Ellos y nosotros

Eduardo Blandón

ejblandon@gmail.com

Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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Eduardo Blandón

Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,

la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.
Rubén Darío. A Roosevelt.

Recién regreso de los Estados Unidos y el sentimiento que me provoca ese país es el mismo.  Por una parte, no dejo de maravillarme por sus dimensiones, la riqueza palpable en su geografía, el espíritu de trabajo de su gente.  Es una nación maravillosa con un universo de posibilidades para quienes deciden quedarse.  Cada vez más difícil, eso sí, según el contexto xenofóbico respirado en el ambiente.

Para los latinoamericanos, Miami parece ser el espacio ideal.  Un lugar hermoso, donde el español es hablado casi a lo largo y ancho de la ciudad.  Se puede comer la gastronomía propia del país de origen compartiendo con los amigos del barrio.  Es casi imposible no reunirse con conocidos, familiares o simplemente paisanos que han llegado a cuentagotas.

Con todo, también suele dejarme perplejo, la vida de derroche de los gringos asimilada por los nuestros.  Las casas con mucho de los electrónicos imaginables, varios vehículos, aire acondicionado, gimnasio y muchas comodidades que quizá algunos jamás soñaron tener.  Una existencia de consumo pleno, del “toma, úsalo y tíralo”, sin la menor idea del ahorro.

Estados Unidos, según lo que veo en mis visitas, es un país con poco sentido ecológico.  Tengo la impresión de que no les importa el tema o simplemente ni se han enterado.  Por eso, no me extraña que las políticas de Trump en materia del cuidado del ambiente, les cause indiferencia.  Los gringos no están dispuestos a pagar por programas que a corto plazo no les ofrezca bienestar.

Y ya hemos visto la forma en que se las arreglan.  El caso más paradigmático es el de enviarnos la basura a nuestros países, sacando utilidades (listos que son), hasta de sus desechos: llantas, vehículos de segunda mano, ropa vieja, plásticos y mucho más.  Para eso estamos nosotros, su patio trasero, para el reciclaje.  Aquí estamos, contaminando el ambiente gracias a las bondades del libre mercado y la caridad “su generis” de ese país.

Sin olvidar, por supuesto, el ánimo de lucro a través de inversiones en minerías.  Para eso somos un país vulnerable, sin leyes, con políticos venales y corrupción galopante.  Un Estado con una ciudadanía atomizada, a veces ignorante y muy distraída viendo las novelerías de Netflix, jugando con los electrónicos o simplemente descargando fotos en las redes sociales.  Así marcha el mundo, los Estados Unidos… y también nosotros en Guatemala.