De mis memorias – Luis Alfredo Arango (Segunda Parte)

Max Araujo
Escritor

Otra anécdota que recuerdo es el viaje que hicimos en bus para participar en el “Encuentro Interregional de Escritores” que se celebró en 1988 en Totonicapán. No solo conocí esa ciudad, sino que la recorrí con los recuerdos del poeta. Fue mi guía. Me presentó a su única tía viva, doña Laurita, a quien le tenía un afecto muy especial -ella tenía una tienda frente al parque central- y a una de sus hermanas y su esposo, un ex miliar de apellido Camey.

En el recorrido me llevó al cementerio en el que un Luis Alfredo Arango, su abuelo, estaba enterrado. Con sonrisa me narró que unos alumnos de secundaria, de su tierra, habían hecho un trabajo en el que él apareció muerto antes de nacer. Ese encuentro de escritores fue importante para la literatura guatemalteca, porque dio origen al premio nacional de literatura.

Dos meses antes de su realización varias personas fuimos convocados por Leticia de Calderón -hermana de madre del pintor Elmar René Rojas- (primer Ministro de Cultura y Deportes de Guatemala, 1986-1987), en ese entonces encargada del departamento de letras de la Dirección General de las Artes del recién creado Ministerio de Cultura y Deportes, para que integráramos un comité organizador de un encuentro de escritores de provincia; nombre que fue cuestionado por Tasso Hadjidoduo, porque le pareció inapropiado, por lo que surgió el nombre de “Encuentro Interregional de Escritores”.

Fue el mismo Tasso quien sugirió que en ese evento se diera un reconocimiento a un escritor representativo de Totonicapán. Propuse a Luis Alfredo Arango. Y vino la tercera pregunta ¿qué reconocimiento se le puede dar? Días antes en una reunión de Rin 78, en casa de Juan Fernando Cifuentes, a la que se invitó a Jesús Chico, a quien no conocíamos, para proponerle la edición de libros de autores guatemaltecos. Hablamos en esa ocasión que en Guatemala no existía un premio nacional de literatura, como sí lo había en otros países.

Surgió de esa ocasión la creación del Premio Guatemalteco de Novela, -que organizamos posteriormente con la Fundación Guatemalteca para las Letras, creada -de hecho- para ese galardón-, con el patrocinio de Tabacalera Nacional. En la reunión convocada por Leticia de Calderón, dejé caer como respuesta a la pregunta una idea peregrina, ¿y porque no se crea un Premio Nacional de Literatura? Cifuentes comentó que era una buena idea y que ese mismo día hablaría con la ministra y con la viceministra: Ana Isabel Prera y Marta Regina Rosales de Fahsen (esposa de Federico Fahsen, arquitecto y epigrafista de escritura maya prehispánica).

En ese entonces Juan Fernando era el encargado de Editorial Cultura, creada a propuesta de él. Dicho y hecho. A los pocos días, mediante un acuerdo ministerial, nació el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias. Mi trabajo posterior consistió en llevar a Arango a Totonicapán. A los presentes en el encuentro se les invitó para un acto en el Teatro Municipal de la localidad. Grande fue la sorpresa de Arango cuando ahí se anunció que el acto era para reconocer su obra literaria con del Premio Nacional de Literatura.

La medalla respectiva fue hecha a la carrera y no se entregó ninguna cantidad de dinero. La funcionaria que presidió el acto fue la licenciada de Fahsen. Pasados los años Arango manifestó su inconformidad, en forma verbal, porque a los siguientes premios se les dio una medalla apropiada y una cantidad de dinero. Esta falta se subsanó cuando, ya de Ministro de Cultura y Deportes, Augusto Vela, previos trámites de ley realizados por Cifuentes, en un acto un íntimo, en la recordada casa de la once calle de la zona 1 -antigua sede de la Dirección de Bellas Artes-, a petición del mismo Juan Fernando, le hice entrega de un cheque por treinta mil quetzales y se le sustituyó la medalla anterior por una apropiada.

Con el dinero recibido Arango compró un vehículo Totoya, de color celeste, pero no dejó su conocido “hondita verde”, e hizo unos arreglos en el patio trasero de su casa, para habilitarla como vivienda de su hija Laura, su esposo y su hijita.

Otro hecho que vale la pena mencionar fue el viaje que Luis Alfredo hizo a París, organizado por el escrito Pepe Mejía, guatemalteco radicado en esa ciudad. El boleto del mismo se compró con la ganancia que con Luis Ortiz obtuvimos por la edición y publicación del libro “Got seif the Queen” del beliceño David Ruiz. Es una de las obras que han salido con el sello de mi Editorial Nueva Narrativa. Para los gastos de estadía Cifuentes le pagó derechos de edición. No recuerdo de cual libro. En Paris se hospedó en la casa de Mejia, y mantuvo entrevista con distintas personalidades entre ellas el crítico Claude Couffon, quien conocía de su obra. Regresó feliz del viaje por las atenciones que recibió.

Otro viaje memorable que realizamos con Arango en 1989 fue la visita, de un solo día, ida y vuelta, a San Salvador, con el novelista Denzil Romero (venezolano), Cipriano Fuentes y Juan Fernando Cifuentes, para comunicarle a José Roberto Cea que había ganado el Premio Guatemalteco de Novela con la obra “ En este paisito nos tocó y no me corro”. El viaje de ida no fue tan agradable para mí, ya que cada cierto tiempo solicitaba un alto en el camino por los malestares que una “goma” me causó. En San Salvador nos reunimos con el galardonado y otros dos salvadoreños, -no recuerdo sus nombres- para almorzar en un restaurante de asados. Escuchábamos constantes ráfagas de ametralladoras por enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército. Los anfitriones no se inmutaron con ese acompañamiento.

De las visitas sabatinas a donde Arango coincidí, en distintas ocasiones, con otras personas. Recuerdo cuando María Arranz le llegó a visitar con Efraín Recinos, para entrevistarle. Ella preparaba su tesis de graduación como licenciada en filosofía y letras por la Universidad Rafael Landívar con un trabajo sobre el “Grupo Nuevo Signo”, que después se publicó en la Tipografía Nacional como libro; así como las constantes llegadas, durante un tiempo, de Rodolfo Arévalo (nieto de Rafael Arévalo Martínez), que llegaba para conversar con el poeta para tener datos para la tesis de graduación -licenciatura en letras, por la Universidad del Valle-.

Su trabajo tuvo como uno de sus ejes la influencia de lo indígena en la poesía de Arango. Otras ocasiones fueron las visitas de Irene Piedra Santa, para cuando Arango escribió la novelita “El país de los pájaros”, que tuvo una gran difusión por la secretaría de educación de México. Irene es una experta en literatura infantil. Asesoró a Arango sobre cómo debía escribirla -en lo técnico, no en su contenido-. Ella fue la intermediaria con los editores mexicanos.

Otras visitas que recuerdo a la casa de Luis Alfredo fueron las de los escritores mexicanos Carlos Montemayor y Eraclio Zepeda, a quienes yo llevé -en ocasiones distintas- a su estudio. Con Zepeda surgió una anécdota que vale mencionar. Este se fijó en una foto que en una pared de su estudio tenía Arango, y le preguntó ¿Por qué tienes una foto de Pancho Villa? El interpelado le contestó “es mi abuelo”. Esto no tendría nada de raro, si no fuera porque el apellido -nombre legal – de Villa era Arango. No puedo dejar de mencionar el almuerzo, que, con una empresa de catering, pagada por Cipriano Fuentes, tuvimos en el pequeño estudio de Arango con Rogelio Sinan (panameño) y Eduardo Liendo (venezolano), cuando estos reconocidos escritores fueron jurados de uno de uno de los premios guatemaltecos de novela. Fue una charla de conocimiento entre grandes de la literatura. Me excluyo de esa afirmación.

Me consta de la amistad y el cariño reciproco que existió entre Paco Morales Santos y Eduardo Villatoro con Arango, con quienes -y con Delia Quiñonez, Antonio Brañas y Roberto Obregón-, fueron integrantes del Grupo Nuevo Signo, valioso para la literatura guatemalteca. Lo reitero por las veces que nos reunimos con ellos dos. Una de estas cuando organizamos una cena en el restaurante Altuna, de la zona uno, para celebrar los setenta años de Luis Alfredo. Nos confesó ese día que no se quitaría la barba porque era un privilegio llegar a esa edad. En esa cena le dimos un pequeño objeto -un venado de metal, bañado en plata-. En la cena también estuvieron presentes Carlos René García Escobar, Ak´abal, Tasso, William Lemus y Luis Ortiz.

Arango nos acompañó también a muchas de las celebraciones que tuvimos en la sede de la Asociación Módulos de Esperanza en la colonia El Amparo y a eventos de la Fundación Guatemalteca para las Letras. Arango me acompañó a fiestas de mi familia, en la ciudad y en San Raimundo. Conoció y compartió con las tres novias que tuve en el tiempo que compartimos.

Dos anécdotas que a Arango le provocaban risa -cuando las contaba- son las siguientes: En una ocasión le lustraban sus zapatos, sentado él en una de las bancas del parque central de la ciudad de Guatemala, quien le daba ese servicio, una persona mayor, le dio un cómic para que lo leyera, pero se arrepintió y le dijo “no usted no es de los que leen eso”, se sacó un libro que lo tenía ya deteriorado, en una de las bolsas traseras de su pantalón, y le dijo “le tengo esto”, se lo dio – era un ejemplar del libro de cuentos ”Lola dormida”, del propio Luis Alfredo. Unas leves lágrimas salieron de sus ojos, “no quise decirle que yo era el autor, no quise que perdiera el encanto”.

La otra cuando en el intermedio de una presentación en el Teatro de Cámara “Hugo Carrillo”, del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, una persona se acercó a saludarlo muy amablemente y le expresó que era un admirador de su obra, que la leía constantemente. Él se lo agradeció. Cuando se despidieron su interlocutor le dijo “fue un gusto conversar con usted maestro Monteforte”.

Termino este recordatorio-homenaje sobre mi hermano-amigo con un texto que Luis Ortiz me solicitó para una publicación artesanal que él hizo con poemas de Arango, muy al estilo de lo que Luis Alfredo nos hacía: plaquetas de distintos tamaños, hojas sueltas, libros pequeños, etc.- Fue un artista de la ilustración, el diseño y la corrección de textos, por su experiencia como lector, escritor y como ex trabajador en una agencia de publicidad; razones por la que su último trabajo, que tenía cuando su muerte, fue en el Banco de Guatemala, como corrector de pruebas. Cargo que le dieron por sugerencia del doctor Francisco Albizúrez Palma.

“Luis Alfredo Arango, un ser de luz.

Hace un tanatal de años conocí a un joven viejo que al mismo tiempo era un viejo joven, que llevaba en sus espaldas un cacaste lleno de toda la sabiduría del mundo; que nunca dejaba, ni cuando se transformaba en clarinero -su nahual-. Cuando nos sentábamos a platicar él abría dicho cacaste y comenzaba a sacar historias, frases y poemas. Lo escuchábamos con atención, para que se nos quedara, lo que con su voz grave y pausada nos contaba. Pero el cacaste era infinito y nunca se vació, por lo que no llegamos a conocer ni siquiera la millonésima parte de su contenido. Una tarde, de un sábado de marzo de mil novecientos ochenta y cinco, en Kaminal Juyú; lugar donde sobre un montículo maya construyó su casa-templo, me contó que después de vagar por el mundo, pasado un tiempo, decidió escribir sobre papiros, imitando a los antiguos escribanos egipcios, lo que sacaba de su cacaste. Poco a poco, de vez en cuando, nos entregaba a los amigos esos textos, algunas veces en forma de libros, otras como folletos y no pocas ocasiones en manuscritos. Fue así como un día le entregó a Luis Ortiz “Los poemas de Al Farid”, uno de los nombres que usó en tiempos pasados, con el encargo que los compartiera con los demás. Hecho esto, cansado de tanta injusticia, y de tanta maldad, emigró a otras galaxias, en las que sigue compartiendo la sabiduría que lleva en su cacaste. Es así pues que este manuscrito se quedó entre nosotros, escrito de su puño y letra. Es el que, en este momento, ya reproducido, se encuentra en sus manos, para que lo lea y lo medite. No se arrepentirá de hacerlo, porque es un tratado de sabiduría.

Y para quienes saben de poesía es una obra de arte.

Max Araujo
San Raymundo, tierra de pinos”

Diario La Hora
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