Desde las fisuras de la subalternidad “Hijo de Hombre” de Augusto Roa Bastos

Jorge Antonio Ortega Gaytán
Escritor

“¿Y no es este acaso el verdadero sentido de lo utópico?

…El hombre mismo es, pues, la utopía perfecta” ARB.

Para dar inicio es necesario hacer un posicionamiento físico del ambiente en que se desarrolla Roa Bastos y el mundo creado por él para dar vida a “Hijo de Hombre” (1960). Para ello hay que recalcar la singularidad de que el paraguayo es una excepción a nivel latinoamericano, en efecto es el único país en que el idioma autóctono, el guaraní, es reconocido como lengua oficial a pesar de ser postergado al español por una diglosia desfasada con la realidad lingüística. Un cuarenta y cinco por ciento de la gente es monolingüe en guaraní, en especial en las zonas rurales y, se habla Jopará una forma híbrida de ambos idiomas en todas las calles de Asunción y su periferia.

En este contexto particular se ve sumergido el escritor paraguayo, que se trasladó con sus padres a muy poca edad a Iturbe, un pueblecito del Guaira al este de Asunción, uno de los núcleos en que la lengua indígena está más enraizada en la escuela, sus compañeros le hablaban en guaraní y en sus juegos a la ribera del Tevikuary. Como si fuera poco, su madre le leía la Biblia en ese idioma dándole al mismo tiempo una nueva dimensión mítica.

La dinámica de las variaciones, la recreación que lo definen y lo transforman como autor de lo binario y lo infinito, fusionaban. El ejemplo más valioso está sin duda en los diferentes estratos del texto de la novela en análisis.

“El que mejor conocía la historia era el viejo Macario. Esa y muchas otras”.

En función directa de la mezcla idiomática, el guaraní se sostiene por sí solo, el anciano no hablaba otro idioma, los niños tenían una historia de su pueblo, una propia en la lengua indígena en base a la oralidad, elementos que ofrecen a Roa un perfecto contrapunto a la historia oficial, escrita en español.

Además de lo senil de Macario y su tremenda imaginación, los hechos más anecdóticos obraban una dimensión mítica que los niños transmitirían a su vez a sus propios hijos. El predominio de la oralidad guaraní es fundamental entre los indígenas del Guaira.

El reto bilingüismo de Roa Bastos se enmarca en pensar en guaraní y hablar en español, producto de ello una novela original y precursora. La cual se define así: “…la presencia lingüística del guaraní en la escritura de la novela se impone desde la interioridad misma del mundo afectivo de los paraguayos. Plasma su expresión coloquial cotidiana, así como la expresión simbólica de su noción del mundo, de sus mitos sociales, de sus experiencias de vida, individuales y colectivas”.

El anciano Macario, bajo la obsesiva fijación de sus relatos, varía constantemente las voces y los sueños de la memoria colectiva, encarnados en ese diminuto cuerpo esquelético que puede caber, cuando lo entierren, en un ataúd infantil. Es la voz de los marginados, es el sujeto que diseña el pasado del pueblo y que a través de la oralidad de sus relatos (rescatados por el escritor) se proyectan al futuro de generación en generación.

El hilo conductor del texto de Roa se consolida con símbolos psicosociales de amplio espectro como el desarraigo, el exilio, la marginación, la exclusión, la existencia del otro que se manifiesta con autoridad, con otra cosmovisión, otra religión y sobre todo con otro lenguaje.

Lo anterior hace posible que el dolor y la soledad atraviesen toda la narración. Es el sustento de la marginalidad que se vuelve omnipresente en toda la novela y que se convierte en caja de resonancia de un mundo complejo e híbrido formado en Jopará.

La historia se inicia con la aparición fantasmal de Macario en medio de una siesta de verano, también fantasmal. El narrador dice: “Han pasado muchos años, pero de eso me acuerdo”. Resulta extraña esta historia que empieza recordando fantasmas. Es que todo Paraguay se había convertido en un fantasma polvoriento detrás de la dictadura de Gaspar Francia, un país desconocido, cerrado como un puño, con apariencia de república, remedo de instituciones y organizaciones. Solamente las vidas insignificantes de los pueblos mantenían su automatismo como Itapé con sus ritmos solares y lunares, interrumpidos en cuanto al paso del tren.

Lo demás es pasado. Itapé es un espejismo del pasado. Todo remite a lo acaecido y es un pasado doloroso, ominoso, funesto, lleno de heridas sin restañar porque sin la justicia, las heridas de cualquier sociedad permanecen abiertas y punzantes. Esa agonía de años se había ritualizado, había terminado convirtiéndose en una liturgia de Viernes Santo, día de la pasión y muerte del hijo de Dios.

Con Macario, la realidad retrocede hasta encontrarse con el prodigio del astro que anuncia la desgracia. El cometa consigue trastornar los ciclos, la pesada carga del autoritarismo, en la tierra encuentra un eco del cielo: sobreviven a sequías, escasez y muerte. El artista muere abandonado, pero, deja un signo de redención en la talla del Cristo que encuentran en su choza.

Deciden llevar la imagen al pueblo para instalarla en la parroquia, pero el sacerdote y las autoridades se oponen. Cada cual usa su propio juicio: de Caifás a Pilatos, todos repudian al Cristo sospechoso tallado por un impío que ni siquiera escuchaba misa. Se debate tres días con sus noches en las que se gestiona la traición, mientras los discípulos velan la plaza.

Hay dos tiempos que corren paralelos: el tiempo del mito, la pasión y muerte del Cristo Nazareno y el tiempo de otro pasado, menos real que sobrevive en el relato de Macario, el de la dictadura perpetua que recuerda dolorosamente. La dictadura que escribe Roa Bastos, esta magnífica y prodigiosa resurrección de la esperanza en medio de la miseria humana. En este caso particular los tres eventos bélicos en que se ven arrastrados los paraguayos, así, como la revolución de Concepción o guerra Civil de 1947, en la cual se ve afectado directamente el creador del Hijo de Hombre y que lo desarraiga, situación que le permite desde el exilio concebir esta estupenda novela de sonoridad incomparable gracias al ensamble idiomático, su conocimiento profundo del mundo guaraní y a su paso por la guerra que desangró a la nación paraguaya. Las guerras en que se involucró Paraguay todas tenían como objetivo estratégico la definición de fronteras y sobre todo la consolidación de los intereses petroleros de las transnacionales en esas latitudes australes.

Conforme se avanza en la lectura del texto se va desarrollando la realidad medular de rescatar esas voces ausentes del discurso oficial de la historia de nuestros pueblos. La otra identidad, la negación cultural, la falta de equidad, la exclusión, la censura y sobre todo la arquitectura social de la marginalidad.

Hijo de Hombre permite la construcción de un prototipo de nación, con memoria propia, con idioma y códigos específicos que favorecen la transferencia y la formación de una conciencia colectiva, desde otro punto de vista, con un enfoque subalterno edificado por múltiples voces de ese mundo que en apariencia confabula desde el vértice de la mujer hecha esclava del esclavo, del hereje, el leproso, el mendigo, desde el indígena, desde la miopía de la autoridad que busca arquetipos sociales y culturales que sustituyan los modelos propios.

En igual forma en que se hace un recorrido por el dolor y soledad de los paraguayos. El texto en mención facilita recorrer la geografía e historia de Paraguay con variadas temporalidades. Los hechos pueden ser vistos desde diferentes ángulos y enfoques. Es el diseño escogido por Augusto Roa Bastos como estrategia para no olvidar, la repetición y construcción de la memoria colectiva, la cual se va transformando en legítima al contarse entre muchos o entre todos.

Paralelo a lo anterior y que converge periódicamente a lo largo de la novela de Roa es la intertextualidad bíblica, que se hace presente desde el inicio del libro de Ezequiel. Lo cual respalda con el narrador que hace énfasis de este tema en el primer capítulo “Los itapeños tenían su propia liturgia, una tradición nacida de ciertos hechos no muy antiguos pero que habían formado ya su leyenda…”. Este párrafo da de entrada la posición del colectivo, lo cual le da solvencia a Macario para enfrentar a las autoridades con respeto al ingreso y bendición del Cristo y el desarrollo de la trama de la novela.

Para tener una idea clara de cómo el escritor paraguayo utiliza el discurso religioso para incursionar en la marginalidad y subalternidad indistintamente, Hijo de Hombre es un título desde el punto de vista bíblico ambiguo, por cuanto puede referenciarse de la Biblia. Puede llamar a Jesús como el profeta Ezequiel, como lo demuestran los siguientes párrafos, tomados de uno y otro texto:

Dice Jesús: “…Al que da una palabra contra hijo del hombre se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en este mundo ni en el futuro…”.

Dice Ezequiel: “…Cuando me habló un espíritu entró en mi vida y me hizo permanecer de pie, y yo escuché al que me hablaba. Él me dijo: Hijo de Hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí; ellos y sus padres se han sublevado contra mí hasta el día de hoy…”.

Ezequiel. Cap. 2 1-4.

Desde el plano morfológico, es cambio de la proposición a la contracción es altamente significativo, puesto que nos advierte que el profeta es caratulado como hijo de un hombre, mientras que Jesús se llama a sí mismo hijo de la era humana, asumiendo así su carácter de Hijo de Dios hecho hombre para morir por la humanidad según la fe cristiana. En otro sentido, la sutil diferencia informaría que el título nos ubica indiscutiblemente en el Antiguo Testamento.

El papel de la mujer en todo el texto es de marginalidad. Lo singular de los prototipos femeninos es el desarrollo de María Regalada, sepulturera del pueblo y madre de Alejos, el cual lo está preparando para “…luchar para que esto cambie…” enfermera, prostitutas, esposas sumisas, en fin, el rol de la marginalidad en ese mundo tan real como imaginario de Augusto Roa Bastos.

La consistencia de la oralidad recae en Macario “…al que se seguían para oír sus relatos… que tenían el olor y el sabor de lo vivido. Era un maravilloso contador de cuentos y, sobre todo era la memoria viviente del pueblo…”; “sus silencios hablaban tanto como su palabra”. El eje de toda esta narración fantástica recae en la habilidad de Roa Bastos de encartar todo el esquema oral, su experiencia como soldado y su situación de exiliado, para darle vida a sus personajes desde la frontera de la subalternidad, con rostro, con referentes naturales de la cultura guaraní, que con facilidad se extrapolan a cualquier latitud de América Latina.

Presentación

La presencia en la literatura universal de la ficción latinoamericana ha dependido de escritores como Augusto Roa Bastos, cuya recepción inmediata en la academia fue casi inmediata a causa del valor reconocido de su obra.  En esta ocasión, el Suplemento pone a su alcance el análisis literario de “Hijo de hombre”, un texto complejo en el que aparece el talento consagrado del escritor paraguayo.

La contribución, a cargo de Jorge Antonio Ortega Gaytán, desgrana en pocas páginas las características más sobresalientes de la obra.  Una de ellas, por supuesto, la alusión evangélica del título mismo del libro, “Hijo de hombre”, así como las alusiones al universo de subalternidad en un espacio geográfico castigado por la pobreza y el abandono de un sector importante de la población.

Como es habitual, acompañamos al texto en mención, el análisis cinematográfico del filme “El niño que domó el viento”.  Para ello, Dennis Escobar Galicia, al tiempo que explica las claves interpretativas de la puesta en escena, observa los paralelismos con la realidad guatemalteca y ofrece su propia crítica.  Es una producción de calidad, dice Escobar, pero que desafortunadamente no suele ser vista por el amplio público.

Por su parte, para los aficionados del cuento y más en particular, las microficciones, Adolfo Mazariegos nos presenta tres relatos en donde los finales suelen ser inesperados y el sentido del humor y las situaciones accidentadas de sus protagonistas, nos hacen disfrutar de una propuesta ingeniosa.  Recomendamos su lectura por el artificio, pero más aún, por la arquitectura de la construcción breve.

Finalmente, no abandone nuestra edición sin leer la carta de Ernesto Cardenal a “Pepe” Mujica, la selección de textos poéticos a propósito del día del padre y la visión estética de Van Gogh.  Creemos que el Suplemento será de su beneplácito y eso nos compromete a seguir adelante contribuyendo en su afán por cultivarse en el ámbito de la cultura.  ¡Enhorabuena!