Cómo muere la democracia, lección para tomar nota

Oscar Clemente Marroquín

ocmarroq@lahora.com.gt

28 de diciembre de 1949. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, Periodista y columnista de opinión con más de cincuenta años de ejercicio habiéndome iniciado en La Hora Dominical. Enemigo por herencia de toda forma de dictadura y ahora comprometido para luchar contra la dictadura de la corrupción que empobrece y lastima a los guatemaltecos más necesitados, con el deseo de heredar un país distinto a mis 15 nietos.

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Esta mañana se publica en la página editorial del diario New York Times una importante opinión en la columna de Paul Krugman sobre situaciones que se están dando en Estados Unidos y que coinciden exactamente con lo que el año pasado dijeron en su libro (How Democracy Dies) los politólogos Steven Levitsky and Daniel Ziblatt con respecto a la agonía de las democracias en muchos lugares del mundo debido a prácticas en el ejercicio del poder que utilizan el populismo para ir minando las instituciones fundamentales de la vida democrática. Krugman ha sido un firme crítico de muchas de las acciones del presidente Trump y en su artículo analiza varias de las situaciones en las que se ve cómo la sociedad norteamericana está empezando a aceptar como “normales” situaciones que son realmente aberrantes para el ejercicio de la democracia.

Pero lo que Levitsky y Ziblatt advertían con preocupación en muchos Estados con gobernantes destruyendo los cimientos democráticos se ha extendido por muchos lugares, incluyendo Guatemala, porque las autoridades han logrado que haya aceptación hacia sus abusos y que los mismos se consideren como algo normal. La corrupción y su defensa, como ha venido dándose en nuestro país, llegan a constituir la columna vertebral del sistema y la gente la acepta de manera sumisa, aun sabiendo cuáles son sus terribles implicaciones. Vimos cómo el gobierno se esmeró y utilizó todo su poder para destruir los avances que se habían logrado en el combate no sólo a la corrupción sino a la impunidad y, a pesar de las evidencias, la opinión pública finalmente terminó aceptando esa acción sin inmutarse.

Así como en Estados Unidos preocupa la postura del gobierno respecto a la prensa, a la que llama mentirosa simplemente porque hace ver las mentiras obvias del gobierno, como el descaro que hubo al hacer una presentación en el Despacho Oval de la Casa Blanca modificando con un burdo marcador el cono de áreas posiblemente afectadas por el huracán Dorian, simplemente para que Trump sintiera que salía en caballo blanco ante críticas que se le formularon, en Guatemala la prensa independiente se ha convertido en uno de los objetivos del Pacto de Corruptos y su adalid, el mismo Presidente, es el encargado de dirigir la campaña para minar una institucionalidad que ayuda al funcionamiento de pesos y contrapesos que es vital para la democracia.

En Estados Unidos se llega al colmo de que una entidad científica y apolítica, como la Administración Nacional en temas Oceánicos y Atmosféricos es forzada, bajo amenaza de despido de los técnicos, a respaldar la patraña presidencial. Si eso se hace con científicos, qué no se hará con políticos que están más prestos a acomodar sus puntos de vista para quedar bien y dar el oportuno chaquetazo a quien tiene más poder.

Así como aquí se aceptó que dar facturas falsas “no es punible” y que comer gallina en crema con loroco con narcos tampoco es algo grave, en Estados Unidos los negocios hoteleros del Presidente se benefician con descaro hospedando a miembros del gobierno y hasta a los militares, tomando lo que antes era un abuso inaceptable como la cosa más normal del mundo. Esa normalización del mal es seguramente lo que pondrá cruz y calavera sobre las cacareadas democracias.