El Señor Presidente o las transfiguraciones del deseo de Miguel (Cara de) Ángel Asturias

Tercera parte

Mario Roberto Morales
Miembro de número de la Academia Guatemalteca de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española

El tirano es, pues, la deidad máxima, es un dios de tiniebla para Cara de Ángel-Kukulkán. La metáfora es popolvúhica porque Asturias trabajaba entonces, entre 1922 y 1932, su propuesta mestiza; de aquí que ubique en el inconsciente ladino de Cara de Ángel la visión del Tohil-Presidente, ya que recién tomaba conciencia de que en el centro de su identidad y su cultura mestizas ocupaban un lugar fundamental las culturas indígena y precolombina, aunque fuera (ésta) como elemento reprimido que sólo puede formularse —siguiendo la poética surrealista y los principios psicoanalíticos— en las coordenadas de la fantasía y el sueño. Por eso, Cara de Ángel se constituye inconscientemente en el lado luminoso del Señor Presidente mediante una visión fantástica. Además, es sólo en la fantasía el espacio en que se puede construir el objeto de deseo y el sujeto deseador, por lo que, sin duda, siguiendo la lógica de la dialéctica amo-esclavo, el objeto de deseo de Cara de Ángel no es otro que el mismo Señor Presidente.1

Pero no sólo el Señor Presidente queda perfilado en este pasaje, sino también el pueblo bajo su dictadura, el cual se nos presenta metaforizado en las tribus que piden la luz a Tohil, aunque esa luz sea la luz de la tiniebla, pues ella equivale a que “nos degollemos todos para que siga viviendo la muerte”.2 El pueblo es, pues, un pueblo degradado que vive según los antivalores de su dios maligno. El Señor Presidente como dios oscuro y el pueblo como un conglomerado de seres condenados al mal por el mal, hacen del ámbito social y político de la dictadura un purgatorio en el que ese pueblo se expresa mediante los códigos mestizos que conforman su imaginario: el catolicismo retrógrado y las mitologías indígenas que se cuelan en las leyendas, consejas y relatos fantásticos que circulan en la tradición oral desde la Colonia. Según el criterio católico-popular, las almas del Purgatorio vagan por el mundo porque necesitan saldar cuentas en él antes de que se les permita entrar al Cielo; por eso, los vivos rezan por ellas, a cambio de lo cual estas almas protegen a quienes así proceden, en una interminable cadena de transacciones mágicas culturalmente meztizadas.3 El ámbito de la dictadura es, pues, un ámbito de purificación, de expiación. Por eso, la novela termina así:

El estudiante llegó a su casa, situada al final de una calle sin salida y, al abrir la puerta, cortada por las tosecitas de la servidumbre que se preparaba a responder la letanía, oyó la voz de su madre que llevaba el rosario:

—Por los agonizantes y caminantes… Porque reine la paz entre los Príncipes Cristianos… Por los que sufren persecución de justicia… Por los enemigos de la fe católica… Por las necesidades sin remedio de la Santa Iglesia y nuestras necesidades… Por las benditas ánimas del Santo Purgatorio…
Kirie eleison…” (300)

Esa calle sin salida —que es el ámbito más estrecho y esencial de la dictadura, del purgatorio—, constituye también el espacio en el que se suceden las interpenetraciones entre el Señor Presidente y Cara de Ángel, y entre éstos y el pueblo que aparece dando partes y denuncias al tirano, soportando sus vejámenes, celebrando las humillaciones que les causa y pidiendo más y más de su poder, en una orgía de identificaciones necrófilas.

Establecimos que el Señor Presidente es Quetzalcóatl, aunque en su aspecto negativo y oscuro (Tezcatlipoca), y que Cara de Ángel es su contraparte luminosa (Kukulkán). La mitología indígena estructura, entonces, este libro, haciéndolo —como querría Martin— una “novela quetzlcoatliana o kukulkánica, aunque la única alusión explícita a esto se encuentre en la citada visión de Cara de Ángel en el capítulo XXXVII. Tanto el elemento estructurador de la novela como el simbolismo de la visión de Cara de Ángel en este capítulo han sido interpretados de diversas maneras. 4 Pero si es cierto que el mito indígena estructura la historia, también lo sería que los personajes-deidades indígenas interactúan en un ámbito expiatorio católico y que de esa hibridación surge un pueblo que padece un mestizaje conflictivo con características culturales híbridas y diglósicas que quedan claramente expresadas en varios lugares de la narración. En este sentido, tanto el Señor Presidente como Cara de Ángel y el pueblo, son aspectos de una misma realidad reflejada de múltiples maneras en un juego de espejos que devuelven identidades distorsionadas a todos los reflejados, como le ocurre a otro personaje asturiano posterior, la trágica mulata Lida Sal.5 Ilustremos cómo opera este juego de espejos en el que, como veremos, el protagonista principal no es otro que el autor.

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Efectivamente, de este laberinto de espejos no sale indemne Asturias. Al contrario, él, como sujeto de deseo, es sin duda el personaje principal de la historia, toda vez que ésta se nos presenta como un microuniverso cuyo desarrollo es potenciado por la sucesión de una serie de transfiguraciones de la deidad Quetzalcóatl en El Señor Presidente, en Cara de Ángel y, como parte de este juego de dualidades interpenetrables, en su propio creador, quien así se postula como objeto-causa de su propio deseo: un sujeto con poder. Esto ocurre no sólo porque su condicionamiento vital tuvo que ver con la dictadura, con la interiorización del poder y con la identificación con el poder-persona del dictador,6 sino porque esta identificación se entroniza en él como inconfesable (y, por ello, reprimido) objeto de deseo,7 lo cual se evidencia en el operativo especular (el deseo “dividido” del que habla Lacan) que articula la novela que nos ocupa, en la cual queda clara la fascinación del autor por la figura del Señor Presidente, por su poder omnímodo y por las posibilidades redentoras de su contraparte positiva, Cara de Ángel. Sin embargo, la redención no ocurre en la historia; al contrario, ésta termina en el purgatorio como espacio vigente de expiación colectiva. Esto se debe a que si hubiese triunfado el “bien” sobre “el mal”, el lado luminoso sobre el oscuro, una polaridad sobre otra, el autor hubiese no sólo faltado a la verdad-realidad histórica que vivía (esto es lo de menos) sino, en el nivel íntimo de su deseo, se hubiese quedado sin el poder, sin la vigencia del objeto-causa de su deseo. Deseo que, al “dividirse”, se transfigura en el Señor Presidente, quien a su vez se transfigura en Miguel Cara de Ángel, quien a su vez se transfigura en Miguel (Cara de) Ángel Asturias como objeto de deseo final de sí mismo, de su carencia, del poder que no tenía y que por eso deseaba al reprimirlo como conciencia plena de su vergonzoso deseo. Así, en la fantasía, Cara de Ángel se constituye en contrapartida de Tohil, su respectivo objeto de deseo, y el Señor Presidente a su vez desea el objeto de deseo de su enemigo: el amor, personificado en Camila, que actúa como sustituto de Cara de Ángel para el Señor Presidente. En el acto escritural, es Asturias quien se constituye en el dios que maneja los hilos que mueven las manos del dios de la novela y en el juez del purgatorio, espacio el cual opta por dejar intacto al final para mantenerse como sujeto deseador, con su objeto de deseo felizmente no satisfecho. Asturias encarna así a su propio pueblo (ese que padece y desea el poder), con la diferencia de que nuestro autor ha sido capaz de distanciarse lo suficiente de su objeto de deseo como para poder mostrarlo tal como es: un vacío que sirve para seguir deseando. Esta continuidad de la capacidad deseadora hará que sus deseos se transfiguren en cualitativamente distintos en Mulata de tal. Mientras tanto, y como hecho histórico que ilustra la identificación del autor con el poder dictatorial, es bien sabida la historia de que no sólo trabajó para el diario oficial (El Liberal Progresista) durante la dictadura de Jorge Ubico (a lo largo de su estancia en Guatemala de 1933 a 1944), sino que en su propio radioperiódico siempre ofreció la versión oficial de la noticia, y que, además, formó parte de una Constituyente para prolongar el mandato del tirano; que salió al exilio cuando Federico Ponce Vaides (sustituto de Ubico después de derrocado éste y con quien Asturias siguió trabajando) fue echado del poder, y que no publicó El Señor Presidente sino hasta 1948 (aunque estaba terminada desde 1933) precisamente para no provocar la ira del dictador.8 ¿Identificación conflictiva con el poder que despreciaba? Bien puede ser.

El dios-Asturias se muestra a sí mismo inconscientemente identificado con, y conscientemente distanciado de, la figura del dictador en la respectiva actitud de dios que asume el Señor Presidente, la cual se ilustra claramente, por ejemplo, tanto en su decisión de ordenar darle —por haber cometido un nimio error involuntario—doscientos palos a un tinterillo a quien llama “ese animal” (37), como en su indiferencia absoluta cuando le notifican que el pobre tinterillo ha muerto porque no aguantó la paliza y, luego, cuando envía condolencias y dinero a la viuda “para que se ayude con los gastos del entierro” (40). Todopoderoso, el Presidente prodiga el mal y el bien como él lo juzga conveniente. Y el pueblo —objeto de sus dádivas—, al aceptar su Ley, se sorprende horrorizado de su auto-antropofagia:

“No era posible que lo fusilaran hombres así, gente con el mismo color de piel, con el mismo acento de voz, con la misma manera de ver, de oír, de acostarse, de levantarse, de amar, de lavarse la cara, de comer, de reír, de andar, con las mismas creencias y las mismas dudas…” (229).

Ese pueblo es el que se ha identificado con el “significante flotante” de la voluntad presidencial, el cual le da sentido al universo simbólico social hasta el extremo de la negación sistemática de la propia conciencia:

— Eso es lo que yo he creído —terció Cara de Ángel—; que don Juan no olvide que entre hermanos hay siempre lazos indestructibles…
— ¿Cómo don Miguel, cómo es eso?… ¿Yo cómplice?
— ¡Permítame!
—¡No crea usted! —hilvanó doña Judith con sus ojos bajos—. Todos los lazos se destruyen cuando median cuestiones de dinero; es triste que sea así, pero se ve todos los días; ¡el dinero no respeta sangre!
—¡Permítame!… Decía yo que entre hermanos hay lazos indestructibles, porque a pesar de las profundas diferencias que existían entre don Juan y el general, éste, viéndolo perdido y obligado a dejar el país, contó…
—¡Es un pícaro si me mezcló en sus crímenes! ¡Ah, la calumnia!…
—¡Pero si no se trata de nada de eso!
—¡Juan, Juan, deja que hable el señor!
—¡Contó con la ayuda de ustedes para que su hija no quedara abandonada y me encargó que hablara con ustedes para que aquí en su casa…!

Esta vez fue Cara de Ángel el que sintió que sus palabras caían en el vacío. Tuvo la impresión de hablar a personas que no entendían el español. Entre don Juan, panzudo y rasurado, y doña Judith, metida en la carretilla de mano de sus senos, cayeron sus palabras en el espejo para todos ausente (110, cursivas mías).

Notas
1 “…es en una identificación con el otro como vive toda la gama de reacciones de prestancia y de ostentación, de las que sus conductas revelan con evidencia la ambivalencia estructural, esclavo identificado con el déspota, actor con el espectador, seducido con el seductor. (…) Esta forma se cristalizará en efecto en la tensión conflictual interna del sujeto, que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro”. Lacan 106.

“… what the fantasy stages is not a scene in which our desire is fulfilled, fully satisfied, but on the contrary, a scene that realizes, stages, the desire as such. The fundamental point of psychoanalysis is that desire is not something given in advance, but something that has to be constructed — and it is precisely the role of fantasy to give the coordinates of the subject’s desire, to specify its object, to locate the position the subject assumes in it. It is only through fantasy that the subject is constituted as desiring: through fantasy we learn how to desire. Žižek, Looking 6.

2 “Los sufrimientos de la neurosis y de la psicosis son para nosotros la escuela de las pasiones del alma, del mismo modo que el fiel de la balanza psicoanalítica, cuando calculamos la inclinación de la amenaza sobre comunidades enteras, nos da el índice de amortización de las pasiones de la civitas. Lacan 92.
3 “De acuerdo con la idea popular, las almas que se purifican en el purgatorio pertenecen a la categoría de espíritus que tiene que ‘vagar por el mundo en busca de paz, porque Dios no los deja entrar al cielo, si antes no han saldado las cuentas que dejaron aquí en la tierra.’ (…) …las ánimas benditas se presentan como espíritus ‘blancos’, buenos, ‘que protegen de todo peligro a las personas que rezan por su redención todas las noches’”. Celso A. Lara Figueroa. Leyendas de aparecidos y ánimas en pena en Guatemala. Guatemala: Artemis, 1997: 1.
4 En efecto, hay otras interpretaciones acerca de la estructura de esta novela. Por ejemplo esta: “Para nosotros la estructura de fondo de El Señor Presidente está dada por la inversión del valor de los signos éticos codificados en el mito de la Caída del Ángel. La novela simplemente subvierte los términos (subversión de un falso orden cristiano: la cristiandad maniquea). Términos míticos que la misma historia de su país ha invertido. Miguel Cara de Ángel, el favorito, comete un acto de soberbia y desobediencia contra el Señor presidente (el novelista trastoca la identidad Dios-Bien), al poner en libertad y enamorarse de Camila. Ello origina su caída y muerte, engendrando así la noción soberana de la rebelión (inversión positiva de la identidad Rebelión Satánica-Mal). De esa manera, alterando el mito, trastoca todos los valores. Aquí, tomar partido por el Mal es optar por el Bien, y viceversa” (Guillermo Yepes-Boscán. “Asturias, un pretexto del mito”. Miguel Ángel Asturias. Hombres de maíz. Gerald Martin, Coordinador. París: Archivos, 1996: 684.

Por su parte, Teresita Rodríguez (La problemática de la identidad en El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias. Amsterdam: Rodopi, 1989) interpreta la visión de Cara de Ángel diciendo que “nos acerca a las tradiciones prehispánicas de un pueblo para quien la sangre derramada de las víctimas era considerada como la fuente que alimentaba la renovación de la vida” (45). Y que “Los favores pedidos [por Cara de Ángel] tenían que ver con el bienestar de la comunidad. Visto desde este ángulo, el sacrificio de Cara de Ángel adquiere un nivel simbólico y expresa una esperanza de un futuro mejor, representado por Quetzalcóatl” (48).
Ambas interpretaciones exploran las polaridades que Asturias, en nuestra interpretación, supera al optar por la fisura y no por una u otra de ellas. Por otro lado, Richard Callan (Miguel Ángel Asturias. New York: Twayne, 1970: 33-52) propone el mito de la fertilidad como factor estructurador del libro.

5 “Ya estaba, ya estaba sobre una roca de basalto contemplándose en el agua. ¿Qué mejor espejo? Deslizó el pie hacia el extremo para recrearse en el vestido que llevaba, lentejuelas, abalorios, piedras luminosas, galones, flecos y cordones de oro y luego el otro pie para verse mejor y ya no se detuvo, dio su cuerpo contra su imagen, choque del que no quedó ni su imagen ni su cuerpo”. Miguel Ángel Asturias. El espejo de Lida Sal. México: Siglo XXI, 1967: 26-27.

6 “The events that would forever shape the life of the young Asturias begin to take place in 1903, when the medical students in the capital grow restless and stage a strike against the dictator. Aprehended, the ringleaders are sent before de district judge, Ernesto Asturias, who, in view of their age and the mildness of the offense, dismisses the case. For this, he is immediately called to task by the president and flatly informed that judges in his government are not at liberty to arbitrate… soon after his own dismissal, his wife, María Rosales, finds herself on the street. Strapped for money and worried about their own lives, they pack their belongings and set out for the town of Salamá where the future author’s maternal grandfather, Colonel Gabino Gómez, opens the doors to his home”. René Prieto. Miguel Ángel Asturias’s Archeology of Return. New York: Cambridge University Press, 1993: 17-18.
7 “The real object of the question is what Plato, in the Symposium, called —through the mouth of Alcibiades— agalma, the hidden treasure, the essential object in me which cannot be objectivated, dominated. (…) The Lacanian formula for this object is of course object petit a, this point of Real in the very heart of the subject which cannot be symbolized, which is produced as a residue, a remnant, a leftover of every signifying operation, a hard core embodying horrifying jouissance, enjoyment, and as such an object which simultaneously attracts and repels us –which divides our desire and thus provokes shame”. Žižek, The Sublime 180.
8 Prieto, Archeology 86-87.