Irresponsabilidades de la historia

Por Leonel Juracán

El martes tuve la mala suerte de encender la televisión y toparme con el nuevo programa que se transmite por la televisión nacional: Baila Fanta. Al parecer, el éxito obtenido por Combate ha suscitado nuevas expresiones de esta cultura de masas. Programas que resultan de la repetición inconsciente de modelos que circulan en la televisión internacional, pero que requieren el mínimo esfuerzo tanto por parte de los productores como de los televidentes. La fórmula es sencilla: crear un producto que ofrezca a cada participante un reconocimiento mediático, mientras se venden las imágenes del proceso mismo.

Lo que me resultó mucho más que incómodo fue observar a un grupo de jóvenes, probablemente entre los 12 y 15 años, disfrazados de kaibiles, ¿Es esto una broma de mal gusto? Llámenme conspirafóbico, pero la verdad es que no me parece casualidad. Tanto si es un acto premeditado como si es la iniciativa “inocente” de un grupo de jóvenes, el hecho me pareció ilustrativo de la falta de conciencia que se promueve en Guatemala, tanto desde los medios de comunicación como desde la misma escuela.

El por qué un grupo de niños se siente identificado con la imagen del soldado, no se trata sencillamente de que hayan visto G.I. Joe, sino también que refleja el machismo, la militarización y la falta de conciencia histórica que se promueve no solamente en los medios masivos, sino desde la misma escuela.

Otro, es el problema de la falta de identidad. Recibir con beneplácito las formas de cultura global sin cuestionar es también el resultado de no tener una propuesta propia, una imagen en la cual nos reconozcamos, sin tener que tomar de modelo a Rambo y Daddy Yankee.

Pero no podemos esperar cambios cuando La Identidad Guatemalteca sigue siendo uno de los grandes temas pendientes. Y al decir esto, tampoco es que esté apelando a ese nacionalismo huero que consiste en ostentar símbolos patrios y folklorizar a los pueblos originarios. Es algo cuyas raíces están en la falta de una historia en la cual se reconozcan plenamente cada uno de los actores que conforman el presente.

La identidad guatemalteca no es homogénea, y esto se debe, para empezar, a que no podemos reconocernos en una historia oficial que niega los lazos entre el pasado prehispánico y el presente. La misteriosa desaparición de los mayas, se sigue enseñando en muchas escuelas, apañado por la falta de difusión de los recientes hallazgos arqueológicos, la absoluta falta de iniciativa para incorporar estos conocimientos a la historia oficial, y el papel negativo que juegan ciertas películas y documentales. Claro, no podíamos esperar otra cosa, cuando las investigaciones más completas sobre estos temas son financiados por universidades norteamericanas y europeas, en las que los investigadores guatemaltecos aparecen muchas veces como simples “colaboradores”. Sin que podamos hacer un recuento detallado de la otra colaboración, que prestan los saqueadores y coleccionistas privados que los financian.

Digamos que si pusiéramos en un solo volumen el compendio de nuestras lagunas históricas, no tendríamos un libro de historia sino el mapa de un archipiélago. Aquí donde debemos reconocer como enemigos de la nación a los historiadores que encubren las mentiras, destruyen archivos, y presentan una versión parcial de los hechos. Naturalmente, comprendemos que la objetividad de los investigadores siempre, y de forma inevitable irá marcada por su interpretación personal. Pero no se trata solamente de uno o dos de ellos, sino del relato histórico en su conjunto, que promueve una visión de país excluyente.

La fecha misma en que celebramos la independencia tiene sesgos que favorecen los intereses de una clase política, que detenta el poder desde la Colonia hasta nuestros días. ¿Por qué no se aclara que el Estado de Guatemala, como lo conocemos hoy no nació el 15 de septiembre de 1821, sino el 17 de abril de 1839? Porque hasta hoy en día prevalecen los intereses de los latifundistas que en 1821 intentaron la anexión a México, y luego se hicieron la guerra por problemas comerciales.

El Himno Nacional que todos cantan dice “Y lograron sin choque sangriento…” y al decir esto se pasa por alto que apenas dos meses después de la declaración de 1821, Mariano Bedoya y Remigio Maida, murieron en una de las primeras escaramuzas entre quienes apoyaban la anexión y los que se oponían, se olvidan los 200 asesinados en El Salvador por Vicente Filísola, en compañía de sus tropas lideradas por los oficiales Arzú, García Granados, Montúfar, Pavón y Aycinena. Los enfrentamientos en ciudades como León, en Nicaragua y Comayagua, en Honduras.

Esto no es nada nuevo, se conoce en medios académicos, ¿Pero por qué no se discute fuera de ese ámbito? Porque muchos son los que pagados por la “Asociación de Amigos del País” (váyase a saber de qué país son amigos) se han prestado a una historia oficial que resulta discontinua, evitando hablar de los momentos en que sus intenciones se hacían manifiestas. Como cuando los investigadores Pedro Pérez Valenzuela y José Joaquín Pardo fueron perseguidos por revelar el Acta redactada por los conservadores de 1821.

Personalmente, también he tenido que ver los extremos a los que se puede llegar para mantener esa visión hegemónica de historia. Durante 1997, cuando se celebraban los treinta años de la entrega del Premio Nobel a Miguel Ángel Asturias, anduve investigando quién era Asturias como persona, y cuál era su postura ante la dictadura de Jorge Ubico. Esto me llevó a entrevistar a Miguel Ángel Vásquez, quien había sido su secretario en París. Entre otras múltiples anécdotas, me contó que la fama bohemia del Premio Nobel, proviene de esa relación conflictiva con el Presidente, pues la mayor muestra de inconformidad que tuvo, fue presentarse al Congreso cuando se discutía la reelección de Jorge Ubico, en 1943, en avanzado estado etílico y llevando como regalo un ramo de flores para el Presidente.

Picado por la curiosidad, fui a la hemeroteca para corroborar el dato, y nada, los periódicos de la época mencionaban la reelección del dictador por “voto unánime” del Congreso. ¿Estaba el voto de Asturias ahí? Fui entonces a buscar el diario de Actas del Congreso, donde afortunadamente pude constatar que el voto no había sido unánime, un solo diputado se había opuesto: Felipe Valenzuela, padre del actual periodista. Sin embargo, las dos páginas en donde estaría la firma de Asturias, habían sido arrancadas. Supongo que en un acto de “Vandalismo académico”.

El retrato que aparece en esta serie de fotografías corresponde a Vicente Filísola, el cual está dentro de la colección del Museo Nacional de las Intervenciones, en México. Fotografía de Aquarela8