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En memoria del alcalde Leonel Ponciano León

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En memoria del alcalde Leonel Ponciano León

Durante décadas de ejercicio periodí­stico he conocido a numerosas personas que llegaron a ocupar altos, medianos e inferiores cargos en la administración pública, muchos de los cuales se encumbraron burocráticamente más por razones polí­ticas, influencias del mismo tipo, compadrazgos, astucia o por otras causas ajenas a la capacidad, habilidad o responsabilidad personal y profesional.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

Los he visto proceder con soberbia y mirar con desprecio a los que antes fueron sus vecinos de colonia, viejos amigos y compañeros de estudios, a la vez que se enriquecí­an descaradamente, amparados en  el manto de la corrupción  y la impunidad.

Años más tarde los he encontrado en diferentes escenarios de la vida cotidiana, solitarios, aislados y despreciados por los mismos serviles que los rodearon en sus pequeños y artificiosos cí­rculos de poder. Perdieron el respeto de sus semejantes y dejaron abandonada su dignidad en sus cuentas bancarias y en las mugrientas puertas de sus negocios.

Pero también he tenido la fortuna de haber entablado amistad con otra clase de hombres que deliberada o involuntariamente ocuparon posiciones de prestigio, sin haber olvidado sus raí­ces ni haberse enriquecido ilí­citamente. Uno de ellos fue Leonel Ponciano León, el alcalde metropolitano del perí­odo 1974-78, a quien el editorial de La Hora del pasado sábado atinadamente calificó de sencillo y humilde, calidades que jamás perdió al frente del ayuntamiento capitalino ni cuando retornó sin aspavientos a su vida privada, para seguir ejerciendo su profesión de abogado y notario.

Cuando el jueves o el viernes de la semana anterior leí­ en Prensa Libre una pequeña esquela, ya era tarde para que yo pudiera asistir a la capilla funeraria donde se habí­a velado el cuerpo de Leonel Ponciano León, porque ninguno de sus ex compañeros y amigos que concurrieron a su sepelio tuvieron la cortesí­a de avisarme de su sensible deceso.

Guardo agradables recuerdos de Ponciano León, a quien conocí­ a principios de la década de los setentas, cuando él era funcionario o miembro del Concejo y yo me desempeñaba de novato reportero del desaparecido diario El Imparcial, y la alcaldí­a estaba a cargo del malogrado Manuel Colom Argueta. En 1976, cuando ocurrió el trágico terremoto del 4 de febrero, Leonel fungí­a de alcalde, y el general Eugenio Kjell Laugerud era el presidente de la República, mientras que yo ocupaba la Presidencia de la APG, por primera vez.

Precisamente por estar al frente de la APG, protesté ante el Organismo Ejecutivo porque, al haber establecido el estado de Excepción, habí­a limitado aún más la debilitada libertad de prensa, cuyo reclamo tuvo resonancia internacional. El presidente Laugerud me pidió que llegara a su despacho, con el  fin de anunciar conjuntamente en conferencia a la prensa que el Gobierno dejaba sin efecto la cláusula que afectaba la actividad informativa y me invitó a que lo acompañara en las giras de supervisión de los trabajos de descombramiento y reconstrucción, que emprendió de inmediato, en tanto que el alcalde Ponciano se dedicaba, con su equipo de ingenieros, a ejecutar el Plan de los Cien Dí­as en la ciudad capital, lo que ya abordó el editorial de La Hora.

También participé con el jefe edilicio en la inauguración de los trabajos de construcción de la segunda fase de la calzada San Juan, de El Rodeo a La Florida, y en recorridos por las obras de los grandes colectores de la ciudad, sin que en ninguna oportunidad Leonel le hubiera faltado el respeto a un trabajador, por indolente que fuera, menos tratar con menosprecio a los vecinos. El alcalde Leonel Ponciano León fue un fiel ejemplo del polí­tico honesto, el funcionario servicial, el ciudadano respetuoso y cordial.

(Romualdo Tishudo le cita a un funcionario público este refrán de la sabidurí­a popular: -Sé agradable con las personas mientras subes, porque las necesitarás cuando vayas de regreso).   

 

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