Víctor Muñoz
Escritor. Premio Nacional de Literatura.

La tarde que Gedeón se apareció por mi casa lucía triste, como flor a punto de marchitarse. Un vientecillo sospechosamente helado auguraba una probable lluvia, o llovizna en el mejor de los casos. Era una tarde que invitaba a la tristeza y a la melancolía. Hasta el loro de la vecindad, tan locuaz y bullanguero a esa hora todos los días, estaba silencioso. Quién sabe qué cosas pasaban por su mente en esos momentos, aunque estando pared de por medio yo no sabía si se había muerto o sencillamente no deseaba platicar. Rogué a Dios que fuera lo segundo.

No habiendo cosa mejor qué hacer, dirigí mis pasos hacia la puerta de la calle. No tenía algún plan u objetivo más que distraer mi mente viendo pasar a los transeúntes que a esa hora, y con ese tiempo tan triste, osaban caminar desafiando irresponsablemente la mala disposición del muy probable mal tiempo que se avecinaba y que podría afectarlos en su salud, los muy estúpidos; sin embargo la calle estaba casi desierta. Solo la Juana, la muchacha que hace el de adentro en la casa de los Ruiz, caminaba con pasos rápidos y cortos; amén de un par de bolitos que en cuanto me vieron se me dejaron venir, por lo que de inmediato preparé un par de monedas para entregárselas.

Y en esas estaba cuando se apareció Jorgito el samuray, el hijo de doña Sofi, que ostenta dicho mote debido a que toda la vida anda con la espada desenvainada, dispuesto a darle el sablazo a quien se le ponga enfrente. Siempre se aparece con alguna historia que culmina con el enorme problema por el que está atravesando para que uno le “preste” algún dinero. Y es bien sabido de que cuando cualquier hijo de vecino se le aparece a uno pidiéndole que le “preste” dinero, lo que en realidad está diciendo es que se lo regale. Yo, aparte de que me cae bien porque es muy respetuoso y es mi amigo desde cuando anduve de novio de su hermana hace ya tantísimos años, siempre le “presto” algo.

Además, me divierte mucho escuchar las casi siempre inverosímiles historias que me cuenta, y más aún cuando pone la cara seria y me dice que yo debí haberme quedado con su hermana porque la pobre se consiguió un marido desobligado y de feas costumbres. Le “presté” el dinero que me solicitó. Como siempre, me dio las gracias en forma muy efusiva y me prometió que en la primera oportunidad me lo devolvería. Y no habiendo nada más que hacer constar ni discutir nos despedimos, entonces decidí entrar a mi casa. Y en esas estaba cuando vi que por la esquina venía Gedeón. No me dio tiempo a esquivarlo, ya que apenas me divisó, se dejó venir directamente hacia mí. Indudablemente la tarde no auguraba nada bueno.

Qué tal vos, me dijo. Le respondí que bien, y por mera cortesía le pregunté qué andaba haciendo por estos lares. Fijate, me dijo, que vengo de ver a mi novia, aunque te debo hacer la previa aclaración de que ya no estoy muy seguro de que todavía lo sea. ¿Y eso?, quise saber. Pues fíjate, me respondió, que hará cosa de un mes la fui a ver, un sábado como a esta hora, y en vez de invitarme a que pasara adelante me dijo que la disculpara, pero que su mamá la había mandado a visitar a una tía y que mejor la llegara a visitar hasta el día siguiente. Estaba bien arregladita, como que se estuviera preparando para ir a alguna fiesta.

Yo me sentí un poco confundido porque había hecho planes para que fuéramos a dar una vuelta por ahí, y a comer un helado al Montúfar. Le dije que no tuviera pena y que mañana llegaría a visitarla. Y me fui, pero qué te parece que al día siguiente que llegué a verla salió su mamá y me dijo que no estaba porque había tenido una emergencia. Y nada más. Y yo me quedé muy confundido porque vos bien sabés que una de las cosas más horribles que hay es que uno no tenga nada que hacer las tardes de sábado y domingo, ¿verdad? El lunes la llamé pero no me respondió. Yo pensé que se le había descompuesto su teléfono, ya que durante toda la semana la estuve llamando y no pude comunicarme con ella.

El siguiente fin de semana fue lo mismo, no estaba en su casa porque según me salió a explicar su mamá, había salido a hacer unas compras. Y así los siguientes tres fines de semana. Te cuento que yo estaba de verdad muy intrigado y molesto porque eso no se hace. Imaginate nada más, nunca me respondía las llamadas, nunca estaba y yo no podía hablar con ella de ninguna manera; sin embargo, antier me encontré con el Óscar lunares, ¿te acordás de aquél, verdad?, y fue nada más verme para preguntarme por qué no había acompañado a mi novia al baile de la Facultad de Ingeniería.

Absolutamente extrañado le expliqué que ni siquiera me había enterado de que hubiera habido tal baile. Pues qué extraño, me dijo, porque ahí andaba tu novia. ¿Y eso cuándo fue?, le pregunté. Me dio la fecha, y justamente fue el sábado que la vi por última vez, que me dijo que su mamá la había mandado a visitar a la tía. Me puse muy triste, vos, y hasta entonces comprendí por qué no ha querido hablar conmigo. ¿Vos qué me aconsejás?

De inmediato pensé que era una verdadera lástima que ya no existiera una columna que salía en un periódico y que se llamaba: “Consultas a tía Tere”, y que se especializaba en dar consejos a la gente que estaba pasando por problemas amorosos. Durante un momento que quedé pensativo, cavilando en la situación tan verdaderamente jodida por la que estaba pasando el pobre Gedeón.

-¿Será que ya no me quiere, vos? -Su pregunta me sacó de mis reflexiones y casi sin pensarlo le dije que yo creía que ya no.

-¿Qué ya no qué, vos?

-Pues que ya no te quiere -le tuve que aclarar.

-¿Y ahora qué hago, vos?

-Pues conseguite otra novia.

-Sí, ¿verdad vos?, tenés razón, aunque le voy a dar otra oportunidad, la voy a ir a ver el sábado, y según lo que me diga, te cuento -y se fue.

Puedo aseverar, sin temor a equivocarme, que nadie en el mundo espera con tantas ansias la visita de Gedeón para saber en qué paró la cosa, aunque creo que lo más seguro es que no me va a traer muy buenas noticias. El pobre.

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