Comunicación para un mundo en crisis

Edna Portillo
Docente e investigadora

“Al ofrecer a su amada la primera guirnalda, el hombre primitivo se eleva sobre la bestia, saltando sobre las necesidades burdas de la naturaleza, se hace humano; percibiendo la sutil utilidad de lo inútil, entra en el reino del arte”.
Kakuzo Okakura (1906) El libro del té

En el mundo actual las personas se desplazan presurosas sin ver hacia otro lado que no sea su camino; se pierden de ver otros rostros, de percibir sonrisas, de contemplar un cuadro o un amanecer. Actúan como robots y esclavos. Vivimos en países de personas afanadas en descalificar al otro, en donde nadie se quiere quedar en donde está por bien que esté porque no se concentra en su esencia; siempre está viendo al otro lado, como si, a lo Milán Kundera, pensara que “la vida está en otra parte”.

En su búsqueda de lo material, se olvida de celebrar la vida, de reír, encontrar el gozo en lo sencillo y lo cotidiano, porque está siempre a la espera de grandes logros, muchos bienes, toda la gloria. La vida moderna, además de estar sometida por el mercantilismo, está a merced de quienes ostentan el poder de la comunicación y los avances de la tecnología contribuyen a que la búsqueda de la verdad se vea obstaculizada por la apariencia de realidad de lo que acontece en la vida diaria.

La multiplicidad de señales, el desarrollo de soportes tecnológicos personalizados, como los dispositivos personales, las grabaciones en video, los teléfonos inteligentes, constituyen una modificación en la producción y consumo de la información y la comunicación.

Se pretende convencer a la personas de que son autónomas, libres para gobernar su vida: de elegir y de cambiar programas a través del control remoto, de ver anuncios o no, de navegar con su imaginación o de hacerlo por internet y mucho más; sin embargo, lo cierto es que en la medida en que el ser humano domina la tecnología, también está siendo dominado por ella. Se requiere de criterio, madurez y carácter para no ser víctima y esclavo de esta manipulación diseñada para la alienación de las mentes.

Cada vez, cada día, existen menos límites para los medios de comunicación de masas. Sin estar, propiamente, a merced de una hipnosis colectiva, como temían algunos estudiosos conservadores como Elliot y Ortega y Gasset, el riesgo sí está latente, de que el mundo sucumba ante una saturación de información y de las tendencias de los medios.

La utilidad de la tecnología es innegable y su uso racional y racionado facilita el trabajo humano en lo laboral, en lo académico y hasta en lo social, pero hay factores que determinan e inciden en la vida de una sociedad que fácilmente puede perder la idea de realidad e introducirse en mundos paralelos que parecen tangibles y que están alejados de la realidad.

Gustave Le Bon y Gabriel Tarde (1922) denominaron “Psicología de masas” a esas técnicas propagandísticas, que tuvieran tanta influencia en los ambientes políticos. Esta teoría fue atacada, porque se consideraba aventurado y sin bases sostener que las acciones de las multitudes se deben a factores psíquicos o creencias y que estas sostienen, a su vez la vida social. Esa corriente de pensamiento consideraba que no todo puede estar basado en la ciencia, sino que necesita los cimientos de creencias que dan, a las masas, la coherencia mental y la certeza afectiva.

En la vida moderna puede atisbarse el comportamiento de los grupos sociales desde el punto de vista de psicología de masas, pues basta ver el entorno cotidiano para determinar que se está bajo el influjo de la necesidad de pertenecer, de ser; hay una búsqueda de identidad que ha sido el campo más fecundo para las personas solitarias, inseguras, disminuidas emocional y espiritualmente. Y esa ha sido una gran estrategia del mundo dominante para que las personas se sientan parte de un entorno que, en realidad, les es ajeno y lejano.

Le Bon sostenía que las masas son resultado de la suma de individualidades, unidas por un sentimiento común, que las hace actuar de manera inconsciente: el nazismo, por ejemplo, en el cual la persona carecía de voluntad. Eso significa que no son pensantes individuales, sino masas, conjuntos amorfos que repiten porque se resisten a pensar. Aquí hay una falta de estrategia a todas luces; se comunican sin destino y sin camino. Por eso necesitan un líder o caudillo y este tampoco sabe qué hacer y menos cómo hacer las cosas. ¿A dónde lleva a un pueblo la falta de líderes con una estrategia definida, determinada y clara?

Es común que la gente se deje seducir por series televisivas que enmarcan una vida feliz, interesante, atractiva y en esos programas de televisión nadie tiene tiempo ni interés en cuestionarse nada de la vida; en esas grandes ciudades, las más importantes del orbe, el individuo es el centro de su pequeño mundo. Se ven los colores, las luces, la música, pero no se ven la soledad, el mecanicismo de las acciones, la mediocridad y las rutinas de las personas inmersas en ese mundo de estrellas.

Y en esa competencia de la ciudad-marca, en su lucha por ser la mejor, se olvidan de las personas, quienes dejan de verse a sí mismas para ver al otro. Son personas que aspiran a estar en ciudades superiores: Milán, París, Londres. De ahí que la columna vertebral de la manipulación de los medios de comunicación masiva en nuestro mundo actual la constituya la explotación del ego.

Las personas del mundo moderno necesitaríamos tener nuestras propias estrategias de comunicación para no formar parte de una masa informe y sin cabeza; se habla continuamente de que uno de los grandes logros de esta era es la individualización; nunca eso ha sido más falaz. Los ciudadanos de esta era no tienen vida propia; toda su vida gira alrededor de los demás, de lo que piensen los demás, de cómo los ven los demás. Están inmersos en un mundo como el de Black mirror, apantallados por el brillo de los demás y sumergidos en la sombra: encuadrados en el teléfono inteligente, las pantallas de las computadoras, la televisión, las tablets; son espejos negros que exponen la vida de los otros, pero no reflejan a quienes están frente a la pantalla. Todos deben vender bien su imagen, posicionarse como una empresa, enviar las mejores fotos, compartir sus mejores momentos, lograr el éxito. Sin embargo, detrás de esa pantalla hay soledad, temores, incertidumbres y vacíos que pretenden llenar de mundos fantásticos, virtuales.

Se vive en un mundo y una era en los que todo se convierte en fetichismo y mercancía: se necesitan tantas cosas para llenar los vacíos emocionales. Los libros son tomados como objetos muertos, el arte en general ha perdido su esencia, para convertirse en una pose ante los demás, para parecer alguien más y no para ser quien se es.

No es una casualidad que Marx (1875) inicie la redacción de El Capital con la siguiente afirmación: “La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un inmenso arsenal de mercancías…”.

Las pantallas, en nuestra sociedad están sirviendo de eso: de pantallas para que no se vea quién habla, quien delinque, quién ofende, quien chantajea y trueca. La pantalla oculta a cada quien, estamos empantallados y apantallados por el mundo de colores que nos pinta una mente que está utilizando una estrategia comunicativa efectiva, pero inmoral. En eso está cayendo la humanidad y se corre el riesgo de que esto aumente cada vez más. Y detrás de toda esta dependencia y obsesión hay una mente que manipula: piensen así, actúen así, hagan esto para lograr todo lo que se desee.

El mundo al que se refiere Huxley en su obra Un mundo feliz está inspirado en un proceso de fertilización in vitro, diseñado para crear solo gente bella, inteligente, perfecta, para cuyos fines se ha dejado atrás familia, diversidad, arte, literatura, religión, filosofía y valores: se ha dejado la vida de verdad. De ahí la ironía del título de esta obra de Aldous Huxley, que fue tomado de una obra de Shakespeare: La tempestad, en cuyo Acto V, Miranda pronuncia su discurso:

“¡Oh, qué
maravilla!
¡Cuántas
criaturas bellas
hay aquí!
¡Cuán bella es
la humanidad!
¡Oh, mundo feliz,
en el que vive
gente así!”

De ahí que en este mundo de señales en el que vivimos, la palabra sea la señal por excelencia. Y cuando se dice así, la palabra, esta toma otras connotaciones y otro valor: es la palabra empeñada, es la palabra prometida, es la palabra que pertenece a todos, la palabra que se dice; la palabra de aliento, la palabra que lleva la paz; es la palabra que habita entre los hombres; también es la Palabra del Evangelio que promete salvación y vida eterna. Y el gran desafío y compromiso de la comunicación estratégica debería ser llevar la palabra a los hombres tal cual es: la verdad.

Hay algo, sin embargo, que es capaz de salvarnos de este mundo de apariencias, de personas manipuladas por el entorno, por las redes… y convertirnos en personas de verdad, algo que nos haga llegar a ser seres humanos y esto es la educación. Por tanto, Me permito citar a Víctor Hugo, poeta, novelista y ensayista francés, quien sentencia en el siglo XIX que la crisis de un Estado no se supera recortando los fondos para la cultura, sino aumentándolos:

“Afirmo, señores de la Asamblea que las reducciones en el presupuesto
especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas.
Son insignificantes desde el punto de vista financiero y nocivas para
todos los demás puntos de vita. Insignificantes desde el punto de vista
financiero. Esto es de una evidencia tal que apenas me atrevo
a someter a la asamblea el resultado del cálculo proporcional que he realizado…”.

Es evidente que en la actualidad, existe una tendencia a desaparecer o disminuir las Humanidades de los programas académicos; hay una reducción en los presupuestos de las instituciones educativas tanto privadas como públicas; se vislumbra con terror la desaparición de museos, bibliotecas, archivos, conservatorios y, en cambio se evidencia un falso resplandor de conceptos como emprendedurismo, tecnología y productividad.

Y sin que dichos términos tengan connotación peyorativa, pues son acciones necesarias en los procesos de la vida, no son los que habrán de salvar al ser humano de la ignorancia, la mediocridad y la infelicidad.

Es indudable que la lógica exclusivamente empresarial pone en riesgo la existencia de instituciones que sostienen la verticalidad y la esencia de los seres humanos: institutos de investigación, bibliotecas, centros de cultura. Al respecto, expresa Víctor Hugo:

“Cuando la crisis atenaza a una nación es más necesario que nunca duplicar los fondos destinados a los saberes y a la educación de los jóvenes, para evitar que la sociedad caiga en el abismo de la ignorancia”.

Pese a que el tono de esta reflexión pareciera de desilusión por las amenazas de fuerzas que no nos permite sentirnos parte de un todo; de una fuerza que nos aparta de la esencia del ser, no ha sido esa la intención primaria, sino la de hacernos reflexionar para ser mejores personas, más conscientes de la realidad y del papel que corresponde realizar para el desarrollo del país. Y saber y sentir que, las palabras de Epicteto, en el siglo I de nuestra era, con las que inicia su obra Enquiridión están siempre vigentes: “Hay ciertas cosas que dependen de nosotros y otras que no”.

Parece tan simple y sencillo ese enunciado, pero en él radica precisamente lo que puede salvarnos: hacer o cambiar aquello sobre lo que sí tenemos control. Tenemos el control de qué leemos, qué cine o programas televisivos vemos, qué carrera estudiamos, en dónde trabajamos, con quiénes nos relacionamos; tenemos el control de elegir ser una persona útil al país o solo servirnos de él; actuar con ética o apartarnos de ella.

Estemos pendientes del crucero que nos manda la vida en un país que requiere de una buena comunicación, de una comunicación estratégica y de seres humanos capaces e íntegros en todos los procesos en los que se desempeña: económicos, políticos, sociales, académicos, laborales y sin la comunicación, todas las áreas del conocimiento dejarían de compartir sus saberes y las personas estarían dispersas sin un eje intelectual y espiritual.

PRESENTACIÓN

La facilidad de acceso a la información ha cambiado nuestra conducta de diferentes maneras.  Por un lado, ha favorecido la investigación y potenciado los estudios en todos sus niveles, por otro, sin embargo, el acceso a las redes ha servido para la manipulación de las conciencias, el encubrimiento de delitos y hasta para la reproducción de noticias falsas.  Nunca como hoy la humanidad ha requerido espíritus analíticos y críticos para la sobrevivencia en una cultura en que lo falaz está al alcance de la mano.

La reflexión que nos propone Edna Portillo aborda el tema.  Su “Comunicación para un mundo en crisis”, al tiempo que celebra las ventajas de la era de la información, pone en guardia a una civilización fácilmente arrastrable por senderos donde la palabra esté al servicio de intereses poco transparentes.  La experta lo resume así:

“Las pantallas, en nuestra sociedad están sirviendo de eso: de pantallas para que no se vea quién habla, quien delinque, quién ofende, quien chantajea y trueca. La pantalla oculta a cada quien, estamos empantallados y apantallados por el mundo de colores que nos pinta una mente que está utilizando una estrategia comunicativa efectiva, pero inmoral.  En eso está cayendo la humanidad y se corre el riesgo de que esto aumente cada vez más. Y detrás de toda esta dependencia y obsesión hay una mente que manipula: piensen así, actúen así, hagan esto para lograr todo lo que se desee”.

Nuestra edición le ofrece, de igual modo, la carta reciente del Papa Francisco en el marco del centenario del nacimiento de san Juan Pablo II.  Con el texto, su Santidad, no solo reconoce el impacto de su antecesor más allá de lo político y lo religioso, sino que conecta con un mundo católico que con excepciones ha reconocido las virtudes del Papa polaco.  Llama la atención, por lo demás, su reflexión al poner a Wojtyła al nivel de los dos únicos Papas que fueron llamados “magnos”, Leon I y Gregorio I.  ¿Qué tan “magno” fue Juan Pablo II?  Eso es algo que deja abierto al tiempo.

Deseamos que la lectura sea de su provecho.  No deje de escribirnos cuando pueda y compartirnos su comentario sobre los textos y/o la edición.  Para nosotros siempre será un gusto saber de usted.  Seguimos en contacto y mucho ánimo.  Que la esperanza no se apague mientras la propaga por el mundo.  Hasta la próxima.