CUENTO

Incubando al mundo

Vicente Vásquez Bonilla
Chente

Ese “día”, desperté como siempre, con la ilusión de cruzar el espacio en sus múltiples direcciones; estiré mis piernas, mis brazos, mis alas y partí.

Recorrí parte de la Vía Láctea y de repente, me detuve alarmado, contemplé al planeta Tierra, sí, ese teñido de azul y que está habitado por seres autodenominados humanos. Me sorprendió verlos enmascarados y asustados. Un ser malévolo, para ellos, invisible por su relativo tamaño, llamado Coronavirus, los estaba diezmando.

A pesar de mi inherente tamaño y de mi formación corpórea espacial, me dije: pobres seres y se me despertó el instinto avícola y me senté sobre el planeta con la intención de empollarlo. Si alguien de ese pequeño planeta tuviera la capacidad y oportunidad de verme, de seguro se reiría de mí, me vería como un pequeño e iluso canario, empollando un huevo de avestruz.

Que yo sea macho, no tiene importancia. Acaso en ese planeta no existen machos colaboradores que ayudan a las hembras a empollar a sus descendientes. Como ejemplo puedo señalar a los Pingüinos, bueno, casi sin alas, pero ese es otro tema; otro ejemplo: El Chorlito Llanero y también el avestruz, mientras la hembra busca alimentos, él cuida los huevos.

Para sentirme como en familia y más identificado con los seres de ese pequeño planeta, haciendo uso de mis poderes especiales y del sentimiento de empatía, transformé mi imagen externa, me “vestí” como uno de ellos, incluyendo, mascarilla, guantes y zapatos.

Ahora, empollando, con paciencia y meditado con fe, pretendo modificar la gestación global inicial de ese óvulo planetario y cuando lo haya logrado, con selectivo poder, batiré mis alas etéreas con suficiente energía y expulsaré del planeta a todos esos chingavirus que están acabando con la vida humana.

Realizada esta labor, recuperada mi imagen corpórea espacial, emprenderé de nuevo el vuelo y a ver con qué otras cosas me encuentro en este espacio infinito.

Diario La Hora
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