La que enseña la epidemia del SIDA

En esta imagen se ven viriones del VIH. Dra Hilda Palacios nos recuerda en su trabajo de tesis, que en Guatemala el primer caso de sida fue reportado en 1984 en un hombre de 28 años de edad. Foto la hora: AP.

Alfonso Mata

Sexo y sangre

La Dra Hilda Palacios nos recuerda en su trabajo de tesis, que en Guatemala el primer caso de SIDA fue reportado en 1984 en un hombre de 28 años de edad, guatemalteco proveniente de los Estados Unidos. El MSPAS en su informe del 2014 nos dice que “de manera similar a otros países de la región Centroamericana, todos los casos reportados durante los primeros dos años de la epidemia, correspondieron a varones homosexuales, residentes en los Estados Unidos y que regresaban a Guatemala en estadios avanzados de la enfermedad”. Igualmente especifica que “en abril y julio de 1986 se reportaron los primeros dos casos en mujeres guatemaltecas, de 34 y 31 años respectivamente, residentes también en los Estados Unidos y que referían haber sido hemotransfundidas”. En abril de 1988, se reportan los dos primeros casos de SIDA en personas residentes en Guatemala. Dichos casos corresponden a una niña de 12 años de edad con antecedente de haber sido hemotransfundida, lo que puso en evidencia la circulación del virus en el país y a un varón homosexual de 38 años. Los dos primeros niños menores de cuatro años fueron reportados en 1990, también con antecedentes de hemotransfusión. Tres años después se conocieron los tres primeros casos de transmisión vertical.

30 años después 2014 se habían acumulado en los registros nacionales (por cierto no muy rigurosos) 31,506 casos de VIH. El 56.8% (17,894/31,506) casos de VIH avanzado. Las notificaciones siguen en constante aumento y solo en los últimos 10 años se registró más del 76% de todos los casos registrados.

El problema de distribución de SIDA no es homogéneo en el país. La distribución geográfica de la epidemia de VIH y VIH avanzado en el país coincide con las rutas de desarrollo económico a través de los departamentos con mayor actividad comercial. Los departamentos que registran las tasas más altas son: Retalhuleu con 34.56, Escuintla con 25.16, San Marcos 20.09, Izabal con 19.57, Suchitepéquez con 18.26, Guatemala 15.87 y Petén con 13.24.

En términos de sexo, en los primeros años de la epidemia, esta relación era de 6.5 hombres por cada mujer. En los últimos años de notificación completa, la distancia se reduce a 1.35 hombres por cada mujer, lo que sugiere una tendencia a la feminización de la epidemia. el 62% de todos los casos reportados se encuentra entre las edades entre 20 y 39 años. Es también de notar, la preponderancia de la casuística entre los ladinos contra los indígenas en proporción de 4 a 1 y en más de la mitad, en personas solteras.

Dada la magnitud del problema, los distintos gobiernos han emitido políticas y decretos nacionales al respecto, tanto de protección al enfermo y sus derechos y de protección de la población como de acceso a los servicios de salud y medicamentos y de ataque a factores de riesgo.

El hombre ante la epidemia

Nuestra experiencia con el SIDA durante la última década nos ha recordado algunas verdades muy tradicionales. Lo más sorprendente es que parece que no hemos avanzado en el control y erradicación de la pandemia, la magnitud de la morbilidad y la muerte nos lo afirma. El SIDA también nos ha recordado que manejar la enfermedad ha sido tradicionalmente una responsabilidad central del médico (aunque de ninguna manera solo el médico). Pero al parecer, no nos hemos podido librar de las limitaciones y la indeterminación de vivir en una red de relaciones que alimentan esta plaga que no hemos podido controlar o predecir.

Claro que existe una responsabilidad del Estado incumplida, pero tampoco hemos revolucionado el marco dentro del cual respondemos como comunidad a esta enfermedad ni tampoco a otras enfermedades epidémicas. En muchos sentidos, la experiencia del SIDA ha recreado la estructura dramática de una salud pública que no deja de actuar en forma tradicional ante las epidemias con resultados poco halagadores. Uno, por supuesto, es la aceptación gradual y de mala gana de la epidemia como realidad y segundo el resentimiento expresado hacia los portadores de malas noticias, los médicos y activistas que exigen una respuesta a esta nueva amenaza. E igualmente obvio es la forma en que la epidemia ofrece una ocasión para reafirmar los valores sociales de la mayoría, para culpar a las víctimas.

Enmarcar y culpar

Enmarcar y culpar están inextricablemente mezclados; Los detalles varían, pero el final es similar. La mezcla peculiar de mecanismo biológico investido de significado moral es igualmente tradicional “es pobre porque quiere, los castiga Dios por su inmoralidad, etc”. Y finalmente, la mayoría de los guatemaltecos prefieren lidiar con una amenaza que no consideran “importante y que los vaya afectar” a ellos. La búsqueda de una conexión tranquilizadora de volición, comportamiento y consecuencia patológica está tan viva hoy como en siglos anteriores. La transgresión implica castigo; la aflicción implica transgresión previa. Las circunstancias históricas y las peculiaridades epidemiológicas del SIDA han hecho que tales conexiones sean inevitables en la mente del público y en su carácter aparentemente empírico, han oscurecido las funciones sociales y psicológicas implícitas en el subrayado de esa conexión.

El SIDA también nos ha recordado la aparentemente inevitable yuxtaposición de sufrimiento y muerte, con una búsqueda de significado que siempre ha caracterizado a las epidemias: la fe en la medicalización. Los significados varían, pero la necesidad de imponerlos no. La mayoría de los guatemaltecos incluso la mayoría de profesionales de la salud, encuentran tranquilidad en su acostumbrada fe en el laboratorio y sus productos; ven el SIDA como un artefacto de ese desafortunado pero esencialmente transitorio período entre el descubrimiento de este nuevo mal y el anuncio de su cura. Otros, por supuesto, ven su significado principal en el ámbito de la moral y la piedad tradicional. Muchos de nosotros, por supuesto, imponemos múltiples marcos de significado en estos eventos biológicos. La mayoría de los guatemaltecos conservan su fe en el profesional y en el laboratorio, pero al mismo tiempo creen que el SIDA apunta de manera diversa a las verdades sobre el gobierno su incapacidad; el proceso político, corrupción y oportunismo y la moral personal, desviaciones y trasgresiones sexuales. La secuencia vinculada del evento biológico y su gestión moral parece inevitable.

No todo es igual

Pero hay otro aspecto de la historia de la salud pública que el SIDA también recuerda. En aras de la conveniencia, las enfermedades se pueden dividir en dos categorías: enfermedades cuya prevención exige un cambio de comportamiento individual como la sífilis, el SIDA y el cáncer de pulmón y enfermedades que pueden prevenirse mediante compromisos de política colectiva como las diarreas infantiles, donde el conocimiento agregado y las decisiones de los bacteriólogos, ingenieros civiles, administradores y funcionarios electos han protegido a las personas cuyos hábitos no tienen que haber cambiado en absoluto. El SIDA nos recuerda la dificultad de inducir cambios en el comportamiento y las políticas y estructura de la salud, por lo tanto, de lo intrínseco, complejidad de las decisiones que enfrentan los gobiernos locales y las autoridades de salud pública.

La sensibilidad contemporánea a los derechos individuales solo subraya la problemática de control de conductas en este dilema, al igual que nuestra nueva falta de disposición pública para discutir públicamente el comportamiento sexual. Estos aspectos característicos de la escena social actual, son obvios paralelos con campañas de salud anteriores. Durante los sesenta y setentas, por ejemplo, los trabajadores de salud pública que instaron a usar condones y kits profilácticos para prevenir la sífilis, se encontraron con oposición popular y religiosa. En la década de los noventa cuando se abogó por la distribución de agujas estériles a los usuarios de drogas intravenosas fue otro repudio general. En ambos casos, los valores finales entraron en conflicto. En ambos casos, el debate se centró en las distinciones entre víctimas “merecedoras” e “inocentes”. En el caso de la sífilis, los presuntos inocentes son las esposas de los maridos errantes y sus bebés; en el caso del SIDA, los receptores de sangre contaminada o la descendencia de madres infectadas.

Estos casos nos muestran que vivimos anclados en una sociedad moderna fragmentada, con modos y estilos de vida diferentes aun dentro de los mismos espacios, con conocimientos, actitudes y prácticas que implican responsabilidad colectiva e identidad comunitaria ante la pandemia muy diferente. Cada uno invoca un marco de significado y acción con matices diferenciales, pero lejanos a un compromiso, con la compasión igualitaria a efecto de terminar con la pandemia pero sin poner conocimiento y entendimiento alrededor de la ciencia aplicada. Si la ciencia y la tecnología nos permiten controlar y predecir, es un reino de valor que vale la pena invocar colectivamente para unir diálogos.

Referencias

1. Aguilar, S., Fernández, V. ,Proyecto Acción SIDA de Centro América –PASCA, Situación de la Epidemia de VIH/SIDA en Guatemala”. Guatemala, Enero 2000.

2. Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social Programa Nacional de Prevención y Control de ITS/VIH/SIDA. Informe Nacional sobre los Progresos Realizados en la Lucha Contra el VIH y sida. GUATEMALA MARZO 2014