Enrique Salanic y José, simbiosis y diversidad

Roberto M. Samayoa Ochoa
Masculinidades e inclusión social

Enrique camina como danzando sobre la 9ª. calle hasta la esquina donde acordamos encontrarnos en la sexta avenida. La escena me recuerda a la película José, interpretada por Enrique Salanic en uno de los tantos encuentros casuales que tiene el personaje y que terminan siendo encuentros sexuales. Un abrazo a tres cuartos, sendas palmadas en la espalda y a tomar un chocolate caliente. Enrique viene de participar como voluntario en una actividad de Colegios del Mundo Unido, en Peronia (Villa Nueva), programa del cual es exalumno ya que durante tres años estudió el bachillerato internacional en Vancouver, Canadá. Una beca que le cayó por azar del destino luego que había ganado otra similar para estudiar en la cabecera de Quetzaltenango y no en su natal Cantel.

Hace unos días a Enrique le fue denegada la visa para ingresar a Estados Unidos. Tenía previsto viajar para acompañar la promoción de la película José en Nueva York, Los Ángeles, Chicago y otras ciudades. Intentó dos veces obtener el permiso. “La primera vez esperé un montón, se llevaron mi pasaporte para adentro y la gente pasaba y pasaba…” finalmente le dijeron que no “porque no había razones suficientes por las que él quisiera volver a Guatemala”. Es inevitable pensar en lo que dice el sociólogo Javier Auyero: “Hacer esperar a la gente, pero sin desesperarla al máximo, es parte constitutiva del proceso de la dominación si se quiere entender estas dinámicas de la marginalidad urbana”. Enrique hace énfasis en cuál es la forma como te ven para darte la visa. La mirada te clasifica de acuerdo con un estereotipo.

Sin embargo, Enrique había vivido ya en Estados Unidos ya que durante cuatro años fue beneficiario de la Shelby Davis Scholarship y estudió Bioquímica y Psicología en el Westminster College en Fulton, Missouri. Siempre pensó que quería volver a Cantel, en Quetzaltenango. Quería volver por mi papá, por mi mamá, por mi familia, porque me gusta sentir el apoyo de todos y eso es algo que no sentía allá, dice. Sin embargo, no le molesta la negativa de la visa. “Hay que aceptar las cosas como vengan y dejar que todo fluya. Sé que voy a volver a Estados Unidos, pero no es ahora, ahora no convenía. Que no me hayan dado la visa tiene que ver con todo lo que está pasando en Estados Unidos, con los migrantes y las políticas migratorias”. Sin embargo, Enrique habla bien de sus amigos de su época de estudiante “personas cálidas, cariñosas” incluso hubo personas que hicieron muchas cosas ahora para que yo pudiera ir, pero no se logró, dice. Para Enrique más que la negativa de la visa es importante que la sociedad se dé cuenta por medio de la película que se sigue discriminando y se sigue matando por causa de la orientación sexual.

Una de las similitudes entre José y Enrique es el apego familiar. “Allá se extrañan de que uno viva con su familia y para nosotros es mejor vivir todos juntos porque así nos apoyamos”, dice Enrique, y mientras, recuerdo las escenas donde José es chantajeado emocionalmente por una madre religiosa que sabe que su hijo es gay, pero que se lo niega a sí misma y que soluciona todo ofreciéndole comida. José decide quedarse con su madre y no migrar con Luis (Manolo Herrera), desembocando en una historia de amor rota por la migración.

Pero Enrique interpreta la negativa de la visa también de otra manera. Mira al cielo como buscando la respuesta con los ojos: esto me ayuda a que no me crea tan famoso y a tener los pies en la tierra. No es para menos pensar en la fama de esta película cuya principal carta de presentación es haber ganado el Queer Lion en la 75 edición del Festival de Cine de Venecia. Se ha presentado en infinidad de festivales y ha recibido múltiples críticas: íntima, fuerte, “extraña mezcla de calma y brutalidad”, romántica pero alejada de los clichés. José llegó a Guatemala tras un año de buscarla, para la clausura del octavo festival La Otra Banqueta buscando retar a la audiencia de uno de los países más conservadores del continente, condición que había llevado en su momento a Li Cheng (director) y George F. Roberson (productor), a escoger el país para grabar la película luego de recorrer toda Latinoamérica.

Uno de los retos que plantea José es el no presentar el cliché turístico del país. Las escenas son tan barrocamente cotidianas y los ojos no saben si posarse en la maraña de cables o en las paredes a medio pintar y que se caen o en las luces de los buses o la infinidad de personas o en la tenue luz amarillenta de las calles. Los ladridos de los perros, las prédicas en los buses, los asaltos, el hablar entre los dientes, como callando, muestra una ciudad y un país sin más salida que ser resilientes cada día.

Mientras caminamos, Enrique pregunta por qué es famosa la sexta. Me dice que de día prefiere caminar por las otras avenidas porque están más vacías, pero de noche prefiere la sexta porque hay más luz y las otras son más oscuras y solitarias. El olor a orines de una de las calles aledañas confirma que es mejor volver a la sexta. Parece que vamos sin rumbo en la calle los que vienen de frente y nosotros. La gente camina sin verse. La sexta no es tan famosa.

¿Te has sentido discriminado? Depende, dice. En Estados Unidos afirma que sintió algún tipo de discriminación por ser guatemalteco. En Quetzaltenango ha sentido discriminación por ser maya k’iche’ y lo dice con asombro haciendo referencia a una élite comercial de Quetzaltenango. Pero también en Guatemala en donde en un par de ocasiones junto a unas amigas no las dejaron entrar a una discoteca por su atuendo. Pero hay también otro tipo de discriminación que vive en Cantel, “los evangélicos discriminan a quienes vivimos según la cosmovisión maya”. “Imagínate si supieran que soy gay y de la cosmovisión maya, me queman”, dice mientras ríe. Uno sabe cuando le dicen “no seas indio” solo como una expresión o cuando lo dicen con la intención de ofenderte, pero es parte de la ignorancia de la gente.

A Enrique le gusta actuar desde que era niño, por eso encontrar los cursos de teatro en Estados Unidos fue una señal y por eso ahora no se dedica a ser ni biólogo ni psicólogo. El primer largometraje en el cual participó es “Días de luz” una coproducción centroamericana. Posteriormente, un día, mientras cenaba en Cantel con su familia lo llamaron para que al siguiente día se presentara en ciudad Guatemala a las diez de la mañana para la audición de José. Llegó corriendo y justo cinco minutos antes. Se quedó con la película y con el personaje. Actualmente una de sus iniciativas es Ki’kotemal TV Tijob’al, (https://www.youtube.com/channel/UCeXW7xzXlprx4El6zJEkDdA), un canal de YouTube donde enseñan k’iche’ y mam. Yo estoy interesado en que las oportunidades que he tenido las tengan otros jóvenes, en que puedan tener su propia voz, dice.

Me siento inmerso en una de las escenas de José. Calles, ruido a tope, personas anónimas, luces, caos y de pronto un detalle, una luz, un silencio la intimidad que ofrece José en su fotografía, la sonrisa en la cual Enrique, con barba, se confunde con la de José, rasurado. Me despido de Enrique. Ahora sí es un abrazo de verdad, de frente, sostenido, sentido de esos que ponen a temblar a la masculinidad tradicional de dos tipos en una camioneta agrícola que nos ven y cuchichean.