CUENTO

La cumbre del ángel

Heyline Guevara

1920 A los 7 años descubrí el bosque al que ella llamaba “la cumbre del ángel”, era tan majestuoso y fuera de este mundo, era todo un paraíso o al menos eso creía en aquella época. Amybeth siempre decía: recuerda que la única manera de llegar a mí es por medio del camino de rosas color marfil, me encontrarás en la parte más apartada del bosque, donde las estrellas dejan de brillar hasta desaparecer por completo. La visitaba sin falta cada verano. Mi parte favorita de las vacaciones era poder ir a la cabaña de mis abuelos, porque eso significaba que la vería a ella. Conforme pasaba el tiempo, Amy se volvía cada vez más hermosa e impetuosa; no sé si era cosa mía, pero también su tono de piel se veía cada vez más lívido y su tacto siempre era gélido. Recuerdo que me gustaba llamarle “la princesa de hielo”, pero ella siempre se reía de mí y decía que dejara de balbucear incongruencias, que ella era el ángel que cuidaba del alma de los inocentes y que mantenía en pie la cumbre… pero que conste, que según ella, yo era el que decía cosas raras. Amy desprendía unas vibras fascinantes, siempre se la pasaba dando pequeños saltos de un lugar a otro. En su momento no me percate de ello, pero tenía una apariencia bastante peculiar; sus ojos eran de color ámbar, pero podría jurar que en ocasiones sus iris tenían un tono grisáceo, lo mismo sucedía con su cabello, a veces se veía completamente negro y en otras se veía de un tono café. Hubo momentos en los que llegue a pensar que era bruja, pero tenía mis motivos, piénsenlo: ¿Qué clase de niña vive en lo profundo y alto del bosque? Probablemente una que es parte de un aquelarre. Esos pensamientos extraños se desvanecían al momento de verla sonreír, ¡Por Dios Phillips! ¿Cómo iba a ser una bruja? Simplemente deliraba a causa de su hermosura. La veía sin falta todos los veranos, si hubiera querido hacerme algo malo lo hubiera hecho desde la primera vez que nuestros caminos se cruzaron, ¿No? Al principio no me di cuenta, pero con el transcurrir del tiempo empecé a tener sentimientos por Amybeth, ¡Claro! Por eso me la pasaba pensando en ella y armando teorías conspirativas en su contra. Sin embargo, había un pequeño problema; dejé de visitar a mis abuelos después de los trece años y por lo tanto, a ella. Actualmente tengo diecisiete años, ella sigue estando en mi mente y no he sido capaz de enamorarme de ninguna otra chica por su causa.

A estas alturas ya debería saber con quién quiero pasar el resto de mi vida y esa niña extraña no me lo permite, quizás si era una bruja e hizo algún hechizo que me hizo caer ante sus encantos por la eternidad. Sin lugar a dudas, tengo que volver a la cumbre del ángel y confesarle todo lo que siento, no lo sé, algo me dice que aceptará mis sentimientos, que ella siempre ha sentido lo mismo por mí. Después de cuatro largos años voy a verle de nuevo, seguramente siga luciendo preciosa e inclusive más. El lugar lucía muerto, como si un huracán hubiera pasado por ahí, ¿No se supone que ella era la guardiana de todo lo que habitaba en ese lugar? Tal parece que dejó de hacer bien su trabajo. Había olvidado en qué parte se encontraba regularmente, hasta que recordé sus palabras: la única manera de llegar a mí es por medio del camino de rosas color marfil, me encontrarás en la parte más apartada del bosque, donde las estrellas dejan de brillar hasta desaparecer por completo. Y ahí la vi; estaba sentada en una roca llena de musgo, tenía la mirada fija sobre algún objeto, no se percataba de mi presencia. Esta vez su cabello se veía muchísimo más largo y completamente negro. Empecé a dar pequeñas zancadas hacia ella, sentí cómo mis piernas comenzaron a flaquear por los nervios, de un momento a otro la escuché: – ¿Phillips? Sabía que volverías –dijo con un tono de voz apagado, pero que sin lugar a dudas, seguía sonando melodioso y apacible –sin previo aviso se abalanzó sobre mí y me beso, ¡AMYBETH ME ESTABA BESANDO! –. Me sentía en las mismísimas nubes, creí que era el chico más afortunado del mundo, que todo iba a ser color de rosas a partir de ese momento, pero me equivoqué… –Gracias por regresar, ¡Sabía que eras el indicado! ¡Sabía que me pertenecías! –sentencio eufórica–. Me dedicó una mirada gélida y una sonrisa retorcida, esta no era la Amy que yo solía conocer. Mi cuerpo no respondía más, a duras penas pude ver hacia mis laterales; las rosas ya no eran color marfil, estaban bañadas con pringas color carmesí. –La cumbre y yo te estaremos agradecidas por la eternidad –me dio un pequeño beso en la frente y se mofó una última vez–. Bienvenido a tu sueño eterno Phillips…

Diario La Hora
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