Primera parte

¿Filosofía en el Paleolítico?

José Manuel Fajardo Salinas
Académico e investigador UNAH

Es un acuerdo común en la mayoría de los libros de historia de la filosofía de Occidente, aceptar que esta forma de reflexión humana comenzó en Grecia allá por el siglo V antes de Cristo. Imaginar que hubo algo que pudiéramos llamar filosofía en la era del Paleolítico (desde 2,85 millones de años hasta hace más o menos unos 12,000 años) parece una aberración histórica o una broma. Sin embargo, va a depender de nuestra acepción del término filosofía lo que determinará encontrar algún sentido válido a la cuestión que titula este artículo.

Recordando una interesante conferencia brindada por Enrique Dussel en el contexto del III Congreso de Filosofía de Centroamérica (Guatemala, noviembre de 2012), podemos ampliar o afinar nuestra comprensión del término filosofía siguiendo algunas tesis del autor mencionado. Iniciaba el Dr. Dussel oponiéndose a la clásica distinción entre mito y filosofía, donde se concibe a lo primero como algo irracional, con un perfil simbólico y con carácter particular, en tanto que la filosofía sería una forma de saber racional, estrictamente lógica y de amplitud universal; contrario a esto, el maestro cataloga al mito como un relato racional en base a signos o símbolos.
Así pues el mito no sería de ningún modo algo irracional, y más bien es polisémico (con muchos sentidos). Fue Friedrich Schleiermacher quien acuñó el término hermenéutica para pensar en un método específico que nos permitiera penetrar racionalmente el significado de estos símbolos. De tal manera que, si un filósofo toma un texto de tipo literario, simbólico, poético, etc. y le aplica el método racional-hermenéutico, el resultado de este análisis es un fruto filosófico, pues desentraña el significado semántico de este símbolo. De este modo, estamos llamados a hacer relecturas de los mitos para deducir sus profundos alcances.

Paul Ricoeur, por ejemplo, analizó en su obra La simbólica del mal (1971), por una parte, el mito griego de Prometeo; y por otra, el mito judío de Adán y Eva, y mostró para ambos su racionalidad y su función fundante para civilizaciones y culturas tan distintas. Franz Hinkelammert en su obra Crítica de la razón mítica analiza las Ciencias Sociales, en particular a la Economía, y explora ciertos mitos modernos, por ejemplo, el mito del “progreso”, que como vemos en nuestro caótico mundo contemporáneo no soporta la comprobación empírica ni racional, sin embargo, subyace como telón de fondo en el avance de la modernidad, como paradigma sustentado en lo científico-tecnológico. Es decir, el mundo puede estar cayéndose a pedazos por el desequilibrio ecológico provocado por el ser humano moderno… pero en tanto yo tenga el último modelo de GALAXY S20, las cosas no pueden estar tan mal, de cualquier modo, estamos “progresando”. Juan Jacobo Rousseau en una conferencia de 1754 dio una respuesta clara a la pregunta: ¿Hace avanzar a la moral las ciencias y la técnica? La respuesta fue un tajante no; y su respuesta brilló como comienzo del pensamiento crítico en Europa.

La ciencia por definición es la pretensión de verdad a través de teorías sustentadas en pruebas empíricas. Y ahí cabe la pregunta: ¿qué es la verdad? La misma ciencia responde diciendo algo evidente: las cosas reales se actualizan en el cerebro (que cuenta con 80,000 millones de neuronas, donde cada neurona establece 200,000 conexiones interneuronales para esta labor). Cada vez que el cerebro “piensa” un objeto lo actualiza, lo construye neuronalmente, y esa es la verdad, pues permite manejar lo real. Este es el nivel en que se mueve la ciencia: como una explicación de las cosas reales para la sobrevivencia ordinaria. Ello es de un valor inmenso, pero también tiene un límite inmenso. En la actualidad vemos como la ciencia y la técnica llevada a sus extremos son capaces de producir la extinción de la vida en la tierra –fue algo que no supieron ver Bacon, Galileo, Newton–.

Ahora bien, ¿qué es la verdad en filosofía? ¿Es lo mismo que en su forma científica? El filósofo alemán Gottlob Frege desarrolla dos conceptos que ayudan a clarificar esto: significación y sentido. La ciencia se maneja a nivel de significado; para ella, el significado es la verdad. En cambio, el sentido es otra cosa. Martin Heidegger en su obra Ser y Tiempo afirma que habitamos personalmente en “un mundo” (mi casa, mi familia, mi espacio de trabajo, etc.), pero esta no es la totalidad de la realidad, es sólo la totalidad de mi experiencia. Esta experiencia almacenada en mi memoria me permite darle sentido a las cosas que veo o encuentro en cuanto las relaciono inteligentemente con lo demás, diferenciando unas de las otras. Así, el significado es lo que semánticamente descubro para manejarme a nivel de experiencia próxima, pero el sentido indica el lugar adecuado que le doy a las cosas dentro de mi mundo, dentro de mi realidad personal.

Aristóteles dice en la Metafísica que el filósofo es el filo-mitos, o sea el que ama el mito, y ello porque ama el sentido que guarda el misterio de lo real (explica lo que no tiene explicación). Por tanto, los mitos nos hablan del sentido, en tanto que la ciencia nos habla de la verdad relacional en el límite de lo empírico real. Por tanto, la filosofía no es lo mismo que la ciencia, aunque lo haya pretendido el mismo Edmund Husserl (que escribió La filosofía como ciencia estricta). Esta tentativa es una fetichización de la ciencia y un abuso epistemológico, en cuanto se busca medir a la filosofía bajo este parámetro tan limitado. La filosofía no es más ni es menos que la ciencia. La filosofía sencillamente es la que ordena los sentidos de las cosas, en tanto que la ciencia es la que trabaja en descubrir para el mejor manejo de la realidad. Husserl también pensó que la filosofía empezó en Grecia y que los demás pueblos no tenían filosofía. Gran error histórico fruto de la ignorancia del eurocentrismo. De hecho, los mismos griegos reconocían que sus antecedentes venían de Egipto. Textos de China, India, Mesopotamia, muestran desarrollos filosóficos previos a Grecia.

Históricamente esta visión viene del siglo XVI, cuando la cultura europea, sobre todo en su perfil de dominio militar, político y económico fundó un mundo colonial. Los pueblos amerindios fueron los primeros en vivirlo como invasión (no como “descubrimiento”) desde 1492, experimentaron un capitalismo colonial que impactó a todo el mundo, incluso a los árabes, a los bantú de África, como también a China que logró resistir hasta finales del siglo XVIII. Hubo entonces un apagamiento de todas las filosofías tradicionales y quedó sólo la europea. De ahí que es en base a su desarrollo que se pretende medir los otros pensamientos filosóficos.

Lévi-Strauss, antropólogo francés, estuvo en Brasil con los aborígenes tupinambás y redactó volúmenes enteros con los mitos a través de los cuales ellos se explicaban los distintos momentos de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, y los fenómenos humanos conexos como la pasión, el amor, el poder… –fue en base a estas observaciones que desarrolló la corriente filosófica denominada estructuralismo–. Esta referencia es ilustrativa para afirmar que lo que ordena con sentido es la sabiduría. No es lo mismo conocer científicamente que saber; saber es “saber ordenar”. Un tupinambá es un sabio en comparación a un habitante de New York, que usa su computadora sin saber el sentido de su existencia, de su matrimonio, de su paternidad, de su vida en general, simplemente porque jamás se lo ha planteado. En definitiva, es un enano en cuanto al sentido del vivir humanamente.

Así pues, ha habido muchos frutos en la vida de las civilizaciones, pero con distintos niveles de verdad, distintos niveles de desarrollo científico-tecnológico y cultural. Por tanto, puede haber grados pequeños de desarrollo tecnológico, pero con explicaciones de sentido adecuadas, lo que representa una vida auténticamente humana. Edgar Morin, ha hecho estudios de la época paleolítica y describe cómo la organización del trabajo en ese momento cultural logró ser tan favorable, que permitió dedicar tiempo amplio a festividades cúlticas, creación artística, narraciones comunitarias, etc., lo que era una vida humana enormemente desarrollada desde lo cultural, lo espiritual, lo estético… o sea, un desarrollo paulatino en lo tecnológico, pero un nivel supremo de celebración de lo humano.

Vemos entonces que la pregunta inicial del título puede tener lógica y sentido. Dejamos para un segundo momento de este artículo otras consideraciones pertinentes. Entretanto, que quede en la mente del lector la pregunta: ¿preferiría seguir como hoy, con ocho horas diarias de trabajo (cuando no más con el fenómeno de pluriempleo), gozando de todas las ventajas de la tecnología moderna: televisión, teléfono celular, internet, etc., o cambiaría las satisfacciones de todos estos avances modernos por una vida más apacible y sosegada, donde pudiera celebrar en el espacio familiar y social los momentos importantes—y también los menos importantes—de lo cotidiano? Esta es la cuestión.