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Vida digna, muerte digna

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Vida digna, muerte digna

Harold Soberanis

Uno de los temas más polémicos ha sido siempre la discusión sobre el derecho a la muerte, es decir, sobre la posibilidad de decidir sobre nuestra propia muerte. Dicha polémica ocupó, en dí­as recientes, las páginas de muchos diarios. El caso se referí­a a la lucha entablada por Giuseppe Englaro, padre de Eluana Englaro, una chica italiana que yací­a postrada en estado vegetativo desde hací­a 17 años como consecuencia de un accidente. El padre, movido por el natural amor hacia su hija, exigí­a el derecho a suspenderle la alimentación que, de manera artificial, mantení­a con vida a su hija. El reclamo del padre desató un debate entre quienes están a favor de la eutanasia y quienes se oponen a ella alegando, en términos generales, que nadie tiene derecho a quitarle la vida a otro ser humano, únicamente Dios pues es í‰ste quien la otorga. El caso es que después de librar una lucha a través de los vericuetos legales, el padre logró que le autorizaran retirarle la alimentación a su hija, quien finalmente murió.


Luego de su muerte, apareció en un periódico local la nota sobre la manera en que Giuseppe se despidió del cadáver de su hija. En esta despedida estuvo acompañado de una periodista italiana, quien hizo una breve descripción del estado lamentable en que se encontraba Eluana. Y es aquí­, en el cuadro que describe esta periodista, donde uno se pregunta hasta dónde es válido mantener artificialmente la vida de una persona enferma que ya no tiene ninguna esperanza de recuperarse. En el caso de esta chica, los médicos habí­an hecho todo lo posible por revertir su condición y habí­an llegado a la conclusión que su estado era irreversible, que no existí­a la más mí­nima posibilidad de que se recuperara. De ahí­ la búsqueda de su padre por terminar con el sufrimiento diario de ver que su hija morí­a a pausas. El estado en que se encontraba era, pues, indigno para un ser humano.

Ciertamente, creo que la vida es un valor. Pero no lo es de manera abstracta, alejada de ciertas condiciones materiales que permitan realizarla dignamente.

Aristóteles afirmaba que la finalidad de la acción humana es la felicidad. Según este gran filósofo, la vida cobra un valor moral en la medida en que seamos felices, de donde se desprende que, buscar la felicidad no sólo es deseable, sino que es un imperativo moral, lo que vendrí­a a significar que tenemos la obligación moral de ser felices. Para alcanzar dicha felicidad, es necesario contar con condiciones materiales que la posibiliten, que hagan que su búsqueda y encuentro sean alcanzables.

La aceptación de una vida digna se articula, a mi juicio, con la de una muerte digna, pues vida y muerte son dos caras de la misma moneda. Es tan válido desear una vida digna como una muerte honrosa.

El caso de Eluana plantea este problema. ¿Por qué nos es tan fácil aceptar que es deseable una vida digna y no una muerte digna? ¿Por qué no puedo decidir sobre mi vida y mi muerte? ¿Por qué no tengo el derecho a recurrir a la eutanasia o al suicidio si sufro de una enfermedad terminal? ¿Por qué tiene que ser un ente ficticio quien decida sobre ello?

Si puedo decidir sobre qué hacer con mi vida, deberí­a también poder hacerlo con mi muerte.

Hume, el filósofo empirista, en un ensayo sobre el suicidio afirmaba, fundándose en el mismo Cristianismo, que era permitido poner fin a nuestra existencia cuando ésta era intolerable para nosotros y los demás. En el caso de Eluana, lo inmoral, desde mi punto de vista, era seguir manteniendo artificialmente una vida que ya no gozaba de las condiciones normales que deberí­an hacerla algo digno. Verla postrada, en estado vegetativo y muriendo a pausas, era más inmoral y cruel que buscar una salida honrosa.

La idea central de Aristóteles era la de que, a través de la búsqueda y realización de la felicidad, se podí­a configurar una vida moralmente buena. La moral misma debí­a servir para hacer de la vida humana un fin deseable y digno.

Suele suceder que ciertas teorí­as o propuestas morales, con todas sus prohibiciones e insistencia en el pecado, lo que hacen es castrar emocionalmente a las personas condenándoles a la infelicidad. Una moral que con sus moralinas hace infelices a las personas deberí­a rechazarse. Una verdadera moral tendrí­a que servir para configurar seres humanos felices e í­ntegros.

Ahora bien, la felicidad no puede reducirse a una espera en otra vida. La felicidad debe ser disfrutada en la existencia concreta, en el dí­a a dí­a y debe incluir el goce del cuerpo y del compartir con los demás.

Prolongar innecesariamente la vida de una persona fundándose en consideraciones, no de una moral que nos conduzca a la felicidad, sino de una moral que nos hace infelices, no tiene sentido. Y es una acción cruel.

De esa cuenta, el derecho a la eutanasia o el suicidio no puede ser negado por una moral que, de suyo, niega el sentido lúdico de la existencia. Acaso ésta era la crí­tica que hací­a Nietzsche a la moral fundada en una religión que, a su vez, se basaba en la negación del aspecto festivo y alegre de la existencia.

Por supuesto que la discusión sobre la legitimidad moral de la eutanasia seguirá siendo un tema polémico. Sin embargo, creo que deberí­amos reflexionar sobre ella y sobre aquello que le otorga dignidad a la vida. Si creemos que una vida digna es deseable y legitima, lo mismo deberí­amos pensar sobre la muerte.

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