Dejar el muelle

Juan Jacobo Muñoz Lemus

juanjacoboml@gmail.com

"Guatemalteco, médico y psiquiatra"

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Juan Jacobo Muñoz Lemus

Con el mismo pasado podés ser mejor, estar en paz y, ser feliz.  

Volver hacia atrás es un mal hábito. Es vivir atendiendo al trauma y a los que estuvieron en él. Nadie dice que no ocurrió, pero no debemos depender tanto de eso, sino de los talentos liberadores y no descubiertos aún.  

El dolor nos hace muy subjetivos, y por eso dura en la memoria hecho verdad, sin serlo estrictamente muchas veces.  La ira no es más que tristeza acumulada y mal reconocida.  Estamos pendientes de quien nos lastimó, real o fantásticamente; lo que solo fomenta el resentimiento y la necesidad del desquite. Nadie le tiene fe a quedarse quieto y no hacer nada.

Al final son cosas que no se pueden cambiar. Solo queda cambiar uno mismo en silencio, y en la intimidad de la propia identidad.  El valor de la humildad es reconocer los límites de cada cosa, hasta de nuestras propias fuerzas y asumir que la complejidad entre la omnipotencia y la impotencia, solo es una referencia fantástica.  

Si nos desprendemos del pasado entramos en otra dimensión. Es importante conocer el allá y el entonces, para vivir en el aquí y el ahora, sin tener que disociarse. Lo importante es soltar el pasado, no al sentimiento; y no solo porque no es posible hacerlo con una decisión, sino porque el mismo sentimiento, sirve para moverse y para volar.  

No soltarse es querer navegar sin levar anclas y amarrado al muelle.  Lo sabe cualquiera que se estancó esperando resarcimientos. La idea del ajuste de cuentas podría hacer creer que se atiende el asunto, en el convencimiento de que es una decisión justa. Es más liberador imaginar que se vuela con el sentimiento, y saborear como se van tendiendo otros nuevos mientras se hace; a cambio de tener solo el mismo, si uno se aferra al pasado.

No se trata de cambiar sentimientos, mucho menos de querer a quien hizo daño. Si matar es morir un poco, tal vez partir sea matar un poco el sentimiento doloroso.

¿Cuál es el precio del aprecio y el del desprecio? ¿Y el de la soledad? La soledad no es un precio a pagar, ni vivir aislado de los demás, solo es un sentimiento.  Con quien no se vincula uno es consigo mismo, y es imposible vincularse con los demás si no se sabe quién es uno.  También para eso sirven los otros, para aprender a conocerse.

Metafóricamente puedo entender que el ser humano nace un poco loco y se va haciendo cuerdo si bien le va, entre tanta agitación y sobre exposición, incluso entre tanta preconcepción. Rozar la locura es darse la razón en cosas recalcitrantes e inveteradas. Es el juego de, si no te podés salvar en la realidad, al menos en la locura.

¿En qué punto puedo decir que ya enloquecí?  Hay que identificar la locura, como la de pedir resultados absolutos y definitivos, o exigirse cambiar en lugar de solo ser mejor.

La fantasía de seguridad es engañosa, y siempre se puede contar con que no se cuenta con ella. Así pues, constantemente estamos, queriendo emprender el camino de regreso, y de ahí tantas exigencias infantiles para no comprometernos con el futuro. Esta es la excusa perfecta para fracasar y proteger solapadamente un narcisismo que no quiere exponerse al esfuerzo y las limitaciones de la realidad.

A eso me refería, la locura es vivir fuera de la realidad, disfrazada de indignación y cuentas pendientes.