Una de las expresiones de conformismo más comunes es explicar los contrasentidos diciendo “así es la vida”, oración que repetimos cuando vemos, por ejemplo, que otro bus extraurbano se accidente cobrando vidas de algunos alumnos o cuando vemos que los operadores de la corrupción operan para preservar sus privilegios de impunidad. Esta semana supimos del percance ocurrido cuando un bus que transportaba alumnos de un establecimiento educativo se embarrancó en Amatitlán, supuestamente por exceso de velocidad. Al margen de las especulaciones que surgieron porque el bus había sido propiedad del actual Alcalde de Amatitlán, el hecho es que ese mortal suceso se ve ya como parte de nuestra normalidad.

Así es la vida, podemos decir cada vez que nos enteramos de un accidente mortal en nuestras abandonadas carreteras y como resultado de la abandonada preocupación de los dueños de unidades por contratar personal eficiente y responsable. Igual dijimos cuando hemos visto la operación de quienes quieren preservar el sistema, de todos los lados de la moneda. Proteger a quienes se roban fondos públicos es la prioridad.

Efectivamente, en Guatemala así es la vida, pues los ciudadanos nos desentendemos de la realidad que nos toca vivir día a día, esperando que los efectos que dañan a tanta gente no terminen por alcanzarnos y, en ese contexto, preferimos voltear la vista a otro lado resignándonos a seguir viviendo en ese anarquía y caos producto de la ausencia de un efectivo sistema que sepa aplicar las leyes y sancionar a los que cometen cualquier clase de delitos.

¿Cuántos casos de accidentes se conocen en los que las víctimas hayan sido justamente resarcidas como resultado de una orden judicial? Se sabe de aquel caso de Seguros Universales, pero lastimosamente en muchos casos no corren la misma suerte, aun y cuando la responsabilidad es de quienes cometieron la irresponsabilidad de contratar a pilotos sin la capacidad necesaria o de mantener en circulación buses que no reciben ni el más elemental mantenimiento. Y lo mismo podemos preguntar sobre la cantidad de casos que conocemos en los que quienes roban dinero público, lavan dinero y pactan con otros criminales (incluidos los carteles de la droga) sufren efectivamente el peso de la ley por las fechorías cometidas.

En Guatemala, desgraciadamente, nos hemos ya acostumbrado a que así es la vida; y cuando las mafias se articulan para perpetuar su control sobre el sistema de justicia, lo lamentamos pero nos resignamos sin tener un aire con remolino que muestre una ciudadanía harta de la absoluta ausencia de orden y legalidad.

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