba debidamente abrigado por el Callejón del Judío hacia la Iglesia del Señor San José, para cumplir con su devocional visita a la imagen de sus amores, el último viernes de mes.
Efectivamente, Jesús de los Milagros, que se veneraba en aquel pequeño templo de la zona uno en cuanto a dimensiones, pero enorme por la devoción de miles de fieles, desde años atrás se había robado su corazón.
Al llegar a la avenida que se identifica con la misma denominación a la del templo, su mente viajó irreversiblemente al pasado, a la mañana de un Domingo de Ramos en la imponente procesión josefina, y cuando a su paso por el sitio donde se encontraba, a eso de las diez y media de la mañana bajo intenso calor, aquella arteria era un escenario de verdadera solemnidad de devotos, devotas y penitentes que a la usanza de la época de ocupación romana en Jerusalén, hacían cumplir la sentencia del Presidente de la “inferior Galilea”.

Las estampas de sus semanas santas del ayer, pasaron como si fuese una película, y nuestro amigo recordó con cariño, la forma como sus padres lo llevaban desde muy niño a la Iglesia de su Barrio, pues había venido al mundo en la primera calle de la zona seis, muy cerca del Hogar del Señor con la cruz a cuestas; de sus inicios en aquellos años como “sanjuanero”, su acompañamiento con él en su llamada Procesión del Silencio, que para entonces salía a la medianoche del primer viernes de Cuaresma y hasta el amanecer y su primer turno en el año de 1966.
Y cómo luego, poco a poco y con la debida vestimenta que caracteriza a los cucuruchos de San José: túnica y capirote morados, paletina y cinturón negros y guantes blancos, su caminata y acompañamiento al cortejo fueron siendo cada vez más largos, hasta que Dios le permitió con el transcurso del tiempo, llegar hasta la entreda de la procesión, aproximadamente a las ocho y media de la noche, y como buen patojo “chispudo”, ser testigo del momento en que las andas de Jesús de los Milagros detenían su marcha luego de fatigosa jornada a fin de descansar en sus pedestales, mismosque ayudaba a colocar, para lo cual se lograba “colar” y con una oración de agradecimiento, decirle al Señor “mil gracias a Jesucristo, hasta el año entrante si Dios quiere”.
Aquella tarde de viernes, cuando el sol empezaba a caer, el templo del Señor San José, estaba especialmente adornado e iluminado, ya que pronto sería la Fiesta de Cristo Rey, por lo cual con profunda emoción, se puso de rodillas frente a la imagen de sus quereres, que lucía una hermosa túnica de color morado profundo, para pedirle por sus necesidades. Pero en aquella ocasión sintió algo especial. Un no se qué, que hizo un revoloteo en su alma y en su corazón.
Cayó la noche y después del rezo y de saludar a varios directivos de la asociación de cargadores, entre ellos don Miguel Angel Sosa Ponce, quien también era vecino del Barrio, se santigua y emprende por la calle de Matamoros y luego la catorce avenida, el camino de regreso a su casa.

Cuando pasó por la estación de venta de combustible que se ubicaba en la catorce avenida y tercera calle de la zona uno, se encontró con un conocido, quien a esas horas, estaba estacionando su automóvil en el extenso predio que albergaba el negocio de venta de combustible.
Se trataba ni más ni menos que de su amigo Roberto Argueta, otro fiel devoto cargador, y más que un simple devoto cargador una persona totalmente entregada a su servicio a Jesús Nazareno de los Milagros: era uno de los oficiales de la “Centuria Romana”; ese connotado y selecto grupo de penitentes, que con el atavío especial de la edad antigua, precedían el paso de la procesión dominical josefina desde mediados de los años cincuenta, gracias a la inspiración del entonces encargado general de la asociación, don Mario Ruata Asturias.
Luego del saludo de rigor, la plática se dirigió de manera irreversible hacia las devociones del Nazareno Josefino.
- Mire Rafa, usted está patojo, y además tiene la altura y el porte. No le interesaría formar parte de la Centuria Romana para el Domingo de Ramos del año entrante ¿?? –
La pregunta tomó de sorpresa al joven penitente. Al principio con cierto asombro y nerviosismo, que poco a poco se fueron convirtiendo en alegría y emoción especiales, comprendió ahora lo que Jesús le quería transmitir frente a su camarín, minutos atrás. La respuesta no demoró mucho, y de los labios de Rafael salió un simple…
- Con mucho gusto Beto, cuente conmigo, qué tengo que hacer ¿???
El interlocutor de Rafael le tomó sus datos y pronto lo invitó a llegar a la primera reunión de “centuriones” en la Cuaresma del año siguiente, es decir 1971.
Muy temprano en la mañana de aquel Domingo de Ramos 4 de abril, Rafael acudió a la Iglesia de San José. Se atavió junto a sus 99 valientes compañeros con su respectiva pechera, espaldar, capa roja, cinturón con galones de cuero, casco con el tradicional penacho escarlata, muñequeras y desde luego, se le entregó su lanza como emblema distintivo del grupo élite de los devotos que acompañan al Señor de los Milagros, para luego por turnos, llevar en sus manos y hombros las pesadas catorce estaciones del Santo Viacrucis.
La experiencia de aquel día nunca se borró de la mente de Rafael. Sentirse parte de los Romanos Josefinos, y del reto que representa para cualquier nuevo integrante del prestigioso grupo, a pesar del tremendo esfuerzo que esto significa, del intenso calor que debe soportarse con las prendas de hojalata bajo el sol ardiente de Semana Santa, muchas veces de la sed o el hambre que agobian al cuerpo, y llegada la noche, del frío que junto al cansancio atormentan a los imperiales penitentes, no constituyen obstáculo alguno para experimentar la enorme bendición de ser parte de la centuria oferente de amor a Cristo por medio de la milagrosa imagen, de brindar un agradecimiento al todopoderoso por algún favor, alguna bendición o protección de él recibida para su persona, familia y amigos; de pedirle por sus necesidades más imperiosas y también, claro está, de experimentar el sano y buen orgullo repetimos, de este grupo “élite” de penitentes y cargadores, no solo de San José sino de cualquier otro cortejo procesional que cuenta con el favor celestial de tener a estos comprometidos y muy, muy esforzados católicos, que son nuestro timbre de orgullo de la religiosidad popular de Cuaresma y Semana Santa en Guatemala.
Vaya pues, nuestro saludo y respeto profundo al gentil amigo y devoto Rafael Rubio, orgulloso integrante de la centuria josefina por cincuenta y cinco años ya, quien amablemente nos ha compartido parte de sus memorias y con él, en la primera parte de esta historia de Cuaresma, a todos y cada uno de quienes conforman el selecto grupo que constituye, El Gallardo Escuadro.
Continuará…








