COVID-19 ¿en qué enredo estamos?

Alfonso Mata

En este momento, hacer cálculos precisos de muertes e infectados no es posible. Si es, de los políticos y mercaderes de la salud, sinvergüenzas y sus sinverguenzadas y lo que tratan de embolsarse. Por consiguiente, no es posible los cálculos de lo que está ocurriendo y provocando el COVID-19, porque no se han hecho consideraciones en las estadísticas y cálculos que se hacen, de factores como la pobreza, la falta de servicios y el acceso a la salud, dentro de los escenarios actuales y futuros que se han planteado, para trabajar la pandemia.

No cabe duda que el conocimiento de lo que estamos haciendo proviene de otras zonas en que la pandemia va más avanzada. A pesar del resentimiento de muchos, ha obligado a la intervención sobre la movilidad social de la población, y aunque esta se ha hecho en forma tal que no es ni chicha ni limonada, las medias que se han implementado han evitado una explosión súbita del problema, pero estamos en un momento que ya se necesita de una intervención integral, como medida necesaria para la contención del CVID-19, que sea apoyada con vigor por el gobierno, más allá de posiciones políticas y económicas de intereses personales.

Es evidente en este momento, que no hay tradición de voluntad política, ni hay disciplina colectiva en defender la vida; gran parte de ello debido a la violencia y corrupción que por décadas ha anidado dentro de la sociedad y el Estado y, por eso, no hay conciencia ciudadana ni ejecución política clara, para proteger a los demás. Eso traerá serias complicaciones a la lucha contra la pandemia, tanto económicas como sanitarias, pese a ser la única salida en este momento (y la más económica) para que el sistema nacional de salud, pueda manejar a un ritmo adecuado la pandemia. Ello, insisto, demanda de mayor firmeza del estado y convicción de autodisciplina del pueblo; pero temo que la fisura en la contención social que a diario vemos, ya puso al sistema de salud contra la pared y si a eso sumamos la falta de coordinación existente entre el Ministerio de Salud Pública, el IGSS y la medicina privada, eso nos presenta para las próximas semanas, un escenario de difícil control de la propagación y poco manejable.

Lo que ni políticos ni sociedad acaba de entender, es que estamos ante una enfermedad que es fundamentalmente en su aparecimiento y propagación un hecho social. Hecho por el lugar en que se hace y por lo que en este momento genera, y es por ello que, la única forma de controlarlo implica movilidad (detención) y distancia entre seres humanos. Eso es totalmente independiente de la procedencia del virus y de su impacto económico o comercial. Sólo el control social, puede evitar que el proceso no se acentúe. No existe en este momento, ni fármaco ni atención médica que pueda detener la propagación del SARS-Cov-2.

El otro elemento fundamental es la clasificación de la población, se insiste en no hacerla. Dentro de la población, hay tres tipos de personas que en igual nivel de importancia, colaboran a que la difusión del virus continúe: los susceptibles, los infectados y los recuperados y lo principal es que los susceptibles (los que no hemos sido tocados por el virus pero lo podemos ser) nos podemos rápidamente infectar y para eso es que hay que quedarse en casa y cumplir con las normas sanitarias. Pero sin conocer el volumen de casos en cada una de esas categorías, mapear su situación y seguimiento, se hace difícil establecer las estrategias de combate. Por supuesto que los salubristas entendemos que todo ello pone en jaque empresas e instituciones, pero no hay otra. No hay otra alternativa, debemos quedarnos en casa y sumar a ello las pruebas para discernir quiénes son donde están y cuantos son, esos grupos mencionados.

Guatemala no está luchando de ayer con las epidemias y las pandemias. Desde hace décadas (y no hay modelo material que hayamos implementado) no hemos logrado frenar que haya más casos de desnutrición y otras infecciones y enfermedades no infecciosas, y nos hemos acostumbrado, pueblo y gobiernos, a ver de lo más natural lo que sucede en nuestro suelo y, consideramos esos eventos, como cosa inevitable. En el presente caso, entendamos, hay que dar oportunidad al Sistema Nacional de Salud, para que pueda actuar conforme a lo deseable y lo deseable es obtener un índice de recuperación óptimo ¿Qué quiere decir eso? Obtener al menos, un ritmo de propagación de casos infectados versus recuperación que sea = 1 RO= 1 cómo le llaman los expertos. Sí ese índice es menor que 1 la cosa está controlada. En el caso de la desnutrición, de las IRAS, de las diarreas, de las enfermedades crónicas, si fuera inferior a uno, dejaríamos de tener una endemia nacional de todos esos males. Ese índice no lo hemos logrado en las endemias que tenemos, salvo en las enfermedades que se controlan con vacunas. Por eso, nuestros sistemas de salud son caóticos, RO siempre es mayor que uno, siempre hay más nuevos casos que enfermos y desnutridos curados y evitados.

Pero ¿por qué es importante no dejar que se precipite la pandemia? Algunas razones ya las dimos, a lo que se suma que todos los males de salud endémicos que hemos señalado, son factores de riesgo para que se den complicaciones y letalidad en el COVID-19 y a la vez aumento de los casos de enfermedades crónicas desatendidas, por lo caótico de atender a los pacientes de la pandemia. Lo más probable es que tengamos limitaciones en la atención de ambos y no hay presupuesto nacional que aguante, ni para lo que se avecina próximo, ni en el futuro, con el consiguiente aumento de desnutridos, casos de infecciones respiratorias y digestivas, enfermos crónicos a la par de los que produce la pandemia.

Por consiguiente, lo que menos solucionará en este momento y en el futuro, es apostar solo a un caballo: la atención de casos. Es la atención en la movilización social y un sistema diagnóstico y de vigilancia amplio, democrático y gratuito, de categorías de estado, que controle la trasmisión, lo que urge. Ambos sólo posibles a través de estrategias socio políticas. La situación y el análisis debe ser socio político a la par que médico. La situación e impacto de las epidemias, siempre cruza y e incide en las clases más necesitadas. Eso no se puede tapar con discursos y eso volverlo motivo de campaña política, no soluciona.

Por consiguiente, una mayor solución requiere de descentralizar LAS INTERVENCIONES. Dentro del proceso, cada quien debe responder de lo que pasa en su rancho. No sabemos cuál va a ser el impacto y la situación derivada de la agudización del alza de casos en todos nuestros grupos de edad y sociales y económicos. Estamos ante un virus de afinidad por tejido pulmonar que es susceptible de declive en su funcionamiento y organización en personas de mayor edad, pero que, de igual forma es muy posible que afecte más a personas con desnutrición, enfermedad crónica sobreañadida, obesidad que facilita al virus al ataque pues: el pulmón al igual que el trabajo del sistema inmunológico, tanto de los ancianos como de los sujetos que padecen comorbilidad, se altera y se vuelve susceptible a complicaciones. Probablemente las personas que viven en hacinamiento y en malas condiciones ambientales, también se convierten en posibles candidatos a generar cuadros aparatosos.

Lo que sí es observable a través de la vida diaria de la nación y que resulta deleznable, es que el COVID-19 no solo trajo un virus, sino muchos apetitos humanos en juego, que a diario resaltan en los medios de comunicación. Apetitos como: ansias de poder, de prestigio, avaricia en venta de medicamentos y de equipos y alimentos, con usura y ambiciones y privilegios futuros, en qué resaltan políticos, instituciones y comerciantes y como lo que más deja en eso es la medicalización de la epidemia, hacia eso apuntan autoridades, comerciantes y las esperanzas del pueblo. Pero insisto: la atención de casos infectados no va a solucionar el problema. Una lógica política y privada en ese sentido salvará vidas, pero no soluciona el problema de salud de la epidemia, que también provoca la pobreza y muerte y entonces estamos a punto de ver crecer índices más graves de inequidad en salud, que puede llevar a más enfermos, enfermedades y muerte que el coronavirus. La pandemia, tenemos que entender, no tiene solo que ver con muerte, tiene también que ver con condiciones de vida y ese futuro ya lo tenemos encima. La salud de la población está en crisis, no sólo el sistema de salud y, ambos, pueden entrar en crisis Irreversible y eso no aporta dividendos ni al político ni a la economía de la nación ni a los intereses de la familia y los ciclos de vida que en ella se dan. Hace falta un debate profundo político-científico-ético, para re-planificar la salud de la población y sus sistema de salud.

La gran pregunta final recae sobre un escenario dantesco: Nuestro sistema de salud no podrá atender simplemente lo que se avecina y evitar una elevada cantidad de muertes directas e indirectas (por otras causas actuales) y entonces ¿cuál es la estrategia?.