Berlín
DPA
Lejos de remitir, la ola de represión que se desató hace un año en Turquía tras la intentona golpista sigue causando estragos, ya no solo entre los propios turcos, sino que también se ven afectados cada vez más extranjeros que residen en el país o simplemente entran como turistas para pasar unas plácidas vacaciones.
El ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Sigmar Gabriel, ha advertido a sus connacionales que «ya no pueden sentirse seguros ante las detenciones arbitrarias».
En los últimos meses también ha aumentado cada vez más la preocupación por su situación entre los alemanes que viven en Turquía, sobre todo después del arresto en Estambul del activista por los derechos humanos Peter Steudtner. Previamente, la Policía turca ya había detenido a dos periodistas alemanes de origen turco, Deniz Yücel y Mesale Tolu, quienes se habían atrevido a expresar críticas al Gobierno autocrático del presidente Recep Tayyip Erdogan.
El periódico alemán «Bild» asegura, citando a diplomáticos alemanes, que Erdogan utiliza a los alemanes detenidos como rehenes para forzar al Gobierno en Berlín a extraditar a presuntos golpistas turcos.
El Ministerio alemán de Relaciones Exteriores ha rebatido en términos inusualmente contundentes la acusación formulada por Erdogan según la cual los arrestados tenían vínculos con grupos terroristas, un argumento que para Berlín «no tiene ni pies ni cabeza».
Ya antes de la advertencia de Gabriel se había extendido en la comunidad alemana en Estambul la sensación de que a estas alturas nadie puede sentirse seguro en Turquía si pertenece a algún grupo que el Gobierno de Erdogan no quiera que ni siquiera exista en su país. «Tengo la impresión de que ya no hay límites», dice el representante de una fundación alemana en Estambul. «Este es un nuevo escalón. Hay miedo. Y por supuesto yo también estoy nervioso».
A Erdogan no le importa enemistarse con defensores de los derechos humanos, representantes de fundaciones o corresponsales de prensa. En el caso de los inversores, la situación es muy diferente. Por esta razón, el hecho de que Gabriel, el ministro alemán de Exteriores, haya recomendado a las empresas de su país que se abstengan de realizar inversiones en Turquía ha generado un gran malestar en Ankara. El portavoz presidencial, Ibrahim Kalin, dijo que «no es aceptable» que las relaciones económicas se vean afectadas por un cálculo político. «Para nosotros, Alemania es un importante socio comercial».








