El extraño caso de la lavadora

Juan Jacobo Muñoz Lemus

juanjacoboml@gmail.com

"Guatemalteco, médico y psiquiatra"

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Juan Jacobo Muñoz Lemus

Casos hay muchos, y este es uno más. Una señora con años de casada empezó sorpresivamente a ver llegar a su casa a una nueva mujer de su esposo, quien sin dar explicaciones la impuso en el hogar. Ella fue relegada y la nueva inquilina instalada en el dormitorio de ella, junto con el marido. Para que durmiera, el esposo la ubicó en la lavandería. Su molestia principal era la desconsideración de la nueva pareja, que tenía por rutina lavar ropa durante las noches, y el ruido de la máquina lavadora no la dejaba dormir. No podía entender por qué no lavaban su ropa en el día.

Cualquiera, hasta la misma afectada, podía entender que la situación era desagradable, en cualquiera de los distintos matices de la aberración. La pregunta era, por qué podía pasar algo así.

Viendo desde fuera todos somos inteligentes, hasta sabios a veces, pero ¿Cuántas explicaciones podía tener semejante asunto? No faltaron los espontáneos, que apegados a sus creencias daban sus fallos, presuntamente inapelables.

Se dijo de todo: La señora está fuera de la realidad y amerita un fármaco. Seguramente fue condicionada por estímulos repetidos que la obligan a someterse. Habrá aprendido por imitación y repetición y hace asociaciones desafortunadas por ese mal aprendizaje. Se porta como mujer violada. Sin duda se siente destinada a cumplir una penitencia expiatoria que la obliga a contribuir a la realización de una profecía maldita. Ella no tiene nada que ver, está determinada por mecanismos inconscientes. Tiene una distorsión de su valor como persona y sus capacidades afectivas. Hay fuerzas vivas dentro de ella que la habitan y la animan a aceptar la situación y actuar como poseída. Sin duda ella tiene una disposición biológica, algo del cerebro. Lo que pasa es que tiene una pobre inteligencia emocional y no sabe reconocer lo que siente. Solo es la etapa del ciclo de la vida que le toca atravesar, en otro tiempo no lo habría aceptado. Todo es culpa del machismo en esta sociedad patriarcal. Pobre, no tiene recursos externos y debe aceptar cualquier cosa. Es su soberbia, una perfeccionista narcisista que cree que al final encontrará la salida, no importa si tarde o temprano. Todo está en su mente, imagina el peor de los escenarios y se congela porque todo lo ve como inmanejable. Como cualquier animal mamífero, va a cuidar sus recursos sea como sea, tiene que proteger a sus hijos. Es lo que pasa cuando la prioridad de una mujer es estar casada.

Es mejor cerrar el chorro, porque los voluntarios no cesan. Al menos queda claro que emitir una opinión es algo muy arraigado a la naturaleza humana. Pero lo más importante, que cada uno ve lo que sabe o cree que sabe ver. Por eso es tan importante conocer a los personajes y la historia entre ellos, para no concluir prejuiciosamente.

Nadie puede decir que las opiniones sean inadecuadas. Al contrario, hasta podría ser que muchas de ellas lleven consigo alguna partícula de verdad, tomando en cuenta que son generalidades. Incluso es posible que una mejor explicación incluyera varias de aquellas opiniones, tomando en cuenta que en toda conducta humana hay factores biológicos, psicológicos y sociales.

Un ser humano con su biología y psicología, es el protagonista de una obra que le es propia; pero requiere de un espacio donde desarrollarla, y de un tema que alcance para que todos los personajes representen algún papel. El escenario es la sociedad, y el argumento la cultura.

El ser humano es producto de la cultura, pero también es cierto que la cultura es producto del ser humano. A nadie escapa que salvo limitaciones biológicas muy serias; lo que hace la diferencia entre una persona y otra, es el resultado de lo que cada una ha aprendido y lo que ha asumido como válido. El ser humano firma con su conducta el manifiesto de sus convicciones.

En el mar de las insatisfacciones siempre queremos algo más, algo distinto, algo riesgoso, algo perverso, tal vez algo mejor. Pero es un mar, y es fácil perder la ruta y zozobrar.

La desconsideración y la crueldad consciente o inconscientemente insatisfechas encajan bien con la desdicha, otra eterna insatisfecha. Se escriben así muchas historias desgraciadas.