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El Tí­o Jacinto

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El Tí­o Jacinto

¿Cuántos años tiene usted? Veinticinco, cuarenta, tal vez está llegando a los sesenta o setenta. ¿Qué enfermedad o dolencia padece? Seguro no es una sola. La ausencia de salud plena es una cosa normal en los seres vivos y aunque la especie humana es lo más desarrollado de la evolución biológica, no escapa del ataque de virus, bacterias y trastornos bioquí­micos que afectan el cuerpo y la mente. Imagí­nese usted cómo le va a un cuerpo que ha vivido o sobrevivido en este paí­s de exclusión y desigualdades sociales desde los tiempos cuando en Europa se desarrollaba la Primera Guerra Mundial.

Pablo Siguenza Ramí­rez

Ese es el caso del organismo del Tí­o Jacinto, un activo jardinero que va de casa en casa, allá por Villa Linda, ofreciendo sus servicios como diseñador empí­rico de áreas verdes y protector del ornamento floral de las casas residenciales. A sus 92 años camina con la espalda doblada, casi formando un ángulo de 90 grados entre torso y piernas debido al cansancio y desgaste irreparable de sus tejidos óseos y musculares. A pesar de ello usted lo puede ver empujando su carreta y sus instrumentos de trabajo por el carril auxiliar del Periférico hacia las casas donde aún le dan trabajo, por la buena calidad del mismo, publicidad aparte, y a veces por compasión ante su doliente figura. Como es de imaginar lo poco que gana no le alcanza para llevar una vida digna en el crepúsculo de su vida.

Por ello, el Tí­o acudió hace más de catorce meses al programa de Adulto Mayor del Ministerio de Trabajo a solicitar el apoyo económico que por ley y como medida de justicia social le corresponde. Hasta el momento ni siquiera le han hecho la visita de evaluación social que inicia el trámite respectivo. El argumento es que para el actual gobierno es prioridad atender con este programa, otras áreas geográficas y no la Ciudad de Guatemala. Cí­nica actitud decirle a una persona de 92 años que no es prioridad en un programa planificado precisamente para las personas que poco pueden valerse por sí­ mismas en una sociedad que excluye a los que poco producen. Le dijeron además, desvergonzadamente, que debí­a esperar a que la prioridad geográfica se modifique. Con toda razón, familiares, vecinos y conocidos se unen al coro de voces ciudadanas que demandamos trasparentar y hacer eficientes los procesos de la administración pública.

Hay hoy un fuerte reclamo ciudadano por los millones de quetzales extraviados de los fondos del Congreso, hay coincidencia en condenar a los diputados y demás funcionarios involucrados. Pero cuidado con los que proponen como solución la reducción total del Estado y pretenden endiosar al mercado como regulador omnipotente de las relaciones sociales. La salida a la crisis de las instituciones está en fortalecerlas y transformar la actitud de los servidores públicos. Una tarea dantesca que corresponde a toda la sociedad, mientras tanto el Tí­o Jacinto no puede esperar tanto, por eso estas lí­neas de solidaridad con su situación.

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