Segunda parte

¿Filosofía en el Paleolítico?

José Manuel Fajardo Salinas

Académico e investigador UNAH

En la primera parte de este artículo se hacía una reseña de las ideas expresadas por el Dr. Enrique Dussel en el marco del III Congreso Centroamericano de Filosofía, revisando su ponencia del Día Mundial de la Filosofía (15 de noviembre del 2012), celebrada en el Aula Magna Iglú de la Universidad San Carlos de Guatemala.

Se afirmaba entonces que, la filosofía no es equivalente a lo que se nombra como ciencia. Sus saberes son diferentes. Filosofía es un conocimiento tendiente a saber ordenar, saber dar orientación apropiada a la realidad… todo ello para vivir humanamente. Su misión es ante todo dar sentido a las distintas dimensiones de la vida humana, tanto a la vida económica, política, social, militar, etc., como a las distintas configuraciones culturales en que estas dimensiones se articulan, para ofrecer el variopinto multiverso de formas de humanidad.

Se decía también que si bien algunas civilizaciones humanas habían tenido un paulatino desarrollo en la dimensión científico-tecnológica, sus avances en la dimensión cultural y filosófica eran enormes (ello a través de sus narraciones mitológicas, que no por ser mitológicas eran irracionales, sino al contrario sólidamente racionales a través del lenguaje de los símbolos). En cambio, ha habido otras civilizaciones que desarrollan mucho en lo científico-tecnológico, pero se quedan cortas en lo demás. Un ejemplo simpático lo podemos imaginar pensando en un agente ubicado en el Pentágono, lugar donde “se piensa” y planifica un 21 % del presupuesto mundial con fines y objetivos bélicos. Si se le pregunta a este agente gubernamental estadounidense para qué se gasta tanto dinero en la guerra, él podrá responder diciendo: “Para llevar el estilo de vida americano a todo el mundo”. Y si luego le preguntamos al mismo agente: “¿Y Usted le ha preguntado al resto del mundo si quieren llevar el estilo de vida americano?” …, seguramente, y en honor a la verdad, el pobre burócrata sólo podrá darnos un no por respuesta.

ilosofía no es filo-episteme, amor al conocimiento científico, sino que es filo-sofía, amor a la sabiduría, o sea a saber dar sentido. Y esto es algo superior… Algo para lo cual el agente gubernamental del ejemplo anterior se queda corto, ya que sus patrones de razonamiento se establecen y acotan en el límite de lo tecnológico aplicativo, específicamente dentro de lo táctico-estratégico militar.

Hoy por hoy, todas las propuestas filosóficas deberían dialogar (tentativa desarrollada en los Congresos de Filosofía Intercultural celebrados cada dos años desde 1995) y compartir sus tradiciones de sentido. Con la primera que debería dialogarse es con la filosofía moderna occidental, pues es la que ha acompañado el desarrollo de la civilización moderna. Y hay que recordar que esta filosofía tiene sus propios mitos. Así, en Kant, por ejemplo, en la segunda parte de la Crítica de la Razón Práctica, donde dice que la felicidad es la coincidencia de la virtud con el deber. Pero como en esta vida es difícil que esto se cumpla, a él se le ocurrió que ello se puede cumplir en la otra vida. Para esto, Kant debía demostrar la existencia del alma, además de la existencia de la inmortalidad ¿¡puede pensarse en algo más mítico que la inmortalidad!? Además, ello iba adosado a la idea de un Dios que pagará en la otra vida lo que no se logró saldar al alma en esta… o sea, se ingresa al tema de Dios que es la figura más extremadamente mitológica que la mente humana ha sido capaz de concebir. ¿Y por qué decir todo esto en relación a Kant? Pues por ser él, el gran filósofo racionalista de la modernidad.

¿Cómo funciona esto a nivel religioso? El cristianismo piensa en la resurrección como una forma de sentido para la muerte. En la vida cotidiana, ante un fallecimiento el médico dice: “el paciente ha muerto”, y nada más; el moribundo antes del hecho se despide de su esposa diciendo: “ahí nos vemos…” y le da un sentido al momento en la forma de despedida. Así, según el grado de verdad, se va construyendo un horizonte de sentido… incluso para la muerte, como fenómeno límite de lo humano. Para el médico, que sólo sabe decir que el paciente ha muerto, es posible que haya una clara certeza de lo que afirma, pero es posible también que en esta simple afirmación haya una disminución del sentido en cuanto no puede decir nada de lo que acontece luego de la muerte, cosa que sí vislumbra el que muere despidiéndose.

Más allá del mundo de las grandes religiones o civilizaciones, piénsese en la India o la China, la más pequeña tribu que tenga un chamán o alguien que explique el sentido de la vida… puede considerar a este un sabio, pues es el sustento de las tradiciones de su pueblo y le da sentido a las experiencias que ellos pueden desarrollar en su vida cotidiana. Y este hombre ama la sabiduría, ama ordenar las cosas prácticas y teóricas, es un filósofo. Así el concepto de filósofo es extensible no sólo a los griegos, los hindúes, los chinos, los amautas, los aztecas, las tribus esquimales… La filosofía es la que organiza el saber humano y ello tiene profundo sentido ético, político, social y existencial. Claro, más preciso, más consistente, más argumentativo, más racional a medida que los instrumentos conceptuales de la civilización van creciendo.

Con razón podemos afirmar en este sentido que siempre hubo filosofía latinoamericana y también, a propósito del famoso 13 Baktun (21 de diciembre del año 2011), filosofía maya. Y esta filosofía es de hecho prestigiosa, ya que conforma una de las seis grandes columnas de la historia universal: Egipto y la Mesopotamia, La India, China, los Incas y Mesoamérica. La filosofía maya aparece con sustento empírico, desde sus observaciones astronómicas, los avances en matemática (el descubrimiento del número 0), impresiona con su precisión en la datación histórica, todo ello a nivel de lo que será luego la ciencia empírica tal como la conocemos hoy. Esa cultura creció y se mezcló con la tradición que vino de Europa; por tanto, en América Latina tenemos frutos de la hibridez colonial en lugares como México, Guatemala, Bolivia, Perú, Colombia (los cinco países con las mayores poblaciones indígenas del área) donde se asentaban las culturas amerindias que vivieron este proceso.

Filosofía existe en todas las culturas, pero no tiene una definición unívoca, tiene una definición análoga, actúa por semejanza y por distinción analógica. Son distintas en las formas y maneras de cómo se organizan. Y cada una puede aprender de la otra, porque hay algunas mucho más desarrolladas, pero ninguna puede decir “yo soy perfecta”. Así cada tradición filosófica puede aprender de otra con diferente grado de desarrollo –e incluso puede tener un aspecto mucho mejor desarrollado que aquella que podría parecer más deslumbrante por sus avances en lo científico tecnológico-. Un ejemplo patente a nivel ecológico: la filosofía moderna fue ciega en cuanto a la fragilidad y vulnerabilidad de la vida en la Tierra. Se creyó que la Tierra era infinita, que se podía producir lo que se quisiera, usar los instrumentos que fueran necesarios para usufructuarla infinitamente, y que ella iba a dar para siempre. Y no, la Tierra es vulnerable, y es frágil. Esto sí lo sabían las grandes filosofías de los pueblos ancestrales americanos, que fueron completamente armónicos con la naturaleza y que si destruían parte de una selva, cambiaban de lugar para que ella se repusiera; por ejemplo los tupí-guaraní de América del Sur, que en sus mitos sueñan con una “tierra sin mal”.

Esta idea es una utopía, o sea el sueño de una tierra que no se tuviera que renovar… pero era un mito que guiaba su accionar y les hacía profundamente ecológicos, y procedían en consecuencia, cuidando a la madre tierra y no la violentaban más allá de su capacidad. Aquí es elocuente pensar que una tribu indígena tupí-guaraní podría darle lecciones de sabiduría a la nación más poderosa del mundo, que nunca ratificó el Protocolo de Kioto (1997)—y que se retiró en el año 2017 del Acuerdo de París (adoptado en el 2015)—demostrando con ello su pobre sentido de lo que es vivir humanamente al negarse a cuidar de la casa común.

Y para concluir estas reflexiones, es adecuado revisar la pregunta planteada al final de la primera parte de este artículo, trabajado en dos entregas: ¿seríamos capaces de cambiar nuestro estilo de vida moderno con todos sus adelantos tecnológicos y retornar de algún modo a la dinámica de la vida ordinaria de la era paleolítica, es decir, con reducción de apuros laborales y más tiempo para disfrutar la vida en familia, la recreación saludable con los amigos, la práctica en común del culto o la celebración espiritual que más nos deleite, y nos reponga, para un compromiso ético en lo personal y lo socio-político? Dicho en otras palabras: ¿seremos capaces de vivir con una saludable filosofía las décadas venideras? La historia es imprevisible y sorpresiva. Es probable que algún evento o hecho de alcance universal nos haga reflexionar y nos enseñe a detener la marcha acelerada incitada por el mito del progreso moderno, para darnos una pausa, y meditar juntos sobre cómo convivir más humanamente. Esa es nuestra esperanza. (Vale aclarar que este último párrafo, así como la mayoría de los argumentos vertidos en las dos partes del artículo que aquí concluye, fueron escritos poco tiempo después del Congreso de Filosofía mencionado—año 2012—así que la actual pandemia podría ser el evento mundial que en aquel momento se insinuó imaginativamente; faltará ver si ofrece en la conciencia humana global los frutos de esperanza anhelados).

Diario La Hora
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