Manifestantes en una protesta fuera de la jesuita Universidad Centroamericana. Foto La Hora/AP
Manifestantes en una protesta fuera de la jesuita Universidad Centroamericana. Foto La Hora/AP

Con su cierre se pierde más que un nombre. Atado a sus siglas –UCA– se va un fragmento de la historia de Nicaragua, una tradición de pensamiento crítico que desde la Revolución inspiró a miles de estudiantes a decir: «Ante todo soy nicaragüense y, por mi país, voy a pelear».

A mediados de agosto, cuando el presidente Daniel Ortega pegó el tiro de gracia a la Universidad Centroamericana (UCA) —fundada por jesuitas en 1960 y quizá la institución educativa que con mayor rigor había confrontado la represión en el país—, la justificación se vistió de las expresiones usuales:

Es un centro de terrorismo.
Traicionó la confianza del pueblo.
Transgredió el orden constitucional.

 

Lo primero fue confiscar sus bienes y dinero. Después suspendió sus actividades. Luego informó que en su lugar funcionaría otra universidad llamada Casimiro Sotelo Montenegro, como un guerrillero que murió en los años 60.

Muchos perciben la decisión como una represalia contra los religiosos católicos que han tomado el lado del pueblo y no el de Ortega: días después de la clausura el 16 de agosto, se informó que la Compañía de Jesús perdería su personalidad jurídica y sus bienes pasarían a manos del Estado.

Es casi una ironía que el mismo Ortega pasó unos meses por las aulas de la UCA y el rector le entregó un doctorado honoris causa por su «contribución a la paz y la democracia» en 1990, cuando aceptó la derrota electoral contra Violeta Barrios de Chamorro. Ortega volvió al poder en 2007 y ha gobernado desde entonces.

Hay mucho detrás de esta universidad que hasta antes de su cierre educaba a unos 8.000 estudiantes. Memorias de cómo empapaba de conciencia social. Cariño hacia los compañeros con quienes se soñó una Nicaragua mejor. Sacerdotes y profesores que brindaron cobijo en tiempos de protestas. Periódicos en una biblioteca. Poesía. Un país.
Éstos son cuatro relatos en primera persona de nicaragüenses exiliados que dan cuenta de su historia.

DAISY ZAMORA, POETA. ESTUDIANTE EN 1967.

Entré a la universidad en el 67 y fue como aterrizar en una dimensión distinta. Había gran efervescencia política. Empecé a enterarme de un mundo que era mucho más complejo y amplio que el que yo conocía. Ya tenía vocación social, pero en la UCA se expandió al grado de involucrarme en una organización del Frente Sandinista.

Los jesuitas eran muy abiertos a que los estudiantes se expresaran políticamente. La UCA era un semillero donde íbamos desarrollando acciones de resistencia contra la dictadura. Planeábamos manifestaciones, toma de iglesias, hasta de la Catedral. Era como una pequeña república donde ejercíamos la democracia.

En 1968 había un estudiante —David Tejada Peralta— al que asesinaron brutalmente y se decía que para desaparecer el cadáver lo tiraron al cráter de un volcán. Escribí mi primer poema político a raíz de eso. Se llama «Canto de esperanza».

Somoza nunca se atrevió a cerrar la UCA ni la Universidad Nacional. No es que no mataran a los estudiantes, pero el recinto universitario era sagrado. Ahí uno podía refugiarse en cualquier momento.

No se puede explicar la revolución sin las universidades, entre ellas la UCA. Ahí entendí lo grave de la situación. Entendí que tenía un compromiso de lucha con mi país.
Recuerdo esa época como con una pátina de dorada, con mucha nostalgia.

JUAN DIEGO BARBERENA, ABOGADO. ESTUDIANTE EN 2014.

La UCA era el único centro de pensamiento independiente que quedaba en el país. Su cierre responde a la posición que tomó en 2018 de estar del lado de la justicia, de la gente que estaba sufriendo la represión y exigiendo cambios sustanciales.

Casi el 70% del estudiantado era becado y la mayoría procedía de sectores marginales. Yo estudié becado, tenía compañeros que venían de lugares que estaban a 200 kilómetros de Managua. Cancelar la UCA no afecta solamente a la Compañía de Jesús, sino a un sinnúmero de familias nicaragüenses que tenían la esperanza de sacar a sus hijos de la pobreza.

En la UCA teníamos claro que no podíamos aprender si no estaba pasando algo fuera del aula. Analizábamos la realidad nacional y, si para eso teníamos que dejar la temática de la clase para abordar qué estaba sufriendo la ciudadanía y qué necesitaba nuestra sociedad para salir del autoritarismo, lo hacíamos.

Recuerdo que en 2015 un compañero y yo decidimos ir a una protesta frente al Consejo Supremo Electoral para exigir elecciones transparentes. Nos reprimieron, nos golpearon. Regresamos a la universidad y una «profe» nos dijo: muchachos, vayan a poner una denuncia al Centro Nicaragüense de Derechos Humanos y, si necesitan asesoría, cuenten conmigo.

 

Eran profesores muy claros de la realidad que vivía Nicaragua, con mucha conciencia y solidaridad. En aquel entonces la solidaridad era muy escasa. Gran parte la sociedad prefería no ver lo que pasaba o tenía un poco de temor.

ERNESTO MEDINA, EX RECTOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE NICARAGUA.

Yo vengo de la competencia: estudié en la Universidad Nacional en León. Viví la experiencia de la UCA porque había una cierta relación de amor-odio con la UCA. Hay quien dice que la UCA fue fundada por el gran capital para contrarrestar la influencia izquierdosa que tenía la Universidad Nacional, pero yo creo que ésta se había quedado en el pasado. Había poco espacio para lo propositivo.

La UCA llega con una propuesta fresca en una época en la que la misma dictadura quería deshacerse del legado de su fundador, asesinado en 1956. Consciente de que la carga negativa de su padre no le ayudaba, Somoza abre cierto espacio para que surjan opiniones diferentes y lo aprovechan los jesuitas para fundar la UCA.

Los 70 fueron años decisivos para Nicaragua, sobre todo después del terremoto de 1972, cuando las contradicciones internas de la sociedad eran evidentes: la pobreza, la corrupción. Y ya estaba en el poder el tercero de la dinastía Somoza, un militar que comenzó a cerrar espacios.

Los intentos de desarrollar grupos guerrilleros en la montaña fueron aniquilados por el ejército. Entonces el Frente Sandinista comienza a modificar su estrategia: hace una guerrilla urbana y trata de incidir en diferentes sectores sociales. Ahí la UCA juega un papel muy importante, porque hay una generación de muchachos influenciados por los jesuitas de aquella época, como Fernando Cardenal.

Lo que movilizó a la mayoría de la población nicaragüense fue esa combinación de ideas cristianas muy comprometidas con la gente y unas ideas revolucionarias muy heterogéneas que al final terminaron imponiéndose.

En la Universidad Nacional yo era parte de un movimiento cristiano. Éramos más iglesieros que los colegas de la UCA. Recuerdo un retiro organizado en una finca cafetalera. Cuando llegamos, nos sorprendimos. Decíamos: «¿A qué hora rezamos el rosario?» Y ellos llegaron con la revolución. Para mí fue una primera confrontación con otra forma de ver nuestro cristianismo. Eso me marcó.

Yo tenía inquietudes sociales, pero eran las tradicionales que nos inculcaban los colegios católicos: íbamos a un barrio pobre a repartir comida, ropa, hablar con la gente… En cambio, los compañeros de Managua hacían cuestionamientos serios a la dictadura y a la necesidad de una transformación social profunda.

En León, tuvimos que cuestionarnos y nos cambiamos el nombre: éramos «Movimiento Cristiano» y nos convertimos en «Los Macabeos», los guerrilleros, pues, y terminamos comprometidos con la Revolución.

MARÍA GÓMEZ, PERIODISTA. ESTUDIANTE EN 2014.

Cuando escuché de la UCA tenía 11 años y dije: «Quiero salir de la mejor universidad, de la que salieron los mejores periodistas». Estudié Comunicación Social de 2014 a 2017. Me decían la «comelibros» porque pasaba los descansos en la biblioteca leyendo periódicos de los 80. No siempre podíamos comprar libros, pero el personal nos conocía y nos permitía llevarnos más libros de lo que se podía.

En 2018, iniciaron las protestas por la reserva Indio Maíz. Se estaba quemando y el régimen no hacía nada. En la UCA nos organizamos y salimos a protestar. Nos sentíamos seguros porque los docentes no se metían, pero nos daban libertad de crear pancartas, de reunirnos y hasta nos protegían. Cuando los policías empezaron a atacar a los manifestantes nos abrieron los portones y pudimos ingresar. No sólo nos atacaban con golpes; atacaban para matar.

Había profesores que me dieron clases —jesuitas— que se acercaban a los refugiados en la catedral y otras universidades para hacer oración, para bendecirnos y nos decían: «Ustedes son el futuro de este país; no se desanimen. La población los está apoyando y nosotros los apoyamos».

Cuando me enteré del cierre, me puse a llorar. Lo primero que dije fue: «¡Los periódicos que leía!». Me destruí, me caí, sentí frío. He hablado con otros excompañeros y todos hemos llorado. Para mí era la única universidad donde a los estudiantes se les enseñaba cómo desarrollar su criterio, dónde se respetaba si eras de uno u otro movimiento. Era la única que tenía esa autonomía de cátedra y, al perder eso, perdemos todo.

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