La ira no es buena consejera

Luis Antonio Rodríguez Torselli
Historiador

Durante la actividad presidencial desarrollada por el señor Alejandro Giammattei, hemos visto en varias ocasiones los arrebatos iracundos ante las circunstancias no planificadas por su equipo de gobierno o preguntas de periodistas o personas particulares que lo abordan para conocer el desarrollo de sus actividades puesto que es un empleado del Estado.

Lo que observamos en lo poco que dejó ver la televisión oficial, durante su audiencia a las autoridades ancestrales de San Juan Comalapa, fue la constante actitud prepotente que mostró al sentirse afectado por la serie de cuestionamientos que le hizo su interlocutor; la grosera interrupción y su defensa al estilo “regaño” volvieron a denotar que es una persona irascible y sin comedimiento ante las circunstancias que se le presentan.

Como historiador, se me hizo ver una pataleta de un capitán general  o un funcionario real ofendido por las verdades que le estaban exponiendo; sólo faltó que le diera “cincho” y confinarlo en la cárcel acusado de “faltarle al respeto”, me causó suma tristeza que a un año de celebrar el bicentenario de la “independencia” aún persista en los gobernantes actuales esa cultura y/o herencia de sentir que, por ser de tez blanca ejerce dominio-esclavista hacia las personas indígenas y que éstas le tengan que decir “amén” a todos sus caprichos.

El presidente Mariano Gálvez durante la epidemia del Cólera en 1830 sufrió políticamente porque el pueblo analfabeto, motivado por intereses de la clase dominante y con la anuencia de la iglesia, lo acusó de estar envenenando las aguas de uso público sin saber que los químicos que estaban utilizando eran para purificarla. Ese fue uno de los grandes argumentos que utilizó el guerrillero Rafael Carrera para justificar las acciones armadas que depusieron a uno de los mejores jefes de Estado que ha tenido Guatemala.

Los políticos conservadores, los que tenían fortuna económica en ese entonces, apoyaron a Carrera quien benefició al sector socialmente fuerte y religioso con la emisión de disposiciones presidenciales; ahora se repite la Historia pues la sociedad guatemalteca, dice que las acciones gubernamentales favorecen al gran capital o sea a los que tienen fortuna económica.

Rafael Carrera, el 21 de marzo de 1847, fundó la República de Guatemala y el mismo grupo de empresarios conservadores lo elevaron al cargo de presidente vitalicio, es decir, que lo hicieron tirano por convenir a sus intereses.  Siguieron una serie de presidentes que emularon a Carrera, aunque se hayan autonombrado como liberales: J. Rufino Barrios, José María Reyna Barrios, Manuel Estrada Cabrera, José María Orellana hasta llegar a Jorge Ubico Castañeda.

Manuel Estrada Cabrera con su conducta arbitraria y prepotente tuvo que atender durante su presidencia, algunos hechos que lo mostraron como inepto para la gobernanza del país; entre ellos la erupción del volcán Santa María en 1902, los terremotos de 1917-1918 además de la presencia de la gripe española. Ante estas circunstancias se refugió en su finca denominada “La Palma” (actualmente Barrio La Palmita en la zona 5 de la ciudad capital) y desde allí, prácticamente fue su gabinete quien palió la situación.

Cuando se dio cuenta que el contagio de la gripe española era irreversible, cerró las fronteras con El Salvador y Honduras, pero la gente de igual forma moría; por ello la Asamblea (lo que hoy es el Congreso de la República) lo retiró del cargo en 1920 porque el pueblo no soportó su tiranía y lo declaró insano mentalmente para gobernar.  Fue tanta la mortandad por la epidemia de “la influenza española” que no había suficientes ataúdes para enterrar a las personas por lo que fueron envueltas en petates de tul (esteras) y los llevaron a una fosa común en el cementerio general.  De allí proviene el dicho: “se petateó”.

Dando un salto en la cronología nos referimos al período presidencial de Jorge Ubico Castañeda quien estuvo casi 14 años ejerciendo el poder y gobernó con “mano dura”, cometiendo también una serie de tropelías y asesinatos al amparo de la “Ley Fuga”.

En el caso del presidente Giammattei, quien es médico de profesión, le ha tocado atender esta pandemia del COVID-19 y se supone que está actuando con sinceridad; naturalmente, como humano, tiene aciertos y desaciertos, y entre éstos últimos denota que, si pudiera, se volvería otro Manuel Estrada Cabrera o Jorge Ubico.

Las personas que no leen un poquito de Historia de Guatemala no conocen ni aprenden de los hechos y actos pasados; actúan con sus conductas prepotentes, abusivas, desfasadas, maleducadas y sin ética profesional fundamentadas en su lógica común de sentirse el “non plus ultra”, el iluminado por Dios, el indispensable y, sobre todo, ser infalible en sus órdenes, aunque eso afecte de forma negativa a toda la población.

Señor Giammattei, el pueblo avizor y los Derechos Humanos lo tienen en la mira; no tropiece con la misma piedra de los anteriores gobernantes. Esperamos ¡que Dios bendiga a Guatemala!

Foto que circula actualmente y no tiene crédito.