El implacable tiempo

Jairo Alarcón Rodas
Filósofo y catedrático universitario

Instalados en la duración del cosmos, en el tercer planeta del sistema solar, los seres humanos transcurren por la vida dejando rasgos de su presencia. Quizás las marcas grabadas durante su existencia sean apenas perceptibles o, por el contrario, profundas huellas que, sin embargo, paulatinamente son borradas, aniquiladas por el incesante transcurrir del tiempo.

El tiempo es implacable, borra las historias de vida hasta sepultar en lo desconocido a aquel que un día fue, dejando tras su paso solo sombras, espectros y nada. Cómo saber sobre alguien, de un antepasado lejano, conocer de su existencia, tener una idea de él si no hay quién pueda contarlo. Para los personajes de la historia, sus logros son recolectados, nombrados, resucitados por otros, pero qué hay de su vida personal, esos detalles fenecen con la muerte de aquellos que compartieron con él su existencia.

Debemos aceptar, decía Hawking, que el tiempo no está completamente separado e independiente del espacio, sino que por el contrario se combina con él para formar un objeto llamado espaciotiempo, en esa dilación espaciotemporal es en la que se sitúan los hechos y con estos, las personas y las cosas, por lo que el tiempo es duración de lo que surge y se acaba.

La conciencia del tiempo cobra vigencia con los seres humanos, son estos los que se dan cuenta que amanece, atardece y anochece, que son jóvenes y envejecen, que nacen y mueren. Tomar conciencia de la existencia y con esta que se da el triunfo del ser sobre la nada, que los momentos en los que se hilvana los sucesos de sus vidas se atan en una continuidad de hechos que se registran en la memoria de los presentes, es tener noción del tiempo y a la vez, saber que un día ya no se estará.

La memoria, decía Bergson, introduce trozos del pasado en el presente, de esa forma se hilvanan las ideas, los pensamientos, con ello se construye lo que se es. De ahí que sean los recuerdos los que le dan vida a lo que somos. Sin ellos, sin conciencia de lo vivido, seríamos nada, seres sin memoria, como hojas de papel en blanco sin registro alguno. Seres sin cicatrices, sin arrugas, sin sonrisas, sin alegrías, sin experiencias ni vivencias.

El tiempo, pensaba Enmanuel Kant, es la forma a priori de intuición interna. Es el mecanismo que constituye el medio donde se guardan las imágenes de lo sucedido, que sirve para ordenar los objetos y las cosas en la mente. Quizás por ello se diga que el tiempo es creación humana, que posibilita entender lo otro y también a uno mismo.

El tiempo es movimiento, duración y cada persona transcurre durante su existencia, en una continuidad de sucesos, en los cuales cada momento que pasa representa adentrarse en el fatal encuentro con la muerte. Sin embargo, si no existiera movimiento, si cesase el cambio, el tiempo no sería y los planetas, estrellas, galaxias, el universo todo, no estaría y con ello, la imposibilidad de la vida.

Pero hay movimiento y con él, el tiempo y así sucesivamente toda una serie de factores que determinaron en su momento el surgimiento de la vida y con esta, los seres humanos; que entre especulaciones, rigurosidades, poesía y vivencias hablan del tiempo a pesar de ser consumidos por este.

El tiempo transcurre, no es una ilusión como lo planteaba Zenón de Elea; devela nuevos sucesos y oculta aquellos que, con su paso, van quedando en el olvido. Quién pudiera hacer que las agujas del reloj caminen al revés, que lo hagan en forma contraria y así, regresar por los pasos ya recorridos, detener el tiempo por instantes, tener una segunda oportunidad.

La angustia del tiempo está presente y entrados los años, cuando se sienta que la vida esté por escaparse, conscientes de lo que representa el transcurrir del tiempo, algunos dirán con nostalgia y abatimiento, con versos de Benedetti… vale decir preciso o sea necesito digamos me hace falta tiempo sin tiempo.

No obstante que la data del universo tuvo su inicio en miles de millones de años con la gran explosión estelar, tal conocimiento se inicia en apenas unos cuantos cientos de años. Sin saberlo, el tiempo ya era, devorando amaneceres, atardeceres y en este singular planeta, acumulando historias, segundos, minutos, horas, días, meses y años.

Así, el ayer se funde en el hoy y devora el futuro, uniéndose para determinar la noción del tiempo. Tras el correr de los años se envejece, quizás más rápido de lo esperado y tras el envejecimiento, la muerte. Quizás por ello Sísifo le puso grilletes a Tánatos, Dorian Gray hizo el pacto con el diablo, en Shangri-La se detuvo el tiempo, algunos chamanes encontraron la forma de engañar a la muerte y para los creyentes la inmortalidad es el premio a su devoción.

Pero para los que consideran que esta vida es lo más valioso, que después de la muerte nada, cada segundo de existencia es invaluable y vivir es el único premio.

Diario La Hora
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