Diarios

Golpe tras golpe, el martillo de la peste que no cesa y se agiganta aturdidor

Mario Alberto Carrera

marioalbertocarrera@gmail.com

Premio Nacional de Literatura 1999. Quetzal de Oro. Subdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Profesor jubilado de la Facultad de Humanidades USAC y ex director de su Departamento de Letras. Ex director de la Casa de la Cultura de la USAC. Condecorado con la Orden de Isabel La Católica. Ex columnista de La Nación, El Gráfico, Siglo XXI y Crónica de la que fue miembro de su consejo editorial, primera época. Ex director del suplemento cultural de La Hora y de La Nación. Ex embajador de Guatemala en Italia, Grecia y Colombia. Ha publicado más de 25 libros en México, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

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Mario Alberto Carrera
marialbertocarrera@gamil.com

No soy yo el temeroso, el timorato ni ¡menos!, el cobarde amilanado. Es que lo que veo es como para bajarle el tonante rayo al más pintado.

La muerte –desde que dejé de ser joven- no me asusta, no me sorprende, no me arrincona. Y aun en plena juventud no me espantaba. Enfrenté el terremoto que nos dejó más allá del sobresalto, más allá del tremendismo y del esperpento teatral: “annus horribilis” de 1976.

Era ya en 1976 –con 31 años y antes también- docente y funcionario de la Usac que, igual que hoy, quedó arrumbada a piedra y lodo, más de inmediato resucitó. Empleados, funcionarios, docentes y autoridades nos acercamos –sin preguntas ni reparos- al abismo del terremoto en la Guatemala profunda. A mí –sin escoger- me tocó ir a descombrar y a sepultar por cientos, en y a Comalapa y Zaragoza, con una brigada de docentes y funcionarios de las facultades de CC. JJ. y SS (Derecho) y de CC. Económicas; centros donde enseñaba Lengua y Literatura; Filosofía y Metodología de la Investigación Científica.

Allá, allí fue –para mí- conocer el resplandor oscuro de la muerte en masa y del descombrar (apareciéndoseme la miseria absolutamente en cueros) al derribar las casucas y covachas montadas sobre el adobe asesino que, con su peso, mata sin preguntas y taja sin clemencia.

Y cuando ya no pudimos enterrar individualmente en su nicho a cada uno, ingresaron las palas mecánicas sobre tractores macizos y graves que cavaron inmensas huesas comunales. Pero aún hubo algo peor: antes de arroparlos en el inhumano hoyo, donde la nada se suma a la nada absoluta, teníamos que echarles gasolina e incendiarlos para que casi en cenizas –el esqueleto nada más si era posible- cupieran más y mejor las decenas y decenas de incógnitos, sin nombre y apellidos, autopsia ni cruz ni Dios que ¡ya había muerto en los brazos valientes de Nietzsche!

Cuarenticuatro años después torna a mí la congoja total. A mis muertos los lloré yo solo (padre, hermano, madre). Hoy no es lo mismo. Hoy es de nuevo en 2020 un dolor extenso y acaso sin límites (las situaciones límite de Jaspers) y un duelo que no acaba, un temor que espanta los sentidos colectivamente.

No me expongo -como sí que me expuse en el 76- de cara a la epidemia porque la tifoidea era la corona de la muerte. Hoy estoy en mi casa florecida de cipreses, de eucaliptos y de pinos. Protegido tras la edad –tras la tercera edad que incapacita- que me envuelve en el silencio bienhechor, muy raras veces interrumpido por el amigo que me llena de sonrisas. No me expongo, repito, como en el año aciago del 76. Pero, en cambio, sigo en permanente contacto con el tremendismo de Pascual Duarte, totalizador (lo de Pascual) en el planeta distante que nos contempla indiferente.

Gracias a los medios (sin contar a los repulsivos 3, 7 y 11) me sorprendo cada día ¡impresionable!, ofuscado entre los titulares de la Prensa impresa que cada mañana me visitan y me atacan –sin ambages- con su masacre ciega e ineluctable: “Pandemia se agrava, casi tres millones de empresas cerrarán en América Latina”. “Un millón 500 mil empleos se podrían perder en Guatemala en 2020”. “Analizan abrir fosa por colapso de cementerios”. Los tres, titulares de hoy 3.7.20. que me arrinconan en la impotencia.

Pasará el terror y el huracán de este “castigo” ciego. Pero su impronta tenaz y maldita será inmarcesible. Estoy seguro de ello. Y ¿Cómo no?

Diario La Hora
Visión: Realizar un trabajo periodístico que contribuya a la consolidación de la democracia en Guatemala, a partir del periodismo investigativo y de opinión.Misión: Ser un medio de comunicación imparcial, veraz y responsable, dirigido a líderes de opinión con incidencia en los círculos de pensamiento y en el ámbito político guatemalteco.
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