Carlos Butavand
Profesor de filosofía

Hace unos días escuché hablar a Raúl Fornet Betancourt, en el marco de una conferencia, sobre el Libro de Job trasladando la pregunta que allí se formula a estos tiempos. Tomé La Biblia y releí el capítulo XXVIII. Quedé absorto, pensando en las implicancias de aquellas cuestiones planteadas en el Antiguo Testamento. Las líneas que siguen son una reflexión a respecto que comparto con ustedes.

En el Capítulo XXVIII del Libro de Job, versículo 12, nos encontramos con dos preguntas inquietantes: “¿Dónde hallar la sabiduría?, ¿Dónde está el lugar del entendimiento?”. En el versículo 20 hay una redefinición de la pregunta: “¿De dónde viene la sabiduría y dónde hallar la inteligencia?” Para, al fin, en el versículo 28, afirmar: “El temor de Dios, ésa es la sabiduría; apartarse del mal, ésa es la inteligencia”.

En la “Exposición del Libro de Job” que nos obsequió Fray Luis de León, resulta interesante demorarse en dos interpretaciones que el autor ensaya sobre los versículos citados más arriba: “…Tu bien es guardar mi ley, y tu saber, conocerla”, y más adelante agrega: “….tu sabiduría es saber guardar mi ley, y tu ley es que huyas de lo malo, y me temas, esto es, me sirvas…”[1]

Conocer la ley universal y no hacer el mal. Sospecho que el conocimiento está aquí emparentado a la sabiduría divina y la inteligencia humana a lo ético. Pero también, da la impresión de que ha de darse una especie de complementariedad entre ambas. Es decir, sabiduría e inteligenciaconocimiento y bien. Por otra parte, sabiduría y conocimiento parecen participar y ser al mismo tiempo lo trascendente a través de una capacidad que no está explicitada pero bien podría nombrarse como “espíritu”, pneuma o ánima.

La inteligencia y el bien están revestidos, a su vez, de cierta materialidad, cotidianeidad, digamos. Sumado a esto, se denota un discurso imperativo (“tu ley es que huyas de lo malo”) y que está destinado al individuo como tarea permanente e impostergable.

Ciertamente se podría continuar interpretando matices y abriendo horizontes hermenéuticos, pero con este sencillo acceso es suficiente como para leer en contexto, filosóficamente, el presente. ¿Dónde se halla la sabiduría?, ¿Dónde ancla la inteligencia?

Un primer punto que considerar sería precisar los conceptos de “sabiduría” y de “inteligencia”. Esta labor exigiría un tratado aparte, de modo que sólo interpreto que tanto la sabiduría como la inteligencia han perdido el rasgo trascendental, ese rasgo capaz de ligar lo material con lo sagrado. Por lo tanto, ¿Dónde se ha de encontrar esa luz que ilumine el sentido de nuestras vidas, que dé contenido a nuestras horas y días?

El capitalismo, que dicho sea de paso ha desarrollado hacia su interior características propias que correspondían a lo divino (invisibilidad, deslocalización, misterio), ha suplido y ha congelado los corazones de las personas humanas mediante una artillería de mercancías generadoras de necesidades “innecesarias” en las que se deposita, mediante su consumo ritual, la esperanza de plenitud terrena

La sabiduría implícita como ley, como divinidad, como trascendencia, que transforma la interioridad del hombre, ha sido desguazada por un proceso de creciente violencia, frivolidad y desconcierto. Recordemos aquella frase de Dostoievski anotada en “Los hermanos Karamazov”: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Y Nietzsche, con su lucidez aguda, a través del loco del mercado, culpa a los hombres por haber matado a Dios. Es el anuncio de un incipiente nihilismo como estrategia de los poderes hegemónicos des-humanizantes.

Esta indudable crisis que describimos someramente se insiste en presentarla y ubicarla como un fenómeno exterior, que se da en las adyacencias de la piel, que de hecho lo es, pero neutraliza cualquier intento por ubicarla también en lo interior. Se ha promovido una des-personalización, un vaciamiento noógeno que nos impide apreciar en su real magnitud la crisis interna de la persona que ha entrado en un páramo narcotizante. Entonces aparece como inútil el retorno sobre sí mismo y el sondeo del abismo interior. No hay tiempo ni silencio. Además genera incomodidad.

En un apresurado diagnóstico de supuestas filosofías reaccionarias, se dice que el egocentrismo y el hedonismo aventados por el neoliberalismo son dos pilares por destruir y que allí se asientan los males de la época. Por otro lado, como discurso opuesto, se propone un debilitado e histriónico socialismo o comunitarismo que subsume a lo individual dentro de la masa neutralizando sus potencias creativas y su capacidad de revisar con honestidad el móvil de sus conductas. Ambos extremos, eximen al hombre de su responsabilidad de ser hombre. Uno por defecto y el otro por exceso.

En este contexto, ¿Dónde descansará pues la inteligencia? En la exterioridad, en el embotamiento sensorial y en los estímulos veloces que exigen aceleración de los procesos naturales. Ciertamente, hay un profundo descuido filosófico del individuo por sí mismo, por sus planes, por el sentido espiritual necesario para vivir bien en comunidad.

Recuerdo ahora un pasaje del libro “La negación en el pensamiento popular” de nuestro Rodolfo Kusch donde comparte la voz de uno de sus informantes; es el folclorista jujeño Anastasio Quiroga. Expresa: “debo luchar un poco contra mí para llegar a un acuerdo con el otro… Solamente busco la convivencia”[3]. La necesidad de reflexionar sobre las tendencias instintivas, sobre el carácter y sobre el proceder ético, es crucial en el presente: ¿Hay egocentrismo en esto? Indudablemente hay una preocupación de mejorar en lo individual para convivir.

Por lo tanto, me parece que urge la necesidad de recuperar la re-flexión sobre los pensamientos examinando la tónica de su genealogía. Aquí debería anclar la inteligencia para re-descubrir esa ley trascendente que se tejió en la urdimbre de la historia. Sus magníficas hebras dan cuenta de una sabiduría que debe refractar en las acciones diarias, concretas, y no quedarse en abstracciones técnicas que siguen nutriendo y reproduciendo ese salvaje poder hegemónico insito también en la filosofía de escritorio.

Por lo tanto, una posibilidad programática sería des-ocultar la sabiduría que nos fue tapiada. Allí, en ese lugar se halla la morada del entendimiento. Sabiduría como ley sagrada y como donación para que el entendimiento pueda generar esperanza y calor a los corazones desorientados. La filosofía debiera estar a la altura de las exigencias presentes. Pero, convengamos, sería un escándalo, al decir del maestro Fornet Betancourt.

[1] Fray Luis de León, “Exposición del Libro de Job”- Ed. Hyspamérica- Bs. As. 1985- P.p. 457

[2] Remito aquí a un breve texto que ilustra mi afirmación. Es un bosquejo de Walter Benjamin titulado “El capitalismo como religión” disponible en formato PDF por la editorial “La llama”.

[3] Kusch, Rodolfo, “La negación en el pensamiento popular”- Ed. Las cuarenta- Bs. As. 2008- P.p. 33

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