En el desarrollo de una vida (ver artículos anteriores), a esta edad ocurre la segunda gran poda neuronal y la maduración de los sistemas de recompensa. Para ser precisos, no enfrentamos a dos poblaciones bio-históricamente diferentes y debemos diferenciar entre el adolescente que arrastra una «deuda biológica» de la infancia y edad escolar de aquel que, habiendo crecido sano, se enfrenta a una “quiebra funcional” al llegar a la pubertad debido al entorno guatemalteco.
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El adolescente con daños preexistentes (La continuidad de la inercia del abandono)
Este es el joven que ya viene con el «hardware» dañado en todos sus sistemas corporales por la desnutrición crónica y el estrés tóxico padecido en su niñez. En él, lo que podríamos llamar su “Pilar Biológico” presenta una programación metabólica para la escasez; su cuerpo prioriza la supervivencia sobre el crecimiento, resultando a la observación en baja talla, un sistema inmunológico con el «escudo chueco» y un sistema metabólico adaptado a la escasez.
En su “Pilar de la Conducta” la atrofia de la Corteza Prefrontal (CPF) es ya una realidad física. Al no tener un “director de orquesta” cerebral fuerte, el adolescente es incapaz de controlar impulsos o planificar a largo plazo, quedando encadenado al presente inmediato a su medio.
Su “Pilar Sociológico” marcado por un “techo de vidrio cognitivo” como vimos en el párrafo de arriba, se vuelve superlimitado. El sistema social lo expulsa hacia el mercado laboral de baja cualificación porque su herramienta de trabajo —su cuerpo— viene defectuosa de fábrica.
En consecuencia, visto desde lo político, es un ciudadano ideal para el clientelismo. Su vulnerabilidad cognitiva lo hace presa fácil de la manipulación emocional y la compra de votos por beneficios inmediatos es una de ellas.
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El Adolescente que Adquiere Anomalías (La Quiebra del Potencial Sano)
Este es el caso del joven que tuvo una infancia y edad escolar adecuada, pero que al entrar a la adolescencia se topa con un sistema que “administra la miseria”. En él:
Su “Pilar Biológico” (Fase Aguda): La pubertad exige un pico de demanda nutricional exigiendo un pico de biodisponibilidad de micronutrientes y densidad calórica y buenos hábitos de vida. Si una crisis económica familiar interrumpe el acceso a proteínas y minerales esenciales (como zinc, hierro y calcio), se produce una serie de hipo en sus sistemas funcionales fisiológicos por déficit energético. Esto no solo frena el desarrollo de muchos caracteres hormonales y metabólicos y de estructuras orgánicas finales, sino que provoca una poda sináptica deficiente en la corteza prefrontal, comprometiendo funciones ejecutivas de por vida.»
Biología y Conducta: Es el momento de los neurotrasmisores y la Recompensa Inmediata. El adolescente con un historial de hambre busca ráfagas rápidas de satisfacción. Esto lo hace biológicamente más propenso a comportamientos de riesgo, pandillas o adicciones como forma de compensar su malestar sistémico. Podríamos decir que entra en La Neurobiología del Vacío. Ante la falta de oportunidades reales, ante la lucha infructuosa contra un medio lleno de carencias de muchos tipos (emocionales, materiales, acoso de todo tipo incluyendo el de redes sociales) el cerebro sano empieza a producir cortisol por la incertidumbre del futuro. Esto genera un desequilibrio donde la amígdala se hipertrofia por el miedo, transformando la razón en reacción. El joven busca ráfagas de dopamina en comportamientos de riesgo o adicciones para compensar el malestar de un entorno que no le ofrece nada. Se desbalancea el área emocional con la pensante a favor de la primera.
El “Pilar Sociológico” (El Talento Desperdiciado): Aquí ocurre la “mutilación de la libertad”. Aunque el joven tenga la capacidad intelectual, el sistema le ofrece un andamio social roto: escuelas sin tecnología y un mercado laboral que solo valora lo utilizable. El potencial se apaga por falta de uso.
3. Los daños en los carentes de salud y con limitaciones
La diferencia en ambos grupos de adolescentes con una falta de buena salud es trágica. El primero lucha contra una mutilación sistémica ya consumada y a eso tiene que añadir un ambiente social y ambientalmente muchas veces agresivo. El segundo sufre un desmantelamiento provocado por la mediocridad de la política nacional en cuanto a desarrollo social. En ambos casos, la estrategia nacional es pobre porque trata el desarrollo humano como caridad y no como una inversión de seguridad nacional. El resultado es el mismo: un “suicidio colectivo a cámara lenta” donde Guatemala, pierde la capacidad de sus ciudadanos de ser críticos y emprendedores y por consecuencia es menos productivo.
Pilar de la Libertad: Aquí ocurre la “Mutilación de la Libertad” definitiva. Al no poder mentalmente “viajar en el tiempo”. Debido al daño en su capacidad de planificación, el adolescente queda encadenado al presente. La deserción escolar no es una elección libre, es una respuesta biológica a la supervivencia.
En lo político, la conducta más observable es el deseo de huir de estos sujetos, tanto dentro como fuera del país. El joven entiende que su país es un sistema que prefiere el billete al ser humano, y concluye que su única salida es la migración.
Para completar el análisis de la adolescencia (12 a 18 años), debemos entender que esta es la etapa de la “segunda oportunidad” neurobiológica, pero en Guatemala se convierte a menudo en la etapa de la consolidación de la exclusión. Es claro que independientemente de si el daño es heredado o adquirido, la Estrategia Nacional ante tal situación es pobre en planificación y en acción y es de temer que Guatemala termina «exportando» a sus jóvenes (probablemente los más desarrollados en cuanto a potenciales) como capital humano en bruto, cometiendo un suicidio colectivo a cámara lenta.
La neurociencia del desarrollo confirma que el hambre crónica altera el sistema de recompensa cerebral. El adolescente con déficits nutricionales pasados y actuales, no solo enfrenta debilidad física, sino un reajuste neurohormonal y metabólico, que lo vuelve biológicamente vulnerable a la gratificación inmediata. En este estado de malestar sistémico, los comportamientos de riesgo y las adicciones, la pérdida de futuro, no son meras elecciones de conducta, sino intentos biológicos desesperados por compensar un sistema neuroquímico en modo de supervivencia.
La sociedad y el mundo político debería tomar conciencia de que el hambre no solo encoge el cuerpo, sino que reprograma el sistema de toma de decisiones. El individuo queda atrapado en una biología de la urgencia que le vuelve presa fácil de pérdida de libertad.








