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LA GOLETA DE TRUJILLO (Parte II)

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LA GOLETA DE TRUJILLO  (Parte II)

El fracaso de la misión encomendada a la Goleta Siesta de Trujillo fue un duro golpe para los planes de la Liberación. Los dí­as que siguieron fueron de incertidumbre, cuando no de temor, entre la población porteña, civiles armados del Sindicato de la IRCA con apoyo de hombres de la Policí­a Judicial siguieron a los sobrevivientes. Todaví­a existe un monumento enmontado y fuera de la carretera, ya para llegar a Entre Rí­os, en donde tiraron los cadáveres de los sindicados con muestras de tortura.

Doctor Mario Castejón

Los dominicanos que agarraron camino de regreso a Honduras tení­an una idea vaga de la geografí­a del litoral pero ni remotamente imaginaban lo que les esperaba desde la selva cenagosa que circunda Puerto Barrios hasta la entrada de la Bahí­a de La Graciosa buscando la salida hacia la costa del Golfo de Honduras que se extiende del lado de Guatemala un poco más de 80 kilómetros. Atravesaron La Graciosa cortando camino por la parte ancha y construyendo una improvisada balsa como flotador, nadaron asidos empujándose con los pies cerca de dos kilómetros; rumbearon después entre las ciénagas bebiendo agua de charcos y escurrideros y alimentándose con corozo y pequeños cangrejos hasta llegar a la orilla del mar, les tomó más de dos semanas.

Por las noches desde la Playa de San Francisco del Mar los fracasados conspiradores veí­an a unos cuarenta kilómetros de distancia las luces de Omoa y Puerto Cortez y un dí­a embarcando algunos cocos fueron llevados a remo en su canoa por mi viejo amigo David Zaldí­var a través de aquellas profundas aguas que uno de los hombres de Cortez bautizó como Mar de Las Honduras y con sobrada razón, ya que un corte marino en ese lugar desciende hasta los dos mil metros de profundidad. Desde Omoa siguieron a Tegucigalpa en donde Trujillo los mandó a recoger. Todaví­a en aquellos años el dictador moví­a los hilos del poder que más tarde tuvo que ir soltando aunque seguí­a manejando al Paí­s detrás de sus segundos como el caso de su hermano Héctor Bienvenido quien fue electo y reelecto Presidente. Para curarse en salud, en La Dominicana los carteles anunciaban a la entrada y salida de cada pueblo: “Dios y Trujillo”, era la fórmula que el llamado “Benefactor de la Humanidad” usaba para dar a entender que tení­a autoridad humana y divina para hacer lo que quisiera.

Conversé años atrás con Mario Vargas Llosa y salió a la plática la triste historia de Latinoamérica gobernada por militares sanguinarios o politicastros mediocres y hablamos un poco de Trujillo. Tiempo más tarde gocé de la lectura de su libro La Fiesta del Chivo en donde llena de anécdotas con su pluma magistral la historia de aquella familia que enlutó a la República Dominicana. Comentamos de la goleta y la participación del Dictador en el asesinato del Coronel Carlos Castillo Armas su protegido. Trujillo fue el generador de ese asesinato con la participación del Jefe del S.I.M. (Servicio de Inteligencia Militar) Johnny Abbes Garcí­a y otros testaferros suyos que visitaban frecuentemente Guatemala y se sentí­an entonces como en su casa. Hoy no hay duda que la muerte de Castillo Armas fue ordenada por Trujillo con el apoyo del coronel Enrique Trinidad Oliva en un tiempo segundo del Caudillo de La Liberación. Las razones salieron a luz, resentimiento y venganza por parte de Trujillo que se sentí­a mal pagado y ambición de poder por parte de Oliva. Durante mucho tiempo se habló de la insistencia del Canciller Dominicano para que se condecorara con la Orden del Quetzal al Generalí­simo Trujillo a lo cual el Lic. Ricardo Quiñónez Lemus entonces Canciller de Guatemala se opuso, no se imaginaba don Ricardo que con tiempo aquella condecoración que entonces se otorgaba en casos extraordinarios se iba a abaratar.

Más tarde la participación en el asesinato de Castillo Armas que fue documentada a sotto voce por la CIA colaboró a que el tirano fuera puesto en duda por Washington como también colaboraron otros excesos antes y después del atentado que hizo volar el automóvil en que viajaba el presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, el cual hizo saber a Washington y a la OEA que si no se hací­a algo, Venezuela desatarí­a una acción militar en contra de Trujillo. Por último la inestabilidad en el Caribe después del intento de invasión a Sto. Domingo desde Cuba con el apoyo del Primer Ministro Fidel Castro también le fue restando puntos en la Casa Blanca y la idea de su desaparición fue tomando cuerpo hasta facilitar su asesinato. La noche en que Trujillo fue asesinado iba a encontrarse en su casa de La Caoba con una jovencita italiana que le habí­an preparado como era su costumbre. En ese mismo lugar un despeñadero que daba al mar mantenido como criadero de tiburones sirvió para que fueran lanzados todaví­a vivos aquellos que fueron detenidos y torturados por la muerte del Dictador.

Es una lástima que como un objeto histórico la goleta Siesta de Trujillo no se haya conservado, nadie sabe a ciencia cierta a dónde fue a parar, algunos dicen que fue vendida y otros que recogida por gente enviada desde La República Dominicana, lo cierto es que con los años sus restos carcomidos estarán en algún lugar sin que nadie conozca su historia. En Puerto Barrios la gente mayor si la conoce y también la recuerdan las huellas de las balas en las paredes de las casas de la entrada de mar en donde fue la emboscada.

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