ARCHIVO - En esta fotografía de archivo del 16 de junio de 2020, migrantes hondureños que intentan alcanzar Estados Unidos son detenidos por la policía guatemalteca cerca de Agua Caliente, Guatemala, en la frontera con Honduras. (AP Foto/Santiago Billy, Archivo)
Por DELMER MARTÍNEZ y CHRISTOPHER SHERMAN Associated Press

OMOA, Honduras (AP) — En un hotel a la orilla del mar convertido en centro de recepción, más de 200 migrantes hondureños descendieron de seis autobuses, cansados de viajar durante la noche cruzando territorio de Guatemala después de ser deportados desde México.

Su travesía terminó en suelo mexicano sin llegar a la frontera con Estados Unidos y la mañana del viernes ya estaban de vuelta en Honduras haciendo los trámites para regresar a los lugares de donde habían partido.

La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP por sus iniciales en inglés) informó el mes pasado haber tenido más de 41.000 encuentros con hondureños en la frontera sur, 12.000 más que en marzo de 2019.

Las razones por que los hondureños continúan huyendo de su país están bien documentadas: Violencia generalizada, corrupción enraizada, falta de empleos y gran destrucción tras el paso de poderosos huracanes que azotaron la región en noviembre del año pasado.

Aquí, en uno de los centros de recepción del gobierno hondureño para deportados, les fueron inspeccionados sus documentos, les hicieron una revisión médica y con asistencia de la Cruz Roja los evaluaron para determinar si podían regresar sin peligro a sus comunidades.

Gilles Carbonnier, vicepresidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, visitó el viernes el centro durante una gira de toda una semana por El Salvador y Honduras. Entre otras acciones, la Cruz Roja trabaja para apoyar a las personas desplazadas por la violencia.

El sábado, Carbonnier contó haberse reunido con un zapatero hondureño que tuvo un taller en un mercado en Tegucigalpa. Una de las tristemente célebres pandillas callejeras de la región lo estaba extorsionando y cuando ya no pudo pagarles le propinaron una severa golpiza.

El zapatero no tuvo más opción que cerrar su taller y emigrar hacia Estados Unidos. Fue deportado hace más de un año, lo examinaron en otro de los centros de recepción de Honduras y finalmente lo entregaron a la Cruz Roja. La agencia humanitaria lo ayudó a reubicarse y le brindó algo de dinero.

“Con una ayuda pecuniaria que le dimos compró el material para reempezar sus actividades de zapatero y ahorita tiene dos talleres, seis empleados y bueno, ése pudo recomenzar su vida”, señaló Carbonnier.

Los hondureños y otras personas en el mundo se ven obligados a emigrar debido a una “falta de oportunidad y falta de esperanza”, señaló. “Falta de oportunidad, con falta de esperanza entonces resulta en diciendo ‘ya no hay espacio para mí en este país y me voy’”.

Para Eugenio Sosa, sociólogo de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, los diversos factores que obligan a los hondureños a abandonar su país han contribuido a una desesperanza generalizada.

“La gente no sólo se va porque está muy mal, la gente se va porque está muy mal y porque tiene la certeza de que esto va a seguir mal y que el país se pudrió para siempre”, subrayó.

La vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, que ha sido asignada a abordar las causas de raíz de la emigración en la región, emitió un punto de vista similar esta semana.

Harris dijo el miércoles que Estados Unidos quiere utilizar sus recursos —una asistencia de 4.000 millones de dólares mencionada por el gobierno de Biden— para brindar a los habitantes de los países del Triángulo Norte, conformado por Guatemala, El Salvador y Honduras, “cierta esperanza de que si permanecen en sus países, la ayuda va en camino y puedan tener cierta esperanza de que las oportunidades y las necesidades que tienen serán cubiertas de alguna manera”.

Sosa señaló que incluso los indicios más leves de que las cosas empiezan a cambiar marcarían una diferencia, incluso si los desafíos monumentales en los campos de la salud, educación, empleo y corrupción no cambian de la noche a la mañana.

“Si la gente empieza a ver pequeños cambios entra en la lógica de valorar más quedarse que irse”, dijo Sosa.

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Los migrantes hondureños partieron en caravanas de San Pedro Sula en diciembre, enero y marzo. Todos los intentos de viajar seguros en grandes grupos se esfumaron cuando ingresaron a Guatemala. Sin embargo, las caravanas de los últimos años representan apenas una fracción de la migración diaria casi desapercibida de familias o individuos que emprenden el viaje por su propia cuenta o con ayuda de traficantes.

El gobierno del entonces presidente Donald Trump presionó a México y Centroamérica a fin de que adoptaran medidas más enérgicas para frenar a los migrantes. El gobierno del presidente Joe Biden ha enviado un mensaje más compasivo que en muchos casos ha sido interpretado erróneamente como una invitación o por lo menos como una señal de una recepción más amistosa. Sin embargo, la realidad continúa siendo que Estados Unidos expulsa rápidamente a la mayoría de quienes llegan a su frontera sur.

Cuando funcionarios de la Casa Blanca dijeron esta semana que habían alcanzado acuerdos con los gobiernos de los países del Triángulo Norte para el despliegue de soldados que ayuden a combatir el tráfico de personas en sus fronteras, diversos grupos activistas criticaron al gobierno de Biden por dificultar el proceso para quienes buscan )protección internacional.

Carbonnier señaló que los países tienen derecho a controlar sus fronteras, pero al mismo tiempo deben tratar a los migrantes de manera humana y con dignidad.

“Lo que vemos nosotros a través del desierto del Sahara, lo que vemos a través del mar Mediterráneo, lo que vemos también en parte de Asia, es que mientras se toman medidas más estrictas que restringen las posibilidades de migración por vías, digamos, más oficiales, la migración sigue”, afirmó Carbonnier. “Los migrantes mismos toman muchos más riesgos porque tienen que encontrar vías alternativas”.

Diario La Hora
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