Carlos Figueroa

carlosfigueroaibarra@gmail.com

Doctor en Sociología. Investigador Nacional Nivel II del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. Profesor Investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Profesor Emérito de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede Guatemala. Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos. Autor de varios libros y artículos especializados en materia de sociología política, sociología de la violencia y procesos políticos latinoamericanos.

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Carlos Figueroa Ibarra

La primera vez que supe del general Colin Powell fue en febrero de 1991, al final de la operación “Tormenta en el Desierto”, nombre que se le dio a la guerra de cinco semanas que terminó expulsando a los iraquíes de Kuwait. Me impresionó verlo en la televisión durante una conferencia de prensa en la que informaba del éxito fulminante de la campaña militar, mientras un aura de respeto invadía la sala repleta de periodistas y fotógrafos. Era Powell la figura perfecta para los designios del imperio estadounidense: apuesto a sus 54 años, de gran estatura (1.87), hablar sereno y pausado, una leve sonrisa que se le esbozaba en ojos y labios. Tenía además una cualidad que le daba una gran legitimidad a los designios imperiales: era negro.

Su ascenso al grado de Jefe del Estado Mayor Conjunto de las fuerzas armadas estadounidenses y su papel como estratega de aquella guerra al mando de una fuerza multinacional de 34 países, era el ejemplo perfecto de cómo la democracia estadounidense y el American Dream encubrían aquella guerra imperial, cuyo propósito era asegurar el dominio de una zona estratégica por su petróleo y refrendar el liderazgo mundial de EUA después de la victoria sobre la Unión Soviética.

Los obituarios en ocasión de su muerte, destacan ese hecho. Nacido en Harlem y criado en el Bronx, Colin Powell llegó a general de cuatro estrellas sin haber estudiado en Westpoint. Sus orígenes humildes lo hicieron estudiar en un City College e iniciar su carrera militar en el Cuerpo de Capacitación de Oficiales de Reserva de donde se graduó con honores y con honores sirvió en su primera estancia en Vietnam. Pero aquel dotado muchacho afroestadounidense, convertido en ejemplo de lo que se puede lograr “en una tierra de oportunidades”, fue también avezado y entusiasta constructor de los designios imperialistas de su país.

En ocasión de su segunda estancia en Vietnam (1968-1969), dio un informe complaciente ignorando las denuncias sobre la masacre de 350-500 campesinos en My lai. Ascendió durante el mandato de Reagan en el Consejo Nacional de Seguridad y luego encabezó al Estado Mayor Conjunto, participando en la conducción de la invasión a Panamá. Además de ser el primer negro encabezando al Estado Mayor Conjunto, fue el primer negro en dirigir el Departamento de Estado. Como tal pronunció el discurso en la ONU del 5 de febrero de 2003, en el que aseguró tener pruebas fehacientes de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Lo que era una falsedad sirvió para iniciar la segunda guerra contra ese país que ha costado 900,000 vidas y la destrucción de ese país.

Acaso fue un buen hombre. Dedicó sus últimos años con su esposa Alma, a una fundación que propicia la educación de los jóvenes especialmente afroestadounidenses. Powell se alejó finalmente del Partido Republicano y principalmente de Trump. Predijo que su alegato de 2003 sería “prominente párrafo en su obituario”. Acontece que montado en las alas del águila imperial, hasta un ángel se vuelve un demonio.

Carlos Figueroa
Doctor en Sociología. Investigador Nacional Nivel II del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. Profesor Investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Profesor Emérito de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede Guatemala. Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos. Autor de varios libros y artículos especializados en materia de sociología política, sociología de la violencia y procesos políticos latinoamericanos.
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