Lo primero que cabe señalar es que las mujeres de todas las edades, experimentan tasas de infección y de mortalidad significativamente más bajas que los hombres. Foto la hora: Ap

Alfonso Mata

En el artículo anterior señalábamos que las mujeres viven más que los hombres y que puede deberse a multitud de factores biológicos sociales y psicológicos aun mal estudiados. En el mundo científico actual, cada vez nos encontramos con más investigaciones biomédicas y demográficas, que proporcionan numerosos ejemplos de importantes diferencias sexuales, fisiológicas, inmunológicas y las respuestas a las intervenciones genéticas, nutricionales o farmacológicas entre hombres y mujeres  y que determinan cantidad de años de sobrevivencia.

En estos momentos de coronavirus y de la COVID-19, en que claramente las mujeres resultan menos susceptibles a complicaciones y muerte por esta terrible epidemia, pensar en un sistema dimorfico inmunológico es posible.

Lo primero que cabe señalar es que las mujeres de todas las edades, experimentan tasas de infección y de mortalidad significativamente más bajas que los hombres. Lo difícil es separar esas diferencias inmunológicas hereditarias, de un estilo de vida. En algunas de las diferencias, la cuestión es más de género que de sexo, por ejemplo el trabajo. En algunas actividades laborales humanas más desarrolladas por hombres como la construcción o el trabajo agrícola, los hombres  se ven expuesto a ciertos antígenos  relacionados con numerosos químicos y metales pesados, que pueden causar patologías y modificar la respuesta inmune. Pero independiente de eso, se conoce que hay diferencias y que los principales factores que influyen en este aspecto, son una base genética y hormonal diferente entre los sexos.

En cuanto al aspecto genético, en el cromosoma X encontramos los genes codificantes de elementos importantes para la respuesta inmune como la interleucina 9 o los receptores tipo Toll, por lo que la optimización de este cromosoma femenino, podría determinar una respuesta diferente en cada sexo. Lo que si resulta claro en las investigaciones realizadas, es que los procesos celulares involucrados en el envejecimiento y la longevidad son múltiples y están regulados por muchos genes.

No cabe duda que en las vías que regulan el envejecimiento, los genes se hacen presentes. Muchas mutaciones que prolongan la vida útil es por el efecto de los genes que actúan en la respuesta al estrés o en los sensores de nutrientes de las células. Cuando la comida es abundante y los niveles de estrés son bajos, estos genes apoyan el crecimiento y la reproducción. En condiciones difíciles, sus actividades cambian: algunas se activan y otras se rechazan y, como consecuencia, el animal experimenta un cambio fisiológico global hacia la protección y el mantenimiento de las células. Este cambio protege al animal del estrés ambiental y también prolonga la vida útil.

En cuanto al papel hormonal, se sabe que este resulta básico en el proceso inflamatorio que  acompaña a la mayoría de enfermedades. Esa diferencia significativa en la respuesta inflamatoria aumentada, es ventajosa en respuesta a la infección y la sepsis, pero es desfavorable en las respuestas inmunes contra uno mismo, lo que conduce a una mayor tasa general de enfermedades autoinmunes en mujeres, en comparación con los hombres. La evidencia epidemiológica e inmunológica ha sugerido que las hormonas sexuales femeninas, los estrógenos desempeñan un papel en la etiología y el curso de las enfermedades inflamatorias crónicas, porque la mujer altera los niveles hormonales de acuerdo a su ciclo sexual de vida como lo son: el ciclo menstrual, el embarazo y el estado menopáusico, condiciones influyentes importantes. Por ejemplo el papel de las citosinas proinflamatorias, tan importante en la COVID-19, se ha estudiado ampliamente en la menopausia y su diferencia con otros ciclos en la mujer, ya que en este período la caída de los estrógenos y otros esteroides gonadales favorece algunas enfermedades. Las vías por las que el sistema inmunológico afecta la sobrevivencia son varias e incluye inclusive el sistema de muerte celular. Pero no todo se presenta color de rosa, recordemos que las mujeres tienden a tener más algunas enfermedades relacionadas con el sistema inmune que los hombres por ejemplo el lupus eritematoso diseminado y enfermedades inflamatorias cerebrales (encefalitis auntoinmune, esclerosis múltiple) En la artritis reumatoidea, las carencias de hormonas femeninas en el estado menopáusico con sus niveles más bajos de hormonas esteroides, es responsable de la mayor parte de las diferencias en los resultados entre hombres y mujeres. Pero no solo el sexo biológico, sino también el número de gestaciones influye en la artritis. Algunos han demostrado que tener más de tres hijos, aumenta 4.8 veces el riesgo de desarrollar una enfermedad grave cuando se ajustaba por edad y uso de anticonceptivos orales. Otro ejemplo la tiroiditis, que parece mucho más frecuente en las mujeres en edad reproductiva en comparación con los hombres. El síndrome del intestino irritable, una situación con inflamación intestinal de bajo grado, es más prevalente en mujeres que en hombres.

A grandes rasgos entonces, los estrógenos tienen un efecto estimulante mientras que los andrógenos atenúan la respuesta inmune. Cada hormona induce la producción de un patrón de citoquinas diferente y afecta a las células de este sistema, especialmente a los monocitos y a los linfocitos, junto a los granulocitos y a las células NK45. Por  otro lado, si bien es posible que los estrógenos tengan papel antiinflamatorio, también pueden tenerlo proinflamatorio, dependiendo de los factores de influencia y los estados en que de su ciclo de vida estén pasando las mujeres.

La última hipótesis nos habla de la grasa, de su organización y constitución en nuestro cuerpo. La distribución del tejido adiposo varía en función del sexo; los hombres tienden a acumular más grasa visceral, mientras que las mujeres premenopáusicas suelen presentar un porcentaje mayor de tejido adiposo subcutáneo. En las mujeres la grasa suele situarse predominantemente en las caderas y los muslos; en cambio, en los hombres, el tejido adiposo se encuentra preferentemente en el abdomen. Esta diferencia es importante desde el punto de vista de la esperanza de vida, puesto que la grasa visceral se ha relacionado con un mayor riesgo cardiovascular mientras que, por el contrario, el tejido subcutáneo, actúa como factor protector frente al síndrome metabólico, ya que la grasa visceral es una fuente de citoquinas proinflamatorias que contribuyen a un proceso de resistencia a la insulina. Además, tiene mayor grado lipolítico, de forma que genera una mayor cantidad de ácidos grasos libres, que aumentan la producción hepática de glucosa, contribuyendo a que haya una hiperinsulinemia compensatoria que puede desembocar en una diabetes mellitus tipo II. La importancia de este dimorfismo de depósito, movilización y utilización de grasas y su relación con la longevidad, aún no está del todo claro, pero es muy posible que tenga que ver con depósito y utilización de grasas y esto con funcionamiento hormonal y receptores hormonales en las células.

En resumen: la homeostasis de las proteínas, grasas y carbohidratos, el funcionamiento inmune y la activación de ciertos genes, se afectan con la edad y el daño se acumula en las células. Por lo tanto, parece evidente que el envejecimiento es causado por daño macromolecular de causas y consecuencias múltiples. Pero la longevidad es un proceso complejo en el que intervienen numerosos factores como el ambiente, la genética potencial con que uno fue dotado y el estilo de vida. Por ello, sería prácticamente imposible hallar una razón única que explicase la esperanza de vida de uno y otro sexo. Lo que sí es evidente en estos momentos es que las mujeres tienen una sólida ventaja de supervivencia sobre los hombres, mientras que los hombres tienen una sólida ventaja de salud sobre las mujeres. Esta intrigante paradoja, merece más investigación.

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