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La vida tras las rejas

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La vida tras las rejas

En Guatemala existen dos centros de rehabilitación para mujeres, uno de condena y otro preventivo, que albergan a por lo menos 601 privadas de libertad por los delitos de secuestro, asesinato, parricidio y tráfico internacional, entre otros. La condición de vida de una mujer es distinta a la de un hombre debido a la desigualdad y marginación de la que es objeto.

Mariela Castañon
mcastanon@lahora.com.gt

El Centro de Orientación Femenina (COF) ubicado en Pavón, Fraijanes, alberga a 158 privadas de libertad, que ya fueron condenadas, mientras que Santa Teresa, situado en la zona 18, resguarda a 312, de forma preventiva.

El resto de presidiarias debe permanecer en los anexos de las cárceles para hombres en diferentes departamentos, pues no existen suficientes centros de rehabilitación para ellas.

Según se indica, en total hay 20 cárceles en territorio guatemalteco, de las cuales 18 son para hombres y únicamente dos para mujeres.

Existen varios desafí­os para estas personas, algunas son el único sustento moral y económico en el seno familiar, tienen hijos o padres de familia que sacar adelante. Ellas buscan obtener beneficios económicos, por medio de su trabajo, en los diferentes proyectos que se implementan desde la cárcel, sin embargo, no son suficientes.

Otro factor preocupante es la salud, ya que la mujer enferma más que un hombre debido a su anatomí­a fí­sica. El cáncer cervical y de mama, las enfermedades venéreas, la menopausia y los embarazos de riesgo, son algunos de los quebrantos más conocidos, que a veces son atendidos en las clí­nicas de las prisiones o si el caso lo amerita en un centro asistencial público, pero para ello es necesario realizar un trámite de autorización, que puede ser tardí­o.

La marginación es una de las causas de mayor depresión para las mujeres, pues el hecho de ser convictas las aí­sla de sus seres queridos y de la sociedad que las convierte en el blanco perfecto para ser discriminadas.

El idioma y la adaptación de nuevos hábitos son parte de los retos de las privadas de libertad de origen indí­gena, quienes deben aprender a convivir con otras personas que no hablan el mismo idioma.

Diario La Hora visitó el COF y conversó con cuatro privadas de libertad que confiaron su historia y comentan su situación de vida tras las rejas.

PETRONA XOL Sin comprender el idioma ni el porqué


Con mirada melancólica y confundida por no entender perfectamente la razón de su encarcelamiento, Petrona Xol, una mujer de 55 años, conversa por medio de la intérprete Esperanza Beb, quien la ayuda para comunicarse con otras personas.

Doña Petro, como así­ se le conoce a esta mujer originaria de Panzós, Cobán, fue detenida hace ocho años, sindicada de incitar a un linchamiento y acabar con la vida de un presunto delincuente, que fue muerto a golpes y posteriormente incinerado.

Sus ojos se llenan de lágrimas cuando recuerda aquel triste incidente que marcó su vida y la de su esposo José Choc, que también se encuentra recluido en Pavón, por el mismo delito.

Xol dice no entender exactamente la razón de su encierro, porque no participó en la muerte de aquel hombre que robó a los vecinos del pueblo, pues según ella, su crimen fue “observar” lo que acontecí­a.

De acuerdo con esta mujer, ella y su cónyuge son los únicos detenidos por este hecho, ya que nadie más de todos los que se encontraban ese lugar fue capturado por las fuerzas de seguridad.

Esa aprehensión le causa dolor, aún recuerda que fue capturada dí­as después del acontecimiento; el subirse a una patrulla de la Policí­a le causa temor e indignación, pues ella no se considera culpable.

Su estadí­a en las cárceles no ha sido la mejor, aunque tiene a varias personas que la ayudan, el idioma sigue representando una barrera de comunicación, sin embargo, agradece por ser asistida por Esperanza Beb, otra privada de libertad, que nació en Cobán, pero vivió en la capital, ella la ayuda para comunicarse con el resto de mujeres.

Los hábitos de vida también han cambiado, pero en la medida de lo posible trata de mantener vivas las costumbres que le dan sentido de pertenencia. Hace algún tiempo instaló un comal en su habitación, con esta herramienta vende tortillas y tamales de masa a las visitas y resto de privadas de libertad, esto le permite obtener ingresos para suplir algunas necesidades y llamar de vez en cuando a los nueve hijos que dejó en Cobán.

Su preocupación de madre y esposa le arrancan un suspiro, lamenta no compartir con sus hijos y darles el amor de madre que merecen, además de extrañar a su esposo, que tampoco puede hablar español y no tiene el apoyo de un abogado que lleve su caso.

Xol dice estar agradecida por haber encontrado personas buenas en su camino, que la han acompañado y defendido de diferentes circunstancias, pero lamenta mucho estar encerrada porque ni siquiera entiende perfectamente las razones que la llevaron allí­, pero que la harán permanecer hasta que cumpla por los menos 50 años de condena.

GLADYS DE LEí“N Su delito fue enamorarse


Su historia es como la de muchas mujeres que están en los diferentes centros de rehabilitación, condenadas por cometer un crimen en complicidad con su pareja.

Gladys Nineth de León Cáceres lleva casi 14 años en prisión, ha estado en Santa Teresa, en Los Jocotes, Zacapa y actualmente en el COF, por participar en el secuestro de una persona.

Cáceres recuerda ese fatal 22 de febrero de 1996, cuando agentes policí­acos irrumpieron en una vivienda cercana a la de ella y se la llevaron detenida junto a su pareja.

Gladys dice que este es uno de los más grandes errores que ha cometido en su vida, principalmente porque abandonó a su familia, y arriesgó todo por alguien que no era la persona que ella esperaba, pues su pareja fue quien la involucró en este delito.

“Al principio me deslumbró, era muy dulce y tranquilo, de repente un dí­a llevó a una persona (a la ví­ctima) y me obligó a que la cuidará mientras él salí­a, si no lo hací­a se poní­a violento… yo estaba enamorada y no pude ver que me estaba metiendo en un problema grave”, dice.

La privada de libertad dice que ahora reflexiona sobre este acontecimiento que trajo mucho dolor a su vida, pues no todas las experiencias dentro de las prisiones han sido buenas.

Por otro lado, cuando recuerda a su pareja que estaba en el Centro Preventivo para Varones de la zona 18 y quien murió hace algunos años, se encuentra con dos sentimientos: tristeza por su pérdida, pero también la libertad de su alma.

Gladys espera que todo salga bien en la audiencia que está programada próximamente, pues es posible que salga pronto de prisión, ya que se le concedió la redención de penas por su buen comportamiento y el trabajo que realizó en la cárcel. Sin embargo, la preocupación persiste, ya que desde hace año y medio terminó su condena, pero aún no sale libre.

“Estoy rehabilitada, ahora espero convertirme en alguien útil para la sociedad, compartir con mi familia, con mis hijos y mi madrecita, pero también aconsejar a aquellas mujeres que se encuentran en una situación similar a la mí­a, que si su pareja las quiere no las va a involucrar en un hecho delictivo”, resalta.

JULIA EQUITí‰ Madre entre barrotes


“Mi mayor fortaleza es Jackeline, mi nena”, dice Julia Janeth Equité Salay, de 35 años, madre de una infanta de 3 años y dos meses, que vive en la prisión, junto a ella.

Según Equité, la llegada de la niña le cambió la vida, en un momento que todo parecí­a desvanecerse, luego de enterarse que tení­a que permanecer en prisión por 25 años, sindicada del delito de homicidio.

Esta mujer es una de las 13 madres que se encuentran en el área de Maternal del COF, que cuentan con la autorización para tener a su niña o niño hasta que cumpla los cuatro años, tiempo necesario para apoyarlos en su desarrollo fí­sico y mental, se indica.

Julia dice que cuando se siente deprimida, su niña le devuelve la alegrí­a y le da la fortaleza para luchar contra corriente y sobrevivir en la cárcel.

Sin embargo, le angustia mucho que en agosto próximo, Jackeline cumplirá los cuatro años, el simple hecho de creer que se la llevarán en poco tiempo le preocupa, principalmente porque el único hogar que le ofrecen para cuidarla está ubicado en una colonia considerada como “roja”, en la zona 7.

“Sólo de pensar que la tengo que dejar allí­ me da miedo, porque yo no voy a estar a su lado para cuidarla, ese lugar es violento y no quiero que nadie le haga daño, ni mucho menos que se pierda con esa gente, yo quiero que ella se convierta en una mujer de bien”, afirma.

Aunque sabe que la separación será dura, también cree que la niña merece conocer un mundo diferente y relacionarse con otras personas, pues preguntas como ¿por qué estamos encerradas? le causa daño a esta madre, que le explica a su hija, que quien está privada de libertad es únicamente ella.

Actualmente Silvia tiene nueve años de estar tras las rejas, su esposo también lo está, sólo que en Pavón, ambos por el mismo delito, a ella aún le faltan 16 años para recobrar su libertad y vivir con la familia que tanto anhela.

ESTEFANíA LEIVA No hay barreras para la superación


“En los nueve años me he dedicado a trabajar e impartir cursos en las máquinas industriales Overlook, para que las otras señoras también aprendan un oficio y se ganen un dinerito”, dice Rosa Estefaní­a Leiva, una mujer que se ha convertido en una lí­der positiva dentro del COF.

Estefaní­a ha sacado provecho de su situación, con la ayuda del Sistema Penitenciario (SP) y otras instituciones, trabaja en una maquila implementada dentro de esa cárcel, que ha servido para aquellas mujeres que buscan aprender un oficio y obtener un salario a través de su trabajo.

Leiva recuerda que aunque se gradúo de bachiller, siempre le gustó este oficio, ella empezó a trabajar junto a su madre en un taller de modas, poco a poco se fue profesionalizando y se capacitó con un diseñador francés, además de recibir varios cursos en el Instituto Técnico de Capacitación y Productividad (Intecap).

Actualmente Estefaní­a cursa el décimo trimestre de Licenciatura en Informática, por medio de una universidad privada, con la que se ha firmado convenio.

A esta mujer le apasiona compartir sus conocimientos con las demás personas, realizar diferentes diseños, en la medida de lo posible, hacerse de un salario y apoyar al resto de sus compañeras.

Entre lo que se fabrica en esta cárcel se encuentran vestidos de fiesta: de comunión y de novia; bordados, cortinas para hoteles, entre otros, pues es lo que está a su alcance, ya que no pueden elaborar distintos diseños, porque necesitarí­an material y otro tipo de maquinaria con agujas diferentes, y esto no es posible por falta de inversión.

Según se indica varias empresas han confiado en ellas y las proveen de trabajo constantemente, pero, está consciente que existe otro porcentaje que no confí­a el material y el trabajo a ellas por el hecho de ser privadas de libertad, por ello, Estefaní­a hace un llamado para demostrar que son capaces de trabajar adecuadamente y cumplir con lo que se les otorgue.

“Creo que a veces no confí­an en nosotras porque somos privadas de libertad, pero eso no quiere decir que no trabajemos bien, podemos hacerlo, pero necesitamos confianza, inversión y apoyo de los empresarios y microempresarios para demostrarlo, afirma.

Al ser consultada Estefaní­a sobre las razones de su encarcelamiento, prefiere no hablar, pues este tema la deprime, lo único que quiere compartir es sobre el trabajo que realiza en la cárcel, que es de ayuda para otras madres de familia, incluyéndola a ella.