La lección del Tlacuache y los principios del decrecimiento

José Manuel Fajardo Salinas
Académico e investigador UNAH

Inicio este artículo describiendo a un original y simpático personaje, cuya singularidad va a la par de su particular apariencia y la anchura de sus apelativos. Me refiero a la zarigüeya, que posee un conjunto de nombres muy variado desde Norte a Sudamérica, así: tlacuache común, raposa, rabipelado, runcho, zorro, chucha o fara; asimismo chucha orejinegra, tlacuache sureño, cangrejera, en Honduras: tacuazín o guazalo (para un índice de nombres más detallado con referencia a cada país, revisar: https://es.wikipedia.org/wiki/Didelphimorphia).

Su nombre científico: Didelphis marsupialis; es una especie de marsupial didelfimorfo de la familia Didelphidae (que posee dos úteros, uno interno y otro externo), propia del sureste de Norteamérica (sureste de México), toda América Central y norte de Suramérica. Ahora bien, dentro de la rica serie de características que posee, quiero destacar dos para los propósitos de este escrito: primera, su filogénesis (o sea, su desarrollo como especie), que señala una pervivencia en el planeta de 66 millones de años (viniendo del período Cretácico superior, época de dinosaurios), ampliamente superior a nuestro género Homo, de más o menos dos y medio millones de años; y segundo rasgo, su capacidad de “hacerse el muerto” cuando se le ataca o se encuentra acorralado. Este par de características son de sumo interés, en cuanto que este “fósil viviente” (término aplicado a aquellas especies vivas que han cambiado poco en relación a sus ancestros), seguramente tiene importantes lecciones que aportarnos, ya que ha demostrado una capacidad de adaptación y sobrevivencia innegable.

El antropólogo mexicano don Alfredo López Austin, ha hecho la valiosa labor de escudriñar las narrativas mesoamericanas en torno a este animal, y escribió un ameno libro titulado: Los Mitos del Tlacuache (UNAM, IIA, México, 2006). En dicha obra, se puede confirmar lo respetado y admirado que fue este marsupial para la tradición mesoamericana, ya que hay varias historias y fábulas que lo ensalzan, en especial por su astucia y por la capacidad de salir adelante en las más duras circunstancias.

En una de sus andanzas, se convierte en el Prometeo americano, ya que debido a una contingencia de mucha oscuridad y frío, se ofrece ante la asamblea de animales para robar el fuego de la casa una bruja… todos murmuran, no creen que un ser de apariencia tan ordinaria, y además tan lento, sea capaz de tal proeza; sin embargo, el tlacuache marcha despacio, pero confiado, y sabe presentar los argumentos que le permiten ingresar a lugar donde está secuestrado el ígneo elemento… Y ahí, en un descuido de la raptora del fuego, mete su cola entre las brasas y sale huyendo para repartir chispas benéficas por todo el mundo (ello explica porque tiene la cola pelada).

A partir de una serie de narrativas semejantes, contadas con un espectro de variantes por los grupos indígenas del México mesoamericano (lo que contribuye a enriquecer su humus mítico), emerge una personalidad más cercana a lo báquico que a lo apolíneo, ya que el tlacuache es pendenciero y bebedor, roba y miente, se mueve en lo discreto y no aparece destacando, ya que no es físicamente tan bien dotado como otros miembros del reino animal, pero por la misma razón, hace de la palabra su arma, jugando entre la acribia y la retórica, y así, logra sus objetivos donde otros desfallecen. Vasijas de barro con su figura, dibujos alusivos, y sobre todo, la rica tradición oral, dan cuenta del aprecio que la cultura mesoamericana cultivó para este personaje.

Luego de este repaso de nomenclatura, datos científicos y raigambre cultural de nuestro protagonista principal, quiero pasar a exponer una breve reseña sobre lo que se conoce como “principios del decrecimiento”. Antes de ello, aclaro que tanto los datos de nuestro amigo marsupial como los del decrecimiento, guardan a mi modo de ver, una estrecha relación, que aclararé en forma de conclusión al final de nuestro recorrido.

Hay ciertas lecturas que quedan guardadas en el fondo de la consciencia, y que al pasar de los años, retornan cuando se les necesita. Algo así es lo que me ocurre ahora, pues en el año 2009, leí los artículos contenidos en la edición de la Agenda Latinoamericana de esa ocasión (http://latinoamericana.org/digital/2009AgendaLatinoamericana.pdf), y en estos días, en que se plantea la urgente necesidad de recuperar ritmos y aceleraciones económicas, a fin de no quedar estancados por la clausura obligante de la pandemia, un recelo emerge… y la pregunta sincera es: ¿no habrá caminos alternativos? De ahí que, entre otros, coloco a consideración un limitado resumen de las ideas que implica el decrecimiento, a saber:

Crecimiento y sostenibilidad son antónimos; lo aclaró en 1972 el informe del Club de Roma, Los límites del crecimiento, y la razón evidente es que el planeta que habitamos tiene un perímetro no infinito, o sea, posee medidas y recursos límite. De ahí que cualquier obsesión con un crecimiento ilimitado solamente puede degenerar en monstruosidad. Gracias a la obra del rumano Nicholas Georgescu-Roegen, titulada La ley de la entropía y el proceso económico (1971), tenemos ideas apropiadas de economía ecológica y fundamentos para la teoría del decrecimiento económico.

Indagando a fondo en el sentido del decrecimiento, es notable que la inspiración no venga de los bienes materiales directamente, sino de los favores que gana el desarrollo de la vida cuando estos recursos son sabiamente direccionados. O sea, el objetivo al que se apunta es de naturaleza inmaterial, lo cual sintoniza con la frase de John Ruskin, crítico de la industrialización inglesa de la época victoriana: “No hay otra riqueza que la vida”; en consonancia con la ética vitalista, ello denota un arco de sentido con el conatus de Spinoza, y la voluntad de poder en Nietzsche. Este talante señala acciones concretas que se perfilan en el programa de las “R” (reevaluar, reestructurar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar; donde cada verbo implica una conversión espiritual y material subsecuente).

He aquí una cruzada que abarca la totalidad de campos de la vida contemporánea, con acciones no cosméticas: un cambio en la producción, de estilo gradual, apoyado por la participación ciudadana, que conduzca a un decrecimiento “sostenible”, abandonando el consumo exagerado y optando por los bienes saludables para la relación y la convivencia humana; la reducción del tiempo de trabajo, inspirada en la idea propuesta en 1930 por Keynes, que calculó una reducción de la jornada laboral de 40 a 15 horas (en el lapso de medio siglo), si un aumento del 2% de productividad se tradujese en ahorro de tiempo en lugar de aumento de salario, idea que no suena nada descabellada cuando se contemplan las ingentes cantidades de capital que mueve el mundo financiero actual (esto conecta con los estudios de Edgar Morin, acerca del período Paleolítico, cuando las poblaciones humanas vivían en superabundancia, trabajando de cuatro a cinco horas diarias, dedicando el resto de la jornada a celebraciones, expresiones artísticas, culto, etc., o sea, al ocio productivo en el rango estético, espiritual y cultural); continuando, algo muy elemental y práctico: producir y consumir localmente, y no ceder a la falacia de que el comercio internacional depende de colocar todo producto en cualquier lugar y al precio que sea necesario, ello da lugar a gastos extremos por el afán de satisfacción absoluta (lo cual es una manifestación de la monstruosidad ya mencionada previamente, en cuanto no limita el deseo humano a lo benéfico para el bien común).

A raíz de un proyecto basado en cambios de este género, el autor del texto referido, Joan Surroca i Sens, sugiere ideas que versan sobre las consecuencias sumamente positivas que asomarían: desde un mejor nivel de alimentación mundial, independencia respecto a la esclavitud impuesta por las multinacionales, un transporte de personas inclinado a lo colectivo (rompiendo la ideología del automóvil personal), entre otras. Asimismo, se puede colegir la necesidad de aplicar un sistema educativo renovado que apuntale la línea valórica de respeto por las diferencias y unidad en los propósitos compartidos. Y este último aspecto mencionado, la educación, es esencial, pues solamente elevando y alimentando el nivel de conciencia humana, es que un cambio tan radical se vuelve posible.

Una acotación no está demás en este momento, y es pensada en relación a aquellos lectores que han fruncido el ceño al leer los tres últimos párrafos, ya que es muy probable escuchar a lo lejos comentarios como: “utopía vana”, “sueños ilusos”, “ideas inaplicables” … lo cual es indicativo de dos síntomas del pensamiento moderno prevalente: incapacidad para imaginar y performatividad mercantilista. La segunda situación es explicable, pues la humanidad occidental lleva ya un quinquenio de siglos marcados por la pauta de la Florencia renacentista, donde el imperio de la banca y el capital financiero han impuesto una lógica difícil de eludir, reformar o repensar; pero lo primero, la incompetencia para figurarse nuevos derroteros civilizatorios, es sobre todo triste, pues si algo que ha caracterizado a nuestro género humano, ha sido precisamente la capacidad de saltar del terreno de lo dado a lo factible, haciendo de la imaginación la virtud por excelencia para sortear lo intrincado. De este modo, desoír de entrada esta alternativa, que seguramente no es la única, puede significar un enclaustramiento mental y cordial en la sintonía del propio hábito, de las costumbres clasistas heredadas, y quizá, del lugar epistemológico abonado por el propio interés económico. El foro social mundial, con su lema: “Otro mundo es posible”, es la contraparte a esta tendencia.

Y ahora sí, visto el concepto de decrecimiento (y los posibles trasfondos ideológicos de sus objetores), es dable comprender y dejar planteada la lección que el amigo marsupial tiene para nuestra circunstancia: así como este animalito tuvo en su evolución natural, la feliz adaptación instintiva de desmayarse hasta quedar en coma, cada vez que su vida peligraba, el momento de una pandemia global semeja dicha situación límite para nosotros como humanidad; por ello, sino por conciencia racional, al menos por instinto de conservación, las comunidades y sociedades humanas están invitadas a imitar dicho ejemplo, negándose rotundamente a una simple e ingenua “vuelta a la nueva normalidad”, y apurando al máximo su capacidad imaginal, inventar novedosas estrategias para “hacerse el muerto” y asegurar así su supervivencia. Sin necesidad de ser un consumado economista, es claro que por la cantidad de riqueza que posee la banca mundial, sí sería posible una concienzuda ralentización de todo el aparato productivo, a fin de mostrar solidaridad con la población trabajadora y apostar por un tiempo de espera adecuado, a fin de que la exposición al peligro del contagio sea controlada (con la aplicación de la esperada vacuna contra el Covid-19). El salario mínimo universal que ha sido propuesto desde instancias civiles y religiosas coincide en lo elemental con el espíritu de esta propuesta.

¿Será posible esperar un aprendizaje de esta envergadura para la población humana global? No lo sé; hasta el momento no tengo la impresión de que haya aparecido a nivel de los liderazgos mundiales alguna forma de postura que indique cercanía a lo previo. Parece que son otras razones y otros argumentos los que pesan y definirán lo que vendrá. Entretanto, lo que sí es cierto, es que nuestro Prometeo americano seguirá sobreviviendo y construyendo mitos con un modo de existencia sabiamente discreto y escondido. Quizá en un futuro, narrará a otros oídos lo que ocurrió con quienes no siguieron su ejemplo a tiempo. Cierro esta reflexión con unas palabras del citado Nicholas Georgescu-Roegen: “El estado estacionario demandaría menos recursos de nuestro medio, pero mucho más de nuestros recursos morales” (https://es.wikipedia.org/wiki/Nicholas_Georgescu-Roegen) .

Presentación

La situación por la que atraviesa la humanidad no es la mejor.  Sumidos en dilemas como el de salir a trabajar o quedarse en casa u optar por la libertad o elegir la vida, la pandemia nos pone en aprietos nuevos.  Por fortuna, José Manuel Fajardo Salinas nos ofrece con su texto algunas luces que pueden orientar la acción si sabemos ordenar nuestra cabeza y domeñar nuestra voluntad.

Para ello se vale de la metáfora del Tlacuache o Tacuacín, un animal versátil que ayudado por su instinto ha sido capaz de sobrevivir airoso frente a las diversas trampas de la naturaleza.  La idea consiste en aplicar la estrategia del marsupial para obligar al capitalismo a rendirse en su intento denodado de explotación y muerte de las sociedades en que predomina la ideología.

En esta dirección, Fajardo Salinas, propone, por ejemplo, la necesidad de un decrecimiento sostenible donde se abandone el consumo exagerado y la decisión de reducir el tiempo de trabajo.  Sugiere mejores niveles de alimentación mundial, independencia frente a la esclavitud impuesta por las multinacionales, políticas que salvaguarden la vida de la tierra y la renovación del sistema educativo mundial.

Nuestro autor es asertivo en su propuesta al afirmar que “sin necesidad de ser un consumado economista, es claro que por la cantidad de riqueza que posee la banca mundial, sí sería posible una concienzuda ralentización de todo el aparato productivo, a fin de mostrar solidaridad con la población trabajadora y apostar por un tiempo de espera adecuado, a fin de que la exposición al peligro del contagio sea controlada (con la aplicación de la esperada vacuna contra el Covid-19). El salario mínimo universal que ha sido propuesto desde instancias civiles y religiosas coincide en lo elemental con el espíritu de esta propuesta”.

Deseamos que el Suplemento lo encuentre bien en su hogar y que la lectura de los textos le ayude a renovar su entusiasmo por la vida.  Hay mucho por hacer y usted es fundamental para la instauración de un mundo mejor que nos incluya a todos, principalmente a los más desfavorecidos y en desventaja social.  Un proyecto así merece ser vivido.  Hasta la próxima.