Fernando Carr Parúas

Juan Antonio Canel Cabrera
Escritor

La última vez que vi a Fernando Carr Parúas fue el 29 de diciembre de 2014. Ese día subimos a la terraza de su casa, ubicada en la Av. Salvador Allende No. 614, entre calles Oquendo y Marqués González, en La Habana, Cuba; desde allí me mostró una panorámica de la Habana impresionante; mientras, me señalaba algunos barrios o sectores y me contaba sus historias; hablaba de los personajes que los habitaron y siempre sabía insertar anécdotas pintorescas o graciosas.

Al bajar de la terraza, a eso del mediodía, al mirarnos a los ojos, sin que mediara palabra, entendimos lo que nos quisimos decir: vamos a tomar una cerveza. Bajamos del edificio y frente al Centro Comercial Carlos III subimos a la guagua que nos llevaría, supuestamente, a nuestro destino cervecero. Pero al bajar, se nos atravesó una librería y luego otra. Hasta que fuimos a parar a una que queda atrás de la Universidad de La Habana.

—Vas a entrar a una librería que tiene cara modesta… pero ya verás —me dijo.

Entramos. Lo primero que vi fue una cara hosca y amargada que asomó detrás de un escritorio. No había observado la presencia de Fernando. Luego de preguntarme y escuchar mi respuesta con acento extranjero, su hosquedad se multiplicó. No obstante, al percatarse de la presencia de Fernando, le cambió un poco; su cara, en lugar de permanecer como una roca cambió un poco a piedra pómez.

—Don Fernando —le dijo respetuosamente.

Luego de saludarlo con un apretón de manos, agregó:

—Está en su casa, siéntase en confianza.

Después de ese abreviado ritual, dio la vuelta y se volvió a meter fuera de nuestra vista. Entonces, Fernando, conocedor a fondo de ese changarro, me sirvió de guía y mostró unas joyas de libros que compré y todavía guardo con aprecio; libros que jamás soñé encontrar en Guatemala y a precios tan baratos. Hoy, al ver esas joyas, agradezco la guía oportuna que Fernando me dio en los recorridos por las librerías. En febrero de este 2020 me dirigí a esa misma librería pero, con tristeza, vi que ya no existe. Sentí que el rostro y la mano fantasmal de Fernando se agitaba y me decía: «por suerte hay muchas librerías más en La Habana».

Fernando fue una persona de erudición increíble. En las oportunidades que tuve de visitarlo en Cuba, pasé muchas horas disfrutando de su sabiduría y amena plática; de su humor y anecdotario sin fin. Conocí su biblioteca y quedé asombrado, sobre todo, por la escandalosa cantidad de diccionarios que poseía, además de enciclopedias, y muchísimos libros de la más variada índole. Pensé en si le serían necesarios, porque era un hombre que a cualquier pregunta, por sencilla que fuese, sin tener que consultar, siempre tenía una respuesta erudita que la poblaba con citas bibliográficas, hemerográficas o de conocimientos ancestrales recogidos en la voz del pueblo. Su memoria asombrosa se lo permitía. Por eso disfrutaba viajar en guagua y mezclarse en lo popular: por todo lo que aprendía.

En su libro Cosas jocosas en poesía y prosa de la vida de José Z. Tallet, transcribe las palabras de José Zacarías Tallet; él también las hizo suyas, respecto a la naturaleza informativa de las guaguas: «Las guaguas han sido siempre objeto de chistes, bromas, dichos o hasta cánticos populares, y el guagüero no se escapa». Para Fernando, las guaguas fueron una oportunidad de palpar el sentir popular. Eso también me hace recordar al gran poeta guatemalteco, Enrique Juárez Toledo, que confirma lo dicho por Fernando, cuando una vez, emocionado, me dijo:

»—Fíjese Canel que me anda revoloteando en la cabeza algo que escuché en la camioneta cuando venía hacia acá.

»—¿De qué se trata, Quique?

»—En el asiento de adelante venían dos mujeres conversando de muchas cosas de su cotidianidad; de repente, una de ellas preguntó: «¿Cómo hace usted para saber qué clase y color de hilo debe usar, doña Catía?» La otra, muy segura de sí, le dijo: «muy sencillo: la tela habla».

»—¿Se da cuenta Juan Antonio, ¡la tela habla!? Uff, toda la rotundidad de esa respuesta.

»—¡Es poética!

»—Sí; es la poesía popular que nos nutre».1

A Fernando lo conocí de la manera más casual. En junio de 1997 yo trabajaba en la Revista Tinamit. El proceso de reinicio de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Guatemala había comenzado, aunque aún tardaría unos meses en consolidarse. Sin embargo, los vuelos de Aviateca hacia ese país se iniciaron en ese junio. Otto Morán, gerente de la Tinamit, me propuso que fuera a hacer unos reportajes a la isla y yo, encantado, acepté el viaje.

En una de esas tardes calurosas de la Habana, luego de haber trabajado, fui a un restaurante con la intención de tomar un par de cervezas. Bebiendo una deliciosa Cristal estaba cuando Fernando me dijo si podía sentarse conmigo, en vista que ya no había otro lugar. Un poco a regañadientes acepté porque, a pesar de su sonrisa, tenía cara de vasco gruñón.

Al nomás intercambiar las primeras palabras sentí una empatía con él que, luego, nos hizo cruzar una artillería cervecera que, si no hubiese sido porque al día siguiente ambos debíamos trabajar, hubiésemos seguido hasta que el lugar cerrara. En ese viaje nos vimos un par de veces más. Luego, comenzamos una correspondencia que concluyó hasta que al correo guatemalteco la corrupción lo hizo cerrar.

Cuando se dio el encuentro fortuito con Fernando, jamás imaginé lo mucho que aprendería de él ni lo cuantioso que una amistad genuina le puede dar al espíritu.

Fernando Car Parúas trabajó 36 años en el Instituto Cubano del Libro; además, laboró en otras importantes editoriales cubanas. Fue maestro de una gran cantidad de editores y técnicos del libro. Además de haber obtenido el importante Premio Nacional de Edición 2009, obtuvo otras como la Distinción “Raúl Gómez García”, 1992; Distinción “Por la Cultura Nacional”, 1997. Le fue otorgada la Condición de “Mambí Sureño”, de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Cienfuegos, 2010.

Tengo sus más importantes libros autografiados, a los cuales acudo a consultarlos o a disfrutar de su sabiduría y prosa amena. Siempre al abrir alguno, lo primero que aparece es esa sensación de advertir su sonrisa y su palabra grave.

Son libros destacados en su amplia bibliografía: Diccionario de términos de escritura dudosa. Coautora: Moralinda del Valle Fonseca, Editorial de Ciencias Sociales, 2000, que alcanzó hasta ahora cinco ediciones corregidas y aumentadas. Disquisiciones sobre temas editoriales y del idioma, Editorial de Ciencias Sociales, 2004, Cosas jocosas en poesía y prosa de la vida de José Z. Tallet. Editorial Letras Cubanas, 2007, El Libro primero de los gazapos, Editorial Ciencias Sociales, 2010, El Libro segundo de los gazapos, Editorial Ciencias Sociales, 2012, El Libro tercero de los gazapos, Editorial Ciencias Sociales, 2012 y el Diccionario de cualidades, defectos y otros males del cubano, Editorial Oriente, 2014.

Quizá lo que popularizó más su trabajo fue la sección semanal “Gazapos” que mantenía en la Revista Bohemia, de Cuba, que heredó de su maestro y amigo José Zacarías Tallet, desde 1987 hasta su muerte. Como ejemplo de su generosidad, siempre contestaba a sus lectores sobre las dudas o preguntas que le hacían; acá un ejemplo de la riqueza de sus respuestas:

«Contesto a dos lectores: Carlos Enrique Fernández, de Güines, y Alfredo Bofill, de Manzanillo:

»La voz AMPANGA es un cubanismo muy conocido que se ha empleado en nuestro país en frases de connotación totalmente opuestas. En las primeras décadas del siglo XX se empleaba VENIR DE AMPANGA para denotar ‘persona tonta, estúpida’; por ejemplo, si alguien pensaba timar a uno, se le contestaba: “No me haga cuentos, ¡usted cree que yo vengo de Ampanga!”; también quedó registrada la frase NO VENIR DE AMPANGA, esto es, “no ser tonto, estúpido”; por ejemplo: “Usted no me engaña, pues yo no he venido de Ampanga”. Según don Fernando Ortiz, la voz AMPANGA debió ser la traducción hecha por los esclavos congoleños al castellano, del nombre de la capital de un antiguo reino del Congo.

»Pero hoy —y desde hace tiempo— AMPANGA se usa en la frase Ser de Ampanga no con el significado antes expresado, sino todo lo contrario, o sea, ‘ser un canalla’. Argelio Santiesteban, en su libro El habla popular cubana de hoy, ofrece algunas frases equivalentes, tales como: SER DE ARGOLLA, SER DE MADRE, SER DE YUCA Y ÑAME… aunque hay otras más, pero a lo mejor la Dirección de la revista (y ahora la editorial) no me las dejarían publicar».2

Así, pues, con sencillez, pero con erudición, Fernando ejerció su magisterio.

Además, en otras revistas y periódicos mantuvo columnas fijas sobre temas del idioma. Su fervor por la «buena edición de los libros» quedó manifiesta en la siguiente frase: «Cada vez que sale un libro deficiente a uno le duele».

Tres días después del 29 de diciembre de 2014 debí regresar a Guatemala. Me dijo padecer ciertos quebrantos de salud, que no noté; no obstante, añadió que estaba con un buen tratamiento.

Fernando solo hasta el final aceptó, con renuencia, comunicarse por internet. El correo en Guatemala colapsó y eso dificultó nuestra comunicación a partir de 2016.

El 20 de julio de 2018, luego de algunos meses sin comunicarnos, me alegré cuando vi que había llegado un correo suyo. Abrí con entusiasmo para ver las noticias, pero me topé con este mensaje:

«Estimado Canel:

»Te comunico que Fernando falleció el pasado 28 de junio, de cáncer de pulmón. No te había escrito antes porque no he tenido ni tengo deseos de nada, pero ya hoy decidí que tenía el deber de decirlo a los amigos que aún no lo saben.

»Un abrazo,

»Mora

La anoticia de su muerte, pues, me llegó casi un mes después de ocurrida; me llenó de honda tristeza y desaliento.

Con Fernando, desde que nos conocimos en 1997, cultivamos una amistad de la cual yo fui el mayor beneficiario, sin duda. Por eso: a dos años de tu muerte, celebro haberte conocido, maestro. Recibí mi abrazo de gratitud por haberme beneficiado de tu sabiduría, tu magisterio y tu amistad.

PRESENTACIÓN

El ejercicio de la memoria cumple diversas funciones en los seres humanos.  En primer lugar se constituye en una forma que, aunque en ocasiones disfruta lo episódico, su fin propio es la justicia.  Es un ajuste de cuentas, el anhelo de reelaboración de las experiencias para situarlas donde corresponde.  Pero no solo eso.

La invención de los recuerdos, aderezados a la carta según la conveniencia de nuestras emociones, realiza a su vez una crítica indulgente cuyo efecto quizá sea la paz del espíritu.  Es un análisis “sui generis” por el que damos sentido a lo ocurrido para justificar nuestra finitud tan llena de baches e imperfecciones.  Sí, es una operación dirían los teólogos, redentora.

El texto de Juan Antonio Canel en memoria del intelectual cubano, “Fernando Carr Parúas”, es un recuento salpicado de humanidad que evoca al escritor y al sabio.  Su relato, más allá del descubrimiento de amistad entrañable, apela a la vida virtuosa entregada al trabajo y el compromiso por una sociedad mejor.  El contenido es oportuno cuando todo parece perdido a causa de la corrupción generalizada en nuestro país.

A propósito de la justicia a la que nos hemos referido, el historiador Luis Antonio Rodríguez Torselli, repasa los 207 años de creación de la sociedad filarmónica guatemalteca dedicada al Corazón de Jesús.  Es el turno de revisar la historia musical de nuestro país y honrar a los artistas que desde su ejercicio profesional construyeron una sociedad con toques de refinamientos humanos.

1 Juan Antonio Canel Cabrera en Revista Códice No. 22, Septiembre de 2018, Pág. 20.

2 Fernando Carr Parúas, El libro tercero de los Gazapos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2012, Pág. 9.
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