El histórico desinterés de las autoridades por cumplir con su deber hace que los ciudadanos se tengan que acostumbrar a sufrir los efectos de la desidia que muchas veces es un acomodo que se hace a cambio de sobornos y mordidas. Así como ya aprendimos a vivir con la corrupción como algo “inevitable”, los ciudadanos hemos ido resignándonos a vivir bajo la ola de extorsiones que día a día afectan a miles de personas que tienen que dar dinero a pandilleros en operaciones que, casi siempre, se dirigen desde las mismas cárceles.
El bloqueo de la señal telefónica ha sido algo de lo que se ha hablado mucho y hasta hay normas emitidas con esa finalidad, pero que no se cumplen alegando un asunto material de bloqueo de señal a personas y familias que viven cercanas a las cárceles. Las actuales autoridades del Ministerio de Gobernación han emprendido un esfuerzo para concretar ese bloqueo de señal, importantísimo si entendemos que desde las prisiones se dirige la mayoría de extorsiones, pero han descubierto también que la tecnología ha sido bien aprovechada por los maleantes que han encontrado cómo utilizar módems ubicados en negocios cercanos a los presidios y hasta mecanismos para utilizar aparatos de onda corta.
Tantos años de complicidad de las autoridades con los extorsionistas no se pueden superar de la noche a la mañana, pero es en realidad una de las mayores urgencias del país el empezar a enderezar el rumbo y evitar, por lo menos, que los reclusos en algunos presidios sean quienes dirijan a sus operadores para recolectar enormes cantidades de dinero. Y así como se dispuso eliminar privilegios ya tradicionales a algunos reos, lo que no solo provocó motines sino el posterior asesinato de agentes de la Policía Nacional Civil, es importante que la cooperación de los ministerios de Gobernación y Defensa se traduzcan en un serio combate a la ola de extorsiones que sufre la población.
En muchos barrios los pequeños comercios tienen que destinar buena parte de sus ingresos para cubrir la demanda de extorsionistas que, en caso de no recibir su dinero, no se tientan el alma para matar a alguien, enviando así una tenebrosa señal para que nadie se les salga del redil. Las cadenas que dependen de la distribución ven a sus equipos con la preocupación de cuándo les tocará a ellos y trabajar así no es apropiado.
Da alguna esperanza ver que, al fin de las quinientas, hay alguna autoridad dispuesta a encarar el problema y buscar las mejores soluciones; no es cosa fácil, pues se trata de problemas que se vienen arrastrando desde hace muchos años y que proliferaron en el extenso marco de la corrupción que ha prostituido a la institucionalidad en el país. Pero al menos hoy vemos que hay interés por acabar con los privilegios que mediante sobornos han mantenido por tanto tiempo delincuentes que, aún desde las cárceles, mantienen extorsionada a la población.
La nueva cárcel para aislar a quienes dirigen la extorsión debe ser un logro por el que todos luchemos.








