La búsqueda de la felicidad ya no es la meta

Juan Antonio Mazariegos

jamazar@alegalis.com

Abogado y Notario por la Universidad Rafael Landívar, posee una Maestría en Administración de Empresas (MBA) por la Pontificia Universidad Católica de Chile y un Postgrado en Derecho Penal por la Universidad del Istmo. Ha sido profesor universitario de la Facultad de Derecho de la Universidad Rafael Landívar en donde ha impartido los cursos de Derecho Procesal Civil y Laboratorio de Derecho Procesal Civil. Ha sido y es fundador, accionista, directo y/o representante de diversas empresas mercantiles, así como Mandatario de diversas compañías nacionales y extranjeras. Es Fundador de la firma de Abogados Alegalis, con oficinas en Guatemala y Hong Kong, columnista del Diario La Hora y Maratonista.

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Juan Antonio Mazariegos G.

“Sostenemos por si mismas como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad;…”.

Este pequeño párrafo contenido en la declaración de independencia de los Estados Unidos, promulgada en 1776, ha servido de referencia para muchos países y de polo de atracción para millones de personas que durante cientos de años y provenientes de todos los rincones del mundo han arribado a EE. UU. buscando precisamente vivir en un país que privilegie y reconozca esos derechos, así como las mejoras a su calidad de vida que no encuentran en sus países de origen.

Mención aparte merece el derecho a la búsqueda de la felicidad, un concepto mucho más amplio y abstracto que requiere para ser descrito, las ideas de grandes sabios, la discusión sobre si es o no un derecho, o la simpleza de una frase que describe lo personal que puede ser alcanzar la felicidad: “La felicidad se alcanza cuando, lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía” (Gandhi).

Hoy, un concepto tan aspiracional, como lo es el derecho a la búsqueda de la felicidad, debe de complementarse o competir con necesidades mucho más apremiantes y aún más básicas, como seguridad, alimentación u oportunidades, que junto a otras de similar envergadura se constituyen en algunos de los espacios vacíos, en blanco, que van conformando la vida de las personas y que les obligan a buscar ya no algo tan abstracto e intangible para ellos como la felicidad, si no algo mucho más concreto como vivir.

Esta semana, en la medida de nuestros países, vivimos una crisis humanitaria con la caravana de migrantes hondureños que cruzó Guatemala. A su paso, hemos sido testigos del reflejo de una crisis cargada de necesidades, esperanzas, manipulaciones, apoyos y otras muchas manifestaciones que deben de abrirnos los ojos ante lo que pasa en nuestro país o en los vecinos.

La caravana en cuestión no tiene ninguna posibilidad de éxito, desde la perspectiva de quienes la integran, si su finalidad es llegar a EE. UU., tarde temprano México o el mismo país de destino impedirán el acceso de la caravana y serán deportados. Sin duda la intención de quienes la organizaron o manipulan es otra y ellos sabrán si su acción al final tuvo el éxito que deseaban. En el ínterin, lo que sí muestra, es la enorme necesidad que viven nuestros países centroamericanos que ante su incapacidad de crear oportunidades son más responsables que los mismos manipuladores o que el propio Trump al que tratan de hacer ver como un monstruo por impedir su llegada.
La incapacidad de nuestros gobiernos para crear riqueza, la corrupción y la burocracia que impiden ofrecer educación, salud y seguridad lleva a nuestra gente a arriesgar su vida, ya no por buscar la felicidad, esa ya no es la meta, basta con sobrevivir.