LOGOS

La utopía marxista

Luis Enrique Pérez

El filósofo y economista Karl Marx nació el 5 de mayo del año 1818. Nació, pues, hace 200 años. La nostalgia lo evoca. La ilusión lo glorifica. La ignorancia lo diviniza. La agonizante esperanza intenta resucitarlo. La frustración clama por renovarlo. La historia lo refuta. Eludió ser utopista; pero estaba destinado a serlo. Pretendió ser profeta de un reino celestial de los trabajadores; pero solo pudo brindar una guía para imponer la servidumbre obrera.

El escritor y político inglés Thomas More combinó la palabra griega “ou”, que significa “no” o “sin”, y la palabra “topos”, que significa “lugar”, y creó la palabra “outopos”, que significa “sin lugar”, de la cual deriva “utopía”. Esta palabra denota una sociedad que, por su supuesta perfección, no puede existir en algún lugar del misérrimo mundo terrestre. Algunas de las primeras concepciones de una sociedad utópica fueron expuestas en “La República”, de Platón (427-347, antes de la Era Cristiana); en “Utopía”, del mismo Thomas More (1480-1535); en “La Nueva Atlántida”, de Francis Bacon (1561-1626); y en “La Ciudad del Sol”, de Tommaso Campanella (1568-1639).

Posteriormente surgieron nuevas concepciones de una sociedad utópica, que prometían rescatar al ser humano de la miseria, la opresión y la explotación económica. Aludo, por ejemplo, a las concepciones utópicas de Henri de Saint-Simon (1760-1825); Charles Fourier (1772-1837) y Louis Blanc (1811-1882). Saint-Simon concibió una sociedad que le adjudicaba el derecho de propiedad privada a quien tuviera el mérito de ejercerlo. Fourier concibió una sociedad en la cual comunidades agrícolas distribuían la riqueza que producían sus miembros. Y Blanc concibió una sociedad en la cual “cada quien… produce conforme a sus facultades y consume conforme a sus deseos.”

Karl Marx (1818-1883) concibió una sociedad que pretendía ser comunismo científico, en cuya etapa superior la “sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!” Era comunismo porque suprimía la propiedad privada del capital. Era científico porque no se inspiraba en licenciosas fantasías utopistas comunistas, sino se fundamentaba en la ciencia y en el materialismo histórico, o filosofía materialista dialéctica aplicada a la historia. Y esa ciencia y esa filosofía revelaban que la historia estaba gobernada por leyes que inevitablemente extinguirían la maléfica sociedad capitalista y la sustituirían por una benéfica sociedad comunista.

Marx pretendió ser un científico de la economía y de la historia, y quizá hasta pretendió que su obra “El Capital” fuera comparable con “Principios Matemáticos de Filosofía Natural”, de Isaac Newton (1642-1727); o con “Una Investigación sobre la Naturaleza y las Causas de la Riqueza de las Naciones”, de Adam Smith (1723-1790); o con “El Origen de las Especies”, de Charles Darwin (1809-1882).

El comunismo científico de Marx demostró, ya en su primera etapa, llamada “socialismo”, ser un fracaso, y no ser realmente científico sino utópico. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se disolvió; y Alemania oriental huyó del comunismo como si hubiera sido una pavorosa peste mortal. Actualmente, China y Cuba abandonan el comunismo. Venezuela intenta renovarlo; pero ese intento ha comenzado ya a anunciar un fracaso innovador que, por supuesto, el marxista no cree que es tal, sino una efímera etapa dolorosa hacia un novedoso comunismo.

Subsisten pertinaces residuos marxistas, no por algún designio determinista de la historia, sino porque siempre es posible que la ilusión aliada con la pasión triunfe sobre la razón aliada con los hechos. Parte de esos residuos son aquellos que se consuelan con inventar sepulcros del capitalismo, y se complacen en sepultarlo mil veces, como si mil veces hubiera vuelto a nacer; o son aquellos que festejan como fracaso del capitalismo, el fracaso de la intromisión del Estado en la economía. Algunos residuos marxistas han reconocido el fracaso del comunismo; pero argumentan que fracasó el comunismo real, y no el ideal. ¡Solo el comunismo ideal, es decir, el irreal, podría tener éxito!

Post scriptum. Cuéntase que un marxista empleaba un martillo para cortar madera. Cuando se percató de que el martillo era ineficaz para cortarla, díjose que la causa de la ineficacia era que empleaba un martillo real, y no uno ideal.