CUENTO

El olor de la infamia

Fidel Us

A Ale, recordando nuestras conversaciones
en la vieja casa de la diecisiete.
A ella, por supuesto.

Cuando por fin terminó la recepción, que cerró con el discurso insípido de un predicador barrigón, ella me dijo que quería tomarse una cerveza y entonces decidimos buscar un sitio. Convenimos en avanzar a pie sobre la décima avenida para ver si encontrábamos algún lugar abierto.

Amaneció otra vez nublado y frío, mamá no me dejará salir al patio. No podré ver a Nené, tenía que decirle que me quedé con algunas de sus canicas por descuido, no vaya a pensar que quiero robárselas. Me apena que venga doña Servanda a pedírselos a mamá. Eso me armaría un problemón en la casa porque ella estalla con cualquier reclamo de ellos, fundados o no.

Encontramos un lugar a una cuadra del Parque Colón, un comedorcito pintado de amarillo al que según me dijo iban a veces a almorzar con algunos colegas de la oficina. Con un rótulo rojo y letras blancas anunciaban pollo y carne al carbón: recuerdo que pollo estaba escrito con “y” y carbón con “v”, pero la idea era clara y desde afuera olía bastante bien. Deseé que ojalá que lo que hacía falta en ortografía lo compensaran en sazón y así fue, la comida se veía y olía muy sabrosa.

Papá ha estado viniendo tarde porque han tenido más trabajo, se han ido dos compañeros y en lugar de contratar suplentes les dijeron que igual cumplieran con todas las entregas. Chaleco renunció para irse tras su esposa a los Estado Unidos y a Adobado lo despidieron, no recuerdo la razón. Me entero de sus cosas en el patio de los inquilinos, donde solemos jugar los niños del vecindario. Casi siempre, cuando él regresa del trabajo se queda platicando con don Mau, el papá de Nené, y sus hermanos y primos. A veces lo invitan a jugar naipes mientras beben cerveza en unos botellones oscuros. Papá se lleva bien con ellos, hablan de todo. Hasta hemos aprendido algo de garinagu mi papá y yo, aunque a mi mamá eso la enfurece. Nos amenaza con que nos lavará la boca con cal.

Las cervezas, según el anuncio, las sirven bien frías y ella me confirmó:

-No tengas pena, sí que las dan bien heladitas-.

Era bueno escuchar eso porque el sol a esa hora ya quemaba, sobre todo en la nuca y en la cabeza.

Mi mamá y mi abuela dicen que ellos haraganean mucho, que pagan la renta a regañadientes, pero que los tiene como inquilinos por pura caridad. Pero oí decir a mi papá que mi tía Vidalina, la hermana mayor de mi mamá, se lo pidió encarecidamente, para pagarle un favor al papá de doña Servanda, a quien le debe un platal por unas apuestas. Yo creo que ellos son muy trabajadores, don Mau trabaja cargando maletas en el aeropuerto, Goyo en un almacén de la dieciocho, Gil maneja montacargas acá en los depósitos del ferrocarril y los otros despachando gasolina en la San Pedrito, en la zona cinco. Todos salen a trabajar mucho antes de que nosotros nos levantemos y regresan muy tarde, casi de noche. Con lo del alquiler, ellos casi siempre pagan antes de inicio de mes. Es Nené el encargado de traer –amarrado en un pañuelito verde- el dinero, que mi mamá cuenta al menos dos veces. Dice que ellos son tramposos y por eso no hay que descuidarse. Pero jamás he visto que falte un centavo. Solo una vez venía mal contado, había diez quetzales de más que mi mamá no devolvió.

Ella pidió usar el baño y se fue hacia una esquina oscura que más parecía un agujero negro de alguna galaxia desconocida y cuando por precaución se lo hice ver, me dijo sonriendo:

-Estate tranquilo- y sonriéndome me dijo que conocía ya bastante bien el tugurio y que no había de que preocuparse.

Las cervezas resultaron efectivamente estar bien frías y en lo que ella regresaba, yo empecé a tomarme la mía. El olor de la comida, el calor del día y la cháchara y de las chicas que cocinaban y reían con desparpajo, me pusieron contento y animado bebí los primeros sorbos con placer. Le pedí a la dueña que le subiera un poco el volumen a una vieja canción de los Yonics que siempre me ha gustado y avancé hasta la mitad con mi bebida color oro.

Siempre me pregunto por qué mi madre y mi abuela los detestan tanto. Siempre estaban quejándose de ellos. Siempre dicen, sin motivo alguno, que son haraganes. No recuerdo haberlas escuchado hacer un comentario amable o benevolente sobre ellos. Sus sentimientos saltan de la burla a la queja y de la queja al desdén. Se ríen de sus ropas, de su idioma, de sus cantos y bailes que entonan a veces y que a mi parecen muy alegres.

Pero lo que pasó después, cuando volvió del baño, me desencajó. Me dijo que el baño recién lavado con creolina la había descompuesto. Ese olor, que tenía mucho tiempo de no sentir, siempre le había parecido infernal. Esa fijación, esa reacción, me dijo -con la cara transfigurada por el asco-, venía de sus tiempos de niña, desde los tiempos en que vivían en la casa de su abuela, para ser precisa.

Sobre todo, se quejan de sus olores, pero en particular de su olor corporal, que dicen es un humor penetrante y ácido. –Ha de ser por lo que comen- cuchichean. Y por eso yo a veces sin explicación alguna he abrazado a Nené y lo sujetaba contra mí, – mientras el asustado trataba de zafarse- para tratar de sentir el detestado tufo, pero nunca he sentido ningún olor desagradable. Me han prohibido abrazarlos y por eso solo lo hago cuando mi mamá y la abuela no nos ven.

Me pidió con urgencia que abandonáramos el lugar porque no se sentía bien y sin poder terminar mi cerveza, salí casi corriendo detrás. Conforme avanzamos primero por la avenida y después por la calle, su paso se hizo más lento y yo insistí en que me diera una explicación sobre esa sorpresiva y arrebatada reacción. El sol estaba más erguido y el tráfico más agitado. Yo me sentía como esa mosca que trataba de entrar a un escaparate, pero el vidrio le impedía el paso a los dulces de coco que se apilaban del otro lado.

Mi mamá y mi abuela dicen que contra esa peste solo la creolina es eficaz. Y por eso les pide que limpien el patio, los cuartos y los baños con ese desinfectante. A pesar de que ellos son muy higiénicos y mantienen limpios sus cuartos, en mi casa dicen que el tufo de ellos se impregna y que ese desinfectante es lo único que quita ese rastro imaginado que ellas tanto odian. Por eso todos los sábados muy temprano, los inquilinos obligadamente -sobre todo las mujeres- salen fregar cuanto piso y recoveco hay en su sector, mientras cantan alegremente tonadas que supongo de lejanos orígenes. Canciones que a mí me alegran el alma y que a las dos mujeres adultas de mi casa las pone de mal humor.

Me contó, como yo ya sabía, que se había criado en una casa del centro, por el barrio Gerona, una casa grandísima, propiedad de la empresa ferroviaria. La casa tenía dos patios y la estructura principal, de cemento armado estaba al final junto al primer patio, la segunda estructura era la que daba a la calle y consistía en una serie de cuartos de block alrededor de un enorme patio de cemento crudo. En un extremo de éste se encontraba una pilona junto a los baños comunes que usaban los inquilinos, casi todos miembros de una numerosa familia garífuna. En el centro se erigían enorme árbol de jacaranda y en las orillas abundantes geranios sembrados en todo tipo de macetas improvisadas que alegraban el ambiente con sus flores púrpura y rosa.

Hoy vomité mucho y no pude ir al colegio. Es que volví a sentir el olor de la creolina y me descompuse inmediatamente, no lo puedo tolerar, me revuelve el estómago y me duele la cabeza. Casi nunca voy cuando los vecinos limpian, pero hoy tuve que ir a la tienda y al pasar el olor me pegó de lleno en la cara. Pero no es por el simple olor, antes no me afectaba. Es desde que descubrí lo que le hacen a Nené y a Ligia. Es por eso por lo que el olor me descompone. Me dicen que si no mejoro me van a llevar con el doctor. Pero lejos del olor ya me siento mejor y hasta tengo ganas de comer. Mi mamá y mi abuela no me creen que la molestia haya desaparecido tan pronto.

Nos detuvimos cerca de la iglesia de San Miguel de Capuchinas, ella seguía:

– Entonces, fíjate, cuando los niños tenían que quedarse solos, la mamá de ellos le pedía a la mía que se los cuidara o por lo menos que estuviera pendiente de ellos. Eso me gustaba porque se iban a mirar la tele conmigo-.

Doblando y desdoblando la servilleta de papel que yo le había alcanzado para que se limpiara las lágrimas, continuó:

– En esas ocasiones era cuando mi mamá y mi abuela los bañaban, no lo hacían por buenas gentes, te lo aseguro, lo hacían por maldad. De niña lo supe de inmediato y no poder decirles nada por no saber cómo, me llenaba de rabia, de impotencia. Hoy reviento de cólera al recordarlo. Ahora ya sabes por qué no las visito. Les mando plata, pero no puedo verlas.

Mientras miraba fijamente a un par de chicos bulliciosos que pasaban frente a la vieja Pensión Mesa, terminó su relato:

– ¿Recuerdas al muchacho de sombrero café que saludé en la parada del transmetro? Fue en la parada de la dieciocho, hace como un año. ¿Recuerdas? ¿Recuerdas que le grité? Le dije Neneeeé ¿Te acuerdas? Pues él fue ese niño. Siempre he querido hablarle, encontrarlo, saber qué fue de su familia y sobre todo pedirle perdón. Pero tal como viste, el no quiere ni verme. Eso me duele en el alma, te lo juro. Por eso para mí la creolina es el olor de la maldita infamia. Te lo juro.

Hoy Nené y Ligia, se han quedado solos, doña Servanda tuvo que hacer doble turno. Mi mamá entonces los ha traído a casa y yo muy alegre les he puesto la tele. A Nené le gustan esos programas sobre animales, donde un señor va narrando cosas que a mí y a Ligia nos hacen cabecear. Pero me gusta consentirlo y hago mucho esfuerzo en seguir el hilo de los viajes por el inmenso mar que hacen las tortugas al nacer. Mi madre y la abuela, ahora los llaman a bañarse y veo esa cara de odio de Nené. Es que al final los frotan con creolina, como si fuese loción. Mi madre suele decir que con ese líquido se disimula un poco ese olor de ellos. A mí me da mucha pena Nené. Y más cuando veo su cara de asco y enojo. Me dijo, tu mama es malvada. Y no supe que contestar. Este olor de mierda tarda días en irse, dijo con rabia.

Seguimos nuestro camino en silencio, no recuerdo que nos hayamos dicho algo más, solo un nos vemos, en el momento en que nos separamos.

Ahora cada vez que paso por el comedorcito amarillo, recuerdo su relato, que guardo como un amuleto contra ciertos fantasmas de mi propio pasado.

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