Hugo Amador Us
Escritor

Al fin había terminado la espera de dos semanas que a Giancarlo le había parecido una eternidad. En su corta vida de los veintidós años no había recordado una expectación tan grande como la de esta vez. De la angustia, apenas había logrado dormir. Era el día que la facultad, fiel a su costumbre de años, publicaría las notas del examen privado de matemáticas en la pizarra del corredor, a la vista de todo el mundo. Mientras termina su desayuno, aprecia la claridad del sol radiante que entra por la amplia ventana e inunda todo el recinto. Al tiempo que sorbe los últimos tragos del jugo de naranja recién exprimido, Giancarlo no deja de pensar en lo que ese resultado significa para él. Después de dos pruebas fallidas, ésta sería su última oportunidad para completar los requisitos para poder obtener el título de licenciado en Administración de Empresas otorgado por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Francisco Marroquin. Casi toda su promoción ya había aprobado el examen, muchos de sus compañeros desde la primera oportunidad y ya hacían los preparativos para la graduación que se celebraría en noviembre, en unas tres semanas.

Es finales de octubre y se han ido las últimas lluvias del año. Afuera, el césped cuidadosamente cortado luce un verde brillante. La mansión, construida en un terreno de dos manzanas al final del Boulevard Los Próceres, se destaca imponente en medio de jardines y árboles añejos. Aunque trata de aparentar calma, en su fuero interno Giancarlo no logra espantar la idea que se repita otro fracaso. Si eso sucede, sería el fin de toda posibilidad de graduarse, a menos que iniciara una carrera diferente en la universidad, pero eso era sencillamente descabellado, casi una pesadilla por la que él no estaba dispuesto a pasar. Al fondo del comedor, cuelga un enorme cuadro al óleo y los ojos de su tatarabuelo retratado, montado en un caballo blanco en lo que parece ser una finca de café, le da la impresión de que le recrimina anticipadamente. De pronto, una voz interrumpe sus pensamientos:
-Se le ofrece algo más joven Giancarlo – pregunta la criada.
-No gracias, Manuela, estuvo muy rico el desayuno – contesta él y, agrega: ala, dígales a mis papás que me adelanté a desayunar, debo ir a la universidad.
A los pocos minutos el Mercedes Benz, conducido por su chofer, se abre paso hábilmente en el tráfico de la veinte calle de la zona diez, que a esa hora ya empieza a complicarse. Detrás de ellos, una camioneta Suburban negra, en la que se conducen sus dos guardaespaldas, les viene escoltando. Ahora, recuerda la última conversación que tuvo con su padre apenas días atrás. Le enfatizó la importancia que se preparara para, algún día, tomar las riendas de los diversos negocios que tenían. Era verdad que su padre era un hombre de mediana edad, aún con fuerza y salud y que estaría al frente de las empresas aún por varios años, pero Giancarlo debía meterse de lleno a los negocios una vez se graduara de la universidad. Era necesario que él fuera asumiendo la dirección de manera paulatina en algunos casos, como la exportadora de café o la empresa inmobiliaria, pero su papá le urgía que empezara pronto con el manejo directo de la empresa offshore en las Bahamas y el fondo de inversiones. “Para eso estudiaste mijo, ¿o no?” le repetía su papá.


Cada vez más se sentía presionado a graduarse. Lo percibía en las reuniones familiares cuando se encontraba con su primo Diego que tenía ya un año de haberse graduado y ya ejercía de gerente financiero de una empresa familiar o su prima Mafer, de la misma promoción que él, que había ganado el último privado requerido y se preparaba para graduarse en noviembre. Vuelve a su mente el día que hizo el examen, precedido de varios días de estudio. Había empezado bien. Los primeros ejercicios, las ecuaciones de segundo grado e integrales los había resuelto con relativa facilidad. Sin embargo, la parte más difícil fueron los problemas de gráficas y rectas. No lograba determinar los puntos de inflexión y sin eso, no podía completarlos. Después de un primer intento tuvo que borrar e iniciar de nuevo. Estaba claro que no estaba siguiendo el procedimiento adecuado, algo se estaba saltando y no lograba resolver. Miraba el reloj y los minutos se agotaban, las manos le empezaban a sudar más de la cuenta y se las tenía que estar secando con el pantalón. Poco a poco el salón se iba vaciando a medida que los estudiantes iban entregando la libreta del examen. Al final, trató de terminar lo mejor que pudo, con la esperanza de lograr algunos puntos que le permitieran alcanzar, al menos, la nota mínima requerida.
Su pequeña comitiva llega por fin al campus y está tan impaciente que le pide a su chofer que lo deje bajarse y que luego busque lugar para estacionarse. A pesar de que se había prometido estar sereno, su corazón empieza a latir rápidamente y siente una leve sudoración, la misma que le viene cuando se pone muy nervioso. Empieza a caminar cada vez más rápido, casi corriendo. Otros estudiantes están llegando también, algunos muy animados y haciendo bromas, pero él prefiere no entrar en conversaciones. Para ganar tiempo prefiere subir las gradas y así evitar el ascensor que en esos momentos se está abarrotando.
Solo tiene una idea fija: la lista de los resultados. Mientras se acerca, observa que ya varios estudiantes están amontonados frente a la pizarra, la mayoría claramente emocionados y contentos. Algunos pocos se lamentan y maldicen. Él se abre paso, busca su apellido en la lista. Entonces, se da cuenta que ninguna de sus empresas del emporio familiar, las extensas caballerías de café o de cardamomo, las múltiples inversiones inmobiliarias o las ganancias bursátiles le ofrecen el suficiente consuelo y logran apagar su creciente rabia e impotencia cuando distingue ver claramente en la lista, el temido resultado que para él ya se ha vuelto sentencia: “Leal Aguirre, Giancarlo Eduardo: Reprobado”.

 

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