En España nació la idea, lanzada por Florentino Pérez presidente del Real Madrid y demostró muchas cosas que suceden a todos niveles. Foto La Hora/AP

No hay nada peor en la vida en sociedad que el establecimiento de castas privilegiadas que, por sí y ante sí, disponen hacer las cosas a su antojo y saltándose todas las trancas. En el futbol internacional funcionan las confederaciones regionales y la FIFA que se convierten en rectores del deporte y, ciertamente, en esos ámbitos también ha habido mucha corrupción porque, desgraciadamente, la ambición mueve montañas. Pero mal que bien se establecen normas que tienen que cumplir todos los participantes y que de una u otra manera mantienen los niveles de competencia de acuerdo con las capacidades de cada país y aún de cada club, teniendo cada uno que ganarse su sitio en las competiciones de más alto nivel.

En España nació la idea, lanzada por Florentino Pérez, quien con su constructora ya hizo sus incursiones por Guatemala, de crear una competencia que fuera un negocio garantizado para unos cuantos clubes y a la que invitarían, gamonalmente, a uno que otro cada año para darle un poco de sabor al caldo. El Real Madrid fue el buque insignia de la Súper Liga lanzada el pasado fin de semana, pero que ya se conocía desde algunos días antes. Equipos grandes de Inglaterra, España e Italia se confabularon para destruir la competencia de la Champions en Europa y clavarse ellos el supuesto negocio, lo que provocó reacciones que hacen ahora tambalear la idea porque se empiezan a retirar los equipos donde valoran a sus seguidores y éstos no son del corte de los presidentes de los clubs.

Es triste ver cómo se ha ido asentando la idea de que el fin justifica los medios y que no hay que respetar normas con tal de obtener beneficio. Prácticamente se está convirtiendo en la nueva ley de la vida el que si alguien tiene que pasar sobre los derechos de otros para alcanzar sus particulares objetivos, puede hacerlo sin problema alguno. Y esa generalizada desvalorización de las sociedades es lo que pasa factura al mundo entero en nuestros días porque alrededor del globo, el que tiene un poco más de riqueza o poder que otros, siente que tiene el derecho de acumular más violentando normas y leyes. Es más, se enseña a los niños que el mundo es de los vivos y no de los babosos, como tildan a los que creen en el cumplimiento de las reglas de vida que son las reglas de convivencia que deben regir entre todos los miembros de cualquier sociedad.

Un fenómeno lejano nos indica qué rumbo más torcido estamos llevando.

Redacción La Hora

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