La desnutrición no es una enfermedad

Alfonso Mata
lahora@lahora.com.gt

El gran problema del sistema de salud guatemalteco es que no ha logrado convencer al sistema político que la PREVISIÓN y PREVENCIÓN, aunque en un inicio puede resultar costosa tanto en lo económico como en su montar operativo, a mediano y largo plazo, representa un ahorro transformando la inversión en un rédito incalculable política y socialmente.

Polibio fue un historiador que escribió II a.C. explicando que “la causa ocupa el primer lugar en una determinada serie de acontecimientos y el comienzo viene después” y nos manifiesta que por causa debemos entender “las condiciones que influyen” con antelación a nuestros objetivos y decisiones; por comienzo debemos entender estados o condiciones a que se llega y que provocan algo: “desnutrición, falta de trabajo”.

Si trasladamos este saber tan antiguo al caso de la alimentación y la nutrición en nuestro país, veremos que por décadas hemos actuado política y públicamente sobre los estados o condiciones del comienzo del problema nutricional y a pesar de que conocemos sus causas nunca hemos tomado la decisión fuerte política y social que su solución demanda a fin de evitar la repetición generación tras generación, de aparecimiento de casos de desnutrición y la persistencia de una epidemia de gente con mal estado nutricional por deficiencias; estado que a su vez constituye un comienzo de una serie de males de salud física, mental y emocional a lo largo de la vida del individuo y de grupos sociales y por lo tanto de la productividad nacional.

Allí donde la alimentación escasea, ya sea por causa de los precios, la mala distribución, la malversación política, o la sequía, se establecen prácticas que propician el empobrecimiento de los suelos, el hambre, la enfermedad y la existencia de esas condiciones, en buena parte tiene como origen las decisiones que toman o han tomado los políticos al generar una economía nacional frágil, una sociedad excluyente, acompañado eso de exclusión de otros derechos como salud, educación, tecnología, conflicto étnico, violencia que se combinan y caen sobre personas dando lugar al comienzo del problema nutricional en los grupos más vulnerables: mujeres, niños, ancianos. La magnitud de la irresponsabilidad política, provoca un problema nutricional con magnitudes de epidemia.

Lo más triste de lo que hemos planteado es que, a la sociedad, le cueste entender que los políticos no hacen caso de lo evidente; que a lo sumo han abogado por la detección temprana de casos y manejo de estos, no siendo ello -y ellos lo saben- condición sine qua non del combate a la epidemia, y que dicho enfoque, resultará cada vez más costoso pues el número de casos y el costo de las intervenciones de recuperación aumentan en número y costo, provocando esto, otra aberración política: se sabe que es la pobrería los que pagan las consecuencias y el costo de las recuperaciones ¿paradójico no? Y en poco tendremos un aumento en las legiones de jóvenes frustrados, sin empleo, agresivos, produciendo nuevos casos. La atención de casos no es la alternativa para terminar con la epidemia, eso lo sabe hasta el niño de primaria. Esa forma de accionar solo es un punto diminuto ante el vasto problema.

Hoy en día, nuestros políticos pueden y mejor dicho se guían a través de dos conceptos aparentemente contradictorios: responsabilidad individual y moral y la causalidad que les lleva muchas veces a jugar un papel que fortalece el determinismo de satisfacción propia y provoca la fijación en llegar al poder. Evidentemente la masa de pueblo mal nutrida no lo ostenta y está también juega con determinismo su papel ante un dualismo: tomar o someterse y opta por esto último que al menos le asegura vivir y consolarse detrás de un pensamiento determinista “Dios así lo quiere”

He escuchado estudiosos y gente que goza de suficiente bienestar expresarse “la desnutrición es una consecuencia preocupante y vergonzosa pero inevitable de la forma en que se gobierna la nación”. Otro determinismo. Todos ellos marcadores de un Fatalismo.

La solución del problema de la desnutrición, es innegable que necesita de alguien que crea y por lo tanto dirija su accionar guiado por el hecho de que son muchas cosas y acontecimientos que interactúan en el aparecimiento de ese problema y que no hay una sola cosa (mal comer) lo que determina la magnitud del mismo.

La desnutrición en nuestro medio es más que nada, un mal político, social y económico (PSE), cuestión de inequidades en esos campos que necesita de solución política, técnica y de pasión moral: odio puro hacia lo que acontece en la actualidad acompañado de un accionar que termine con esa idea de que es el destino el que cae sobre nosotros hagamos lo que hagamos. Necesitamos para cambiar causas, de políticos convencidos de que es porque no se hace nada que el destino es así.

No podemos negar que el entorno geográfico demográfico, social, económico y las circunstancias históricas que viven las sociedades y las familias, importan en el problema nutricional y que todo ello cuando interactúa, afecta la opción individual al bienestar y la responsabilidad moral, pero esa situación no puede cambiar si el político y el funcionario público no asumen la responsabilidad que les fue encomendada como les corresponde, con virtud, con voluntad de hacer frente a las causas de la epidemia. Debe anteponer la necesidad colectiva a la satisfacción y satisfactores personales, olvidándose de determinismos.

Es indudable que más de la mitad de familias guatemaltecas enfrentan varios problemas sociales y económicos, que restringen el pleno desarrollo y la fortaleza de su bienestar y el crecimiento y desarrollo adecuado de sus miembros, lo que a su vez a nivel nacional detiene el desarrollo de la democracia. En esto, el Estado debería jugar papel fundamental y para ello es necesario que tome conciencia de que en la actualidad está restringido para resolver a través de canales institucionales y democráticos, pues estos se encuentran agravados por problemas como la corrupción e inactivación. En este contexto, surgen patrones de baja confianza entre Estado y Sociedad y muchas personas no participan o se involucran en acciones colectivas, debido a su necesidad de solventar aspectos de sobrevivencia y otra parte de la población que si podría participar, ante su percepción de que las instituciones políticas no funcionan y carecen de legitimidad social, se abstiene de hacerlo. Por lo tanto, si se quiere hacer algo, hay que terminar con esa brecha entre la sociedad y la política. Muchos ciudadanos sienten que la mayoría de las instituciones políticas (especialmente los partidos políticos) son ilegítimas y no promueven los intereses de la gente; por lo tanto, muchas personas se sienten mal representadas.

Actualmente buena parte de la cultura política que se ejecuta en el territorio nacional viene marcada por el papel central de la iniciativa privada y las Iglesias que crean un sin número de dicotomías de pensamiento representado por partidismos de todo tipo que lo que ha favorecido es la rivalidad y la intolerancia política aunque han beneficiado a la clase más pobre en aspectos como alimentación educación y recursos.

Así pues una política integral de combate a la desnutrición requiere de un grado limitado de determinismo de todas las partes hacia un fin y no capitular ante los flagrantes atentados de políticos y entidades privadas contra los derechos humanos.