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Una historia de amor: Paul Wolfowitz

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Una historia de amor: Paul Wolfowitz

La historia está llena de escándalos amorosos. La vida de los hombres (la de la mayorí­a) es un eterno canto hacia la mujer, una búsqueda constante hacia aquello que nos parece lo más próximo a la divinidad. Al punto que nuestra vida puede resumirse en que nacemos, crecemos, nos enamoramos, nos volvemos a enamorar y, finalmente, nos morimos, de viejos, por una súbita enfermedad o simplemente agotados en la búsqueda de la felicidad que es la mujer misma.

Eduardo Blandón

La literatura está llena de decepciones amorosas, ilusiones y hasta de suicidios por un amor no correspondido. Goethe, por ejemplo, habla de la frustración de un pobre joven, Werther, que ante la desgracia de no poder alcanzar a su amada, Lotte, prefiere su propia muerte. Bella literatura en la que se dibuja el amor, la pasión y todo aquello que podemos hacer los hombres por una mujer.

En nuestros dí­as las cosas no han cambiado y este amor intenso, locamente enamorado, se puede ver por todas partes. No sólo en las personas humildes en los que la pasión los lleva a tirarse de un puente, cortarse las venas o pegarse un tiro, sino también en aquellos cuyos salarios son elevados y tienen un puesto importante como recientemente le ha sucedido al Presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz. Veamos su historia de amor.

El Werther posmoderno, enamorado de punta a punta, ilusionado, loco, sedado por el olor de su piel, por sus encantos y pequeñas caricias, no ha tenido la convicción de decirle que no a un amor que aparece quizá en el ocaso de su vida. ¿Pero es que el amor conoce edad? Shaha Ali Riza, ese es el nombre de la princesa, la mujer responsable de que un hombre tan sensato, exitoso y brillante haya perdido súbitamente la razón y arriesgue su reputación y carrera hasta ahora intachable.

¿Qué de malo tiene enamorarse de una mujer? Ninguno, claro está. Cuando existe el amor, eso que nos parece a nosotros excesivo, es para Dios un acto que lejos de ser pecaminoso le recuerda su propia naturaleza. ¿Qué son 61 mil dólares en aumento al salario de Riza, cuando lo único que quiere Paul Wolfowitz es amarla, honrarla y en nombre de la divinidad, esa búsqueda del Dios mismo, adorarla?

Los escandalosos palidecen frente a los actos de Wolfowitz, porque dicen que el Banco Mundial impide que una persona supervise a su pareja sentimental y que además alguien tenga una remuneración anual de 193 mil 590 dólares. ¿Pero, acaso es extraño que un corazón enamorado haga eso? ¿No le gustarí­a a usted tener cerca y supervisar todo el tiempo ?como sea? a su propia novia? ¿Qué significan esas minucias materiales cuando se ha dado el alma? ¿Acaso Wolfowitz no ha querido hacer a Riza una pequeña prueba de amor al poner en riesgo su carrera polí­tica? Esos actos han sido hermosos.

A Wolfowitz en estos dí­as se le puede decir cualquier cosa, quitarle el puesto, calificarlo de ladrón o mandarlo a la hoguera, pero nuestro Werther, aceptémoslo, por ahora es el hombre más feliz del mundo. ¿No le da envidia?

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