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KAPRACÁN Y EL ORIGEN DE LOS VOLCANES

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KAPRACÁN Y EL ORIGEN  DE LOS VOLCANES

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Contaban los antiguos de Cubulco que Kapracán era un hombre extraordinario. Su gran fuerza le permitía realizar hazañas que ningún otro ser humano lograba.

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CELSO LARA FIGUEROA

En una ocasión unas gentes estaban tratando de levantar un palo, y Kapracán pasaba por allí cerca. ¡Qué vale eso! dijo Kapracán. Eso no es nada para mí.  Entonces ellos le dijeron, Llévate todo el palo si puedes.

¿Dónde está ese palo tan grueso? dijo, echándose el palo al hombro. Era un palo largo, como el palo volador.  Así que fue a dejarlo frente a la iglesia. Sólo lo hago por un favor. No vale nada les dijo.

Otra vez, había un hombre trabajando solo en la construcción de su casa cuando Kapracán pasó frente a la construcción. El pobre hombre no aguantaba a traer uno de los troncos que necesitaba. ¡Qué vale eso! Yo te lo llevo. Dos palos iguales me llevo con una sola mano, exclamó Kapracán,
en pocos minutos, llevó los troncos al lugar donde el hombre estaba haciendo su casa.

En agradecimiento, el hombre le sirvió comida y al terminar de comer, Kapracán le preguntó: ¿Hay más palos que traer? Sí le contestó el hombre.  Ante un nuevo reto, Kapracán se entusiasmó y dijo: Voy corriendo.  En un ratito estaré de regreso.  Así lo hizo, logró reunir varios troncos de un solo viaje.

A pesar de su extraordinaria fuerza, Kapracán necesitaba, como todas las personas, de ciertos bienes, especialmente de alimento.  Por eso, se dedicó a vender la tierra, a cambio de tortillas.  Pero no vendía terrenos, como cualquier comerciante, sino que vendía montones de tierra.  Gracias a su inmensa fuerza podía remover grandes cantidades de tierra y piedra.

Ofrecía la tierra a gente extranjera, que vivía en el sur. Vendo la tierra decía Kapracán. ¿No la compran?  Así, Kapracán vendía la tierra por una tortilla o por un cigarro. Entonces, las gentes del sur empezaron a pedir tierra a Kapracán, para que los protegiera de los vientos y tapara barrancos.  Le decían a Kapracán: Te doy tus tortillas, pero me traes un volcán.  Otros le ofrecían: Vamos a hacer cambio. Te damos comida y tú traes un volcán.  ¿Lo vas a traer?

Entonces, Kapracán aceptaba la oferta. Sí tal día vengo. De aquí, de Xinacatí, sacó el volcán para La Antigua Guatemala, el Hunahpú.  De  Chicocox se llevó el Volcán de Fuego. El Volcán Santa María lo sacó de Xeococ. Además, llevó un volcán a Chimaltenango, el de Acatenango, el cual sacó de Xiyac. Lo vendió por un pan. 

Por último, sacó el volcán Tajumulco.  Los habitantes de la región se preocuparon mucho, porque se llevaba partes de la sagrada tierra a otros lugares.  Así, todos invocaron a las diosas del maíz, para que solucionaran la situación, ya que toda la región de Cubulco pronto quedaría llena de agujeros, que se convertirían en lagunas cuando llegara la lluvia.

Kapracán había ofrecido vender el cerro Belejuj. Cuando llegó a él cerro Belejuj, lo levantó y sacudió el agua que había dentro del cerro. Mientras estaba amarrándolo como una carga, vio a tres muchachas que estaban bañándose en el río al pie de este cerro.

Una de ellas era morena, otra blanca y la otra bronceada. Entonces, Kapracán dejó el cerro amarrado como una carga (todavía pueden verse las nueve marcas que dejó en el cerro con su lazo).  En lugar de transportar el cerro, se puso a mirar a las muchachas.  Kapracán lo que no sabía era que se trataba de las Santas Muchachas, señoras y guardianas de la tierra y espíritus del maíz.

Kapracán, bajó al lugar donde ellas estaban a enamorarlas. Me voy a casar con ustedes. Yo sé trabajar de todo. Las quiero mucho. Siento dolor en mi corazón por ustedes. Yo trabajaré para mantenerlas y vestirlas. ¡Qué valen estas tierras! Pues, voy a venderlas para vestirlas y mimarlas a ustedes.  Así se dirigió a las tres diosas. Está bien, contestaron ellas. Si es lo que quieres.  Pero vamos a hacer un trato. Tú tienes que sacar nuestra comida del agua: peces, ranas, cangrejos, tepocates y todo.  Si nos das todo esto, está bien, dijeron ellas.  Hasta entonces, te querremos y nos casaremos contigo, le dijeron y sonrieron ante él.

La muchacha de en medio, la de piel amarilla, fue la única que no se turbó delante de él ni de su fuerza. Ella era más inteligente que las demás y, tomando su cinta de la cabeza, empezó enrollarla.  Mientras hacía esto, dijo a Kapracán, Ve hacia allá arriba y busca un cangrejo debajo de esa piedra. Si puedes agarrarlo, es tuyo y, dirigiéndose a una de sus compañeras le dijo que lo acompañara. 

Cuando ambos se habían alejado, arregló su cinta para darle la forma de cangrejo. De un extremo de la cinta hizo las patas y del otro extremo formó las tenazas.  Cuando había terminado, lo metió debajo de una piedra laja.

Al terminar el engaño habló con ellos.  ¿Encontraron alguno? Les preguntó.  No hay ninguno, respondió su compañera.  Entonces la de piel amarilla les dijo: Aquí hay uno y es fácil de agarrar porque hay bastante lugar debajo de la piedra.  Kapracán y la joven regresaron.

Quítate la ropa y te metes al agua para cogerlo. Pero tienes que ir boca arriba, porque de otro modo no cabes, dijo la muchacha de piel amarilla a Kapracán.  Así lo hizo, pero la muchacha tiró de un hilo de la cinta para que el cangrejo pareciera introducirse más bajo la piedra.

Tendrás que introducirte más, le indicó la muchacha, pero para que no te hundas te vamos a sujetar las manos y los pies con cadenas.  Así podremos jalarte de regreso.

Así, lograron encadenarlo y que se metiera bajo la piedra laja.  No lo encuentro, decía Kapracán.  Busca más adentro, le indicaba la muchacha.   Cuando ya estaba en el punto deseado por ella, les indicó a sus compañeras que subieran a la piedra y aplastaran a Kapracán.  Así quedó atrapado.

Pero como Kapracán era muy fuerte, no se quedó prensado debajo de la piedra, sino que subió al horizonte y se escabulló por la hendidura que junta el cielo con la tierra.  Allá se sentó. La piedra quedó como un volcán y su nombre es Sipac, y hasta hoy se le puede ver a la orilla del río Calá, en donde hay un pueblo encantado, Pueblo Viejo.

Por causa de Kapracán es que hay temblores, porque lo amarraron las muchachas con cadenas y éstas se hunden bajo la piedra.  Cada vez que trata de liberarse mueve la tierra.  Allí se quedó Kapracán.  Si él no hubiera quedado encadenado, habría acabado con nuestra tierra y habría ocasionado la muerte de la gente. 

Vendo la tierra decía Kapracán. ¿No la compran?  Así, Kapracán vendía la tierra por una tortilla o por un cigarro.