Un estudio del Consejo Nacional de Atención al Migrante de Guatemala (Conamigua) revela cómo el tráfico ilícito de personas ha evolucionado hacia una economía criminal sofisticada, que combina métodos tradicionales de captación con estrategias digitales para sostener un negocio millonario impulsado por la desesperación.
El tráfico ilícito de migrantes en Guatemala ya no es un fenómeno marginal ni improvisado. Es, según el más reciente informe presentado este 28 de abril por el secretario ejecutivo de Conamigua, Raúl Berríos, una estructura consolidada que ha sabido adaptarse con rapidez a los controles fronterizos, a la vigilancia estatal y a los cambios tecnológicos. El estudio, titulado “Estrategias del tráfico ilícito de personas en Guatemala”, describe un sistema que diversifica sus canales de captación y se nutre de una demanda persistente: la migración irregular hacia Estados Unidos.
El documento parte de una distinción clave: a diferencia de la trata de personas —que implica coerción—, el tráfico ilícito se basa en un acuerdo voluntario. Los migrantes buscan y pagan por un servicio ilegal ofrecido por redes criminales, conocidas comúnmente como “coyotes”. Pero esa aparente voluntariedad no reduce la gravedad del fenómeno. Al contrario, revela una paradoja estructural: la ilegalidad se sostiene sobre una necesidad social profunda.
“Ante una demanda de migración irregular, ellos prestan un servicio solicitado”, señala el informe. Esa frase resume el núcleo del problema: mientras persistan las condiciones que expulsan a miles de guatemaltecos —desigualdad, falta de oportunidades, desencanto político—, el negocio seguirá floreciendo.
UNA ECONOMÍA CRIMINAL TRANSNACIONAL
El estudio describe el tráfico ilícito como una “economía criminal bien estructurada”, con vínculos que trascienden fronteras. Ya no se trata de intermediarios aislados, sino de redes que operan de forma coordinada entre Guatemala, México y Estados Unidos.
Citando estimaciones publicadas por The New York Times, el informe subraya que el contrabando de migrantes genera ingresos millonarios cada año. Más allá de la cifra exacta, lo relevante es su escala: el coyotaje ha dejado de ser una actividad marginal para consolidarse como una industria. En esa línea, el estudio señala que el tráfico ilícito de personas podría estar generando rentas superiores a los 17 millones de dólares anuales, de acuerdo con proyecciones actualizadas de U.S. Immigration.
En esa cadena, los migrantes son tratados como mercancía. El precio del viaje —que puede variar según la modalidad— incluye pagos a estructuras del crimen organizado que controlan rutas y territorios. El estudio identifica la participación de grupos como el Cártel de Sinaloa, el Cártel Jalisco Nueva Generación y el Cártel de La Línea, que cobran el denominado “derecho de paso”.
El resultado es un sistema en el que cada tramo del viaje está monetizado y controlado. Incluso los servicios “VIP” —que prometen mayor seguridad— no eliminan el riesgo. “Nadie, no importando el servicio que haya pagado, cruza la frontera sin el permiso del crimen organizado”, advierte el análisis.
LA CONVOCATORIA: DEL MEGÁFONO AL SMARTPHONE
Uno de los hallazgos más reveladores del estudio es la persistencia de métodos tradicionales de captación. En municipios del interior, los reclutadores siguen utilizando el “boca a boca”, anuncios a viva voz y hasta vehículos con megáfonos para convocar a potenciales migrantes.
Según el estudio, en lugares como El Adelanto, Jutiapa, o Tecpán, Chimaltenango, la escena es casi cotidiana: promotores que anuncian viajes, reparten tarjetas o invitan a contactar páginas en redes sociales. La informalidad no es un obstáculo; es, en realidad, una ventaja operativa.
Pero ese modelo convive con una sofisticación creciente. Las redes sociales se han convertido en el principal canal de enganche. Plataformas como WhatsApp, Telegram, Signal o Facebook permiten a los traficantes establecer contacto directo, crear grupos, compartir rutas y coordinar pagos.
Los mensajes son simples pero efectivos, asegura el informe: “seguimos laborando”, “Houston te espera”, “tu sueño inicia”. Promesas breves que condensan aspiraciones profundas.
El estudio documenta cómo incluso los algoritmos de estas plataformas facilitan la expansión del fenómeno. Una búsqueda relacionada con viajes ilegales puede derivar en recomendaciones automáticas de páginas operadas por estas redes. A pesar de los esfuerzos de moderación —que han eliminado gran parte del contenido—, la creación constante de nuevas cuentas mantiene el flujo activo.
Según datos citados en el informe, investigaciones de la organización Tech Transparency Project estiman la existencia de cientos de miles de usuarios interactuando en espacios vinculados a la promoción del tráfico de migrantes.
TECNOLOGÍA Y CONTROL EN TIEMPO REAL
La digitalización no solo ha transformado la captación, sino también la logística del viaje. Los migrantes permanecen conectados durante toda la travesía, recibiendo instrucciones en tiempo real, compartiendo su ubicación y coordinando movimientos con distintos eslabones de la red.
Esta conectividad, señala el estudio, ha hecho los desplazamientos “más organizados”, pero no más seguros. La tecnología optimiza la eficiencia del negocio, no la protección de las personas.
Al mismo tiempo, plantea un desafío para las autoridades, que enfrentan limitaciones técnicas y legales para rastrear estas comunicaciones. La brecha entre la velocidad de adaptación de las redes criminales y la capacidad institucional para responder sigue siendo amplia.
RADIOS PIRATAS: ENTRE INFORMACIÓN Y DELITO
Otro elemento que persiste en el ecosistema del coyotaje, evidencia el estudio, es el uso de radios comunitarias no autorizadas. Estas emisoras, que operan fuera del control estatal, cumplen un rol ambiguo.
Por un lado, funcionan como canales de captación, donde los traficantes se presentan como “guías comunitarios” y anuncian sus servicios. Por otro, en menor medida, pueden servir como fuente de información para quienes buscan evitar engaños.
Esa dualidad, según el documento, refleja la complejidad del fenómeno: las mismas herramientas pueden ser utilizadas tanto para facilitar el delito como para mitigarlo.
El estudio subraya que el control de estas radios es particularmente difícil debido a su carácter clandestino y a su alcance localizado. Sin embargo, su impacto en las primeras etapas del proceso migratorio es significativo.
LA RAÍZ DEL PROBLEMA: LA DESESPERACIÓN
Más allá de las estrategias operativas, el informe insiste en un punto central: el éxito del tráfico ilícito de personas no puede entenderse sin analizar las condiciones que lo alimentan.
Las redes de coyotaje “se aprovechan de la desesperación”, afirma el análisis. La falta de oportunidades, el desencanto con las promesas políticas y la percepción de que el progreso solo es posible fuera del país empujan a miles de personas a tomar la decisión de migrar.
En muchos casos, explica el documento, son las propias familias las que impulsan a los más jóvenes a emprender el viaje, con la expectativa de recibir remesas. El costo —económico, emocional y físico— queda relegado frente a la urgencia.
El estudio dedica un apartado a las consecuencias del tráfico ilícito, que describe como “una de las peores tragedias humanas”. La lista de riesgos es extensa: secuestros, extorsiones, abusos sexuales, enfermedades, muerte.
Los testimonios recogidos y los datos analizados coinciden en una conclusión contundente: ninguna ruta garantiza el éxito. Los migrantes pueden ser abandonados en el desierto, morir en contenedores o desaparecer sin dejar rastro.
Aun quienes logran llegar enfrentan nuevas dificultades: discriminación, precariedad laboral, riesgo de deportación. El “sueño americano” se convierte, con frecuencia, en una prolongación de la incertidumbre.








