Gedeón y la dimensión de las cosas

Víctor Muñoz
Premio Nacional de Literatura

-Es inaudito lo que está ocurriendo aquí -le dije a Gedeón, justamente indignado.

-¿Qué cosa? -quiso saber.

-¿Qué te parece –continué yo– que a mi sobrina la visitó en su negocio un individuo que, según ella, andará por los veinticinco años; de mediana estatura, correctamente vestido, que luego de saludarla muy comedidamente le pidió hablar en privado de un asunto sumamente importante. Ella le dijo que estaba bien y lo pasó a su oficina. Una vez estando ahí, el individuo le entregó una tarjetita en donde aparecía anotado un número telefónico; luego comenzó a explicarle, en forma muy seria y profesional, que él se dedicaba a hacer trabajos especiales; en concreto, a eliminar físicamente a cualquier persona. Que cobraba tres mil quetzales por hacer dicho tipo de trabajos y le recomendó guardar la tarjetita, ya que, si no le servía en ese momento, quizá más adelante le podría ser útil. Acto seguido se levantó, se despidió de ella en forma muy cortés, y se retiró. A mi pobre sobrina le sobrevino una crisis nerviosa que le duró tres días y hasta entonces pudo comentarme lo que te estoy contando. ¿Qué te parece?

-Bárbaro el tipo, ¿verdad vos? –me respondió.

-Dejemos eso –le dije–, es que no sé si te das cuenta de que estamos llegando a los últimos extremos del desprecio por las cosas fundamentales de la convivencia humana. Ahora ya la vida tiene un precio ínfimo. No, vos, definitivamente la gente está perdiendo la dimensión de las cosas. Los valores, el respeto, la concordia, la tolerancia y las normas usuales de conducta se están yendo directo al cesto de la basura.

-Sí, vos, tenés razón –me dijo– la gente como que ya no agarra la onda. Eso que me estás contando es un abuso, y tal como muy bien decís, es perder la dimensión del valor de las cosas porque yo tengo un cuate que le puedo conectar a tu sobrina; un carnal que por doscientos quetzales va y mata a quien ella quiera.

-Ah, bueno –le respondí. Y decidí ya no seguir con el tema, no fuera a ser que saliera con que también conocía a otro individuo que hacía tales labores por nada.