Cien años en una hora

Luis Fernandez Molina

luisfer@ufm.edu

Estudios Arquitectura, Universidad de San Calos. 1971 a 1973. Egresado Universidad Francisco Marroquín, como Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales (1979). Estudios de Maestría de Derecho Constitucional, Universidad Francisco Marroquín. Bufete Profesional Particular 1980 a la fecha. Magistrado Corte Suprema de Justicia 2004 a 2009, presidente de la Cámara de Amparos. Autor de Manual del Pequeño Contribuyente (1994), y Guía Legal del Empresario (2012) y, entre otros. Columnista del Diario La Hora, de 2001 a la fecha.

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Luis Fernández Molina

*Nota: Termina este annus horribilis, en medio del caos y la confusión. Un año para arrancar de los calendarios. Sin embargo, no quiero dejar de pasar dos fechas comprendidas en estos 365 días, la primera de trascendencia nacional, que son los 100 años de La Hora y lo segundo, más personal, los 20 años desde que por primera vez me abrieron un espacio para publicar. Quiero aprovechar este mes de octubre, mes de una Revolución desangelada, para expresar mi tributo y agradecimiento.

En los días de ayer, y de ello no hace mucho, no teníamos celulares, cable, internet, e-mail, WhatsApp, Facebook, Netflix, Amazon, etc. etc. Y ¿saben qué? No nos aburríamos. En los tiempos libres nos concentrábamos en los buenos textos y diálogos enriquecedores. Entre las lecturas regulares estaban las entregas cotidianas y vespertinas de varios medios pero especialmente de La Hora y El Imparcial. Resuenan en mis oídos los gritos de los voceadores que en la calle anunciaban: “La Hora de hoy, La Hora”, o “El Imparcial y La Hora”. Al reposar las horas de la tarde, acomodados en buen sofá y con reflejos de bombillos amarillentos, abríamos los periódicos. El diario vespertino, tiene un carácter diferente del matutino, éste se acompaña de una taza de café a la carrera, el vespertino se puede complementar con una taza de chocolate o una onza de escocés. El primero dinámico, pro activo, preparando el día, el vespertino es como un premio merecido al terminar la jornada. Casi puedo respirar el olor de la tinta fresca de las rotativas y puedo sentir en mis dedos la impronta de las letras resaltadas.

En el contenido venían las noticias nacionales y luego las noticias internacionales. También deportes y pasatiempos. Crucigramas y chistes de Lorenzo y Pepita o el Otro yo del Dr. Merengue (ambos extintos). La cobertura deportiva de la liga Nacional, aquella que desbordaba el “estadio Olímpico” (con un cuarto de la población). Los rojos, cremas, Aurora, Xelajú. Hasta había sección social donde se anunciaban nacimientos, matrimonios, 15 años, graduaciones, etc. (Una sección de caché en la que todos querían aparecer) y los obituarios (en donde nadie quería aparecer).

Y aunque los periódicos eran para “gente grande”, poco a poco me fui asomando a esa gran ventana, por medio de esos folios extensos que parecían sábanas. Así tomé gusto por la poesía de Bran Azmitia y de varios columnistas regulares. Entre ellos recuerdo bien la redacción y abordaje de temas de Julio Benjamín Sultán y Ramón Blanco. Pero la joya de la corona era la columna de don Clemente. Para crear un balance justo debo decir que de El Imparcial me encantaba la prosa de León Aguilera, la didáctica de David Vela y, claro está, la ingeniosa chispa del muñequito de la portada. Pero el pincel de don Clemente combinaba todos los estilos con magistral empalme. Dejando de lado el tema que abordaba, la sola lectura de su texto era toda una lección de redacción y periodismo. Abordaba con pluma grácil los diferentes tópicos; combinaba el rigor de un tema trascendente con la gracia coloquial de sus dichos.

Aunque de hablar ponderado –no decía malas palabras—cuando golpeaba las teclas algunas chispas se escapaban y las palabras tomaban vida propia. Era como un pintor impresionista que traza pincelazos de rojo carmesí, o un cocinero que adereza con fuertes especias picantes. Manejaba los conceptos con tal maestría que las pocas palabras altisonantes que escribía nunca desentonaban ni ofendían, encajaban perfectamente en el texto y lo hacían vibrar. Así aparecían expresiones como que “alguien se creía sabio, pero en su puta vida había leído un libro”; o bien cuando hacía referencia a los “faldorum” (mujeriegos) o lo que era “conocer” a una mujer en el sentido bíblico del término. Tampoco las referencias jocosas, como por ejemplo que al general Idígoras ya “se hacía pipí en los zapatos”. Tanto marcaban ese tipo de notas, las que tomo al azar, que las recuerdo vívidamente más de cincuenta años después.

Pero no se limitaba a ese lenguaje coloquial, iba a fondo, a temas de interés nacional. Estaba despierto cuando muchos dormían. (Continuará).