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La vida artí­stica de Antón Bruckner II

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La vida artí­stica de Antón Bruckner II

celso

Continuamos con la vida de este gran compositor alemán. Hoy exponemos las apreciaciones que Felipe Pedrell escribe sobre la vida artí­stica de Antón Bruckner, no sin antes decir que esta columna es el sonido mismo de Casiopea, esposa dorada a quien amo intensamente desde los puntales de sus pies despiertos hasta la frente sabia, donde deposito mis besos, y a quien adoro por la semilla de luz que surca en nuestras vidas y por su palabra posada en mis oí­dos

Celso A. Lara Figueroa
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela.

 


Opina así­ el maestro Pedrell:
       “Hans Richter, reservado, hasta entonces, decidiose y dirigió la primera ejecución de la Cuarta Sinfoní­a, en Viena. El poeta alemán Pablo Heye, transportado, la saludó (en carta a su autor) como “una de las más bellas manifestaciones del genio musical”. Llega la Quinta Sinfoní­a a Gratz, bajo la dirección de Schalk, y a Viena… veinte años después de su terminación, dirigida por Lowe, uno de los más decididos vulgarizadores del maestro. Aparece la Sexta Sinfoní­a (en la mayor). La Philarmonie de Viena, algo mejor dispuesta, admite un solo fragmento, que no despierta ningún interés. No se hace aguardar la Séptima Sinfoní­a, dedicada a Luis II de Baviera: el conmovedor adagio de esta obra fue escrito a la memoria de Wagner y bajo la impresión que le causó a Bruckner la música del maestro. Hermann Levi y Arturo Nikisch se apoderan de la obra: éste la dirige en Leipzig (1884) y aquel en Munich, como antes habí­a triunfado en Leipzig.
       En Viena ven visiones cuando Richter la ejecuta el año siguiente en los conciertos de la Philarmonie, y oyen aquella primera declarada, -antes inejecutable-. Ha llegado para el pobre Bruckner la hora de la consagración. Está ya dispuesta la Octava Sinfoní­a, dedicada al emperador Francisco José. La Philarmonie da la primera audición en 1892, y triunfa la obra, y triunfa el asendereado Bruckner. Hanslick no sale de su apoteosis ante aquella “algarabí­a monstruosa”. ¿Cómo se explica el éxito de la obra? “¡Ay de vosotros!” –escribe–: “Ese estilo de maullido de gato delirante, pertenecerá, quizás, al porvenir”. Y da consejos a la juventud para que “huya de Bruckner como de un apestado; y evite, asimismo, aquella ví­a peligrosa. También, del poema sinfónico de Franz Liszt”.  ¿Y qué camino ha de seguir la juventud? ¿El de la Caballerí­a Rusticana?
       Llegan los honores. Bruckner es nombrado en 1891 Doctor Honoris Causa de la Universidad de Viena. Celébrase una fiesta en el paraninfo, y el jurista Eyner resume los discursos pronunciados, exclamando: “Señores, yo, el rector magnificus de la Universidad de Viena, acato y me inclino ante el expasante de Windhag”.
       En 1891 comenzó la Novena Sinfoní­a, dedicada “A Dios”. No pudo terminar más que las tres primeras partes, lleno de achaques, y minada su salud por el peso de los años y el más terrible de los contratiempos y disgustos. Sintiendo que se acercaba su hora, destinó como final de la Novena el Te Deum compuesto en 1884, poco después de la Séptima Sinfoní­a.
       Beethoven al final de su Novena pone la Oda de la Libertad de Schiller: él, Bruckner, el Te Deum, a una obra dedicada “A Dios”.
       Aguardó la muerte como una amiga dulce libertadora: y llegó la muerte, que puso fin, casi súbitamente a sus sufrimientos, extinguiéndose el maestro el 11 de octubre de 1896.
       Tal fue el artista. Réstanos hablar del hombre.
       Fue lo que en lenguaje familiar se llama “un bendito de Dios”.  Conservó siempre un recuerdo tierní­simo de los primeros años transcurridos en su patria, y allá se iba una temporada todos los años a visitar a aquellos pobres campesinos, que no sabí­an bailar al son de su endiablado violí­n, y a sus camaradas de San Florián, admirados de que aquel organista medio loco diese tanto de que hablar a las gentes entendidas en música. Su carácter dulce, leal y sencillo, le conquistó grandes amistades, la de Wagner, sobre todo, de quien ganó la confianza y la simpatí­a más acendrada, desde que se vieron por primera vez en Munich (1865), a raí­z de las memorables representaciones de “Tristán e Iseo”.
      
             
            Nueva Guatemala de la Asunción, sábado, 16 de julio 2011

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