China, el sustento capitalista de su peculiar socialismo

Carlos Figueroa

carlosfigueroaibarra@gmail.com

Doctor en Sociología. Investigador Nacional Nivel II del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. Profesor Investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Profesor Emérito de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede Guatemala. Autor de varios libros y artículos especializados en materia de sociología política, sociología de la violencia y procesos políticos latinoamericanos.

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Carlos Figueroa Ibarra

Contrariamente a lo que sucedió con el modelo soviético de socialismo, en China hoy el socialismo se construye achicando el Estado y ampliando el mercado. El Estado solamente se reserva la propiedad plena de la industria energética, de las comunicaciones (particularmente radio y televisión) y la industria del transporte (particularmente el sistema ferroviario). Todo lo demás está sujeto a una economía mixta que va de una participación mayoritaria del Estado con la iniciativa privada hasta la situación inversa: una participación mayoritaria o total de la iniciativa privada en relación al Estado. Más aún, inserta la economía china en la globalización, hoy en China ya está permitido que el capital extranjero sea accionista mayoritario en las distintas ramas de la economía. Con ese modelo, China ha tenido un crecimiento espectacular de su Producto Interno Bruto, el cual se duplicó entre 1978 y 2000 y se ha vuelto a duplicar entre 2000 y 2020. La cuadruplicación del PIB ha permitido sacar a 700 millones de China de la pobreza. En 2019 en China todavía existen 17.5 millones de pobres. En 2020 ya no habrá ninguno.

La productividad china es asombrosa. En las afueras de Xi’an, la fábrica de automóviles eléctricos BYM produce 600 mil vehículos al año además de cientos de miles de baterías para este tipo de automóviles. En las afueras de Beijing, la aldea Beigou con unos cuantos miles de habitantes produce 300 mil toneladas de hortalizas al año. China es hoy la segunda potencia mundial pero es previsible que pronto sea la primera. No obstante lo impresionante del desarrollo chino, éste tiene talones de Aquiles. En primer lugar no es autosuficiente tecnológicamente, pues la mayor parte de sus ramas productivas tienen una dependencia tecnológica de entre 30 y 40%. En segundo lugar el crecimiento acelerado del PIB ha creado un mayúsculo problema ambiental que ha ocasionado emergencias como la del 2013 cuando una nube tóxica colmó los cielos de vastas regiones durante 24 días. Entre las 20 ciudades más contaminadas del mundo, 16 son chinas y el 70% del agua en el país ha mostrado contaminación. Deng Xiaoping dijo que no importaba el color del gato sino que cazara ratones. Hoy es un consenso en China que el gato debe ser verde. “Cielo azul, llanuras verdes y aguas cristalinas” es una divisa del Partido y Gobierno.

El desarrollo capitalista en China es el sustento material de la “fase primaria del socialismo” que durará cien años (1949-2049). A mediados del siglo XXI, China entrará en la fase de socialismo moderno y muchas marcas chinas se posicionarán en el mercado mundial como hoy acontece con los celulares Huawei. China aspira a extender su poder blando por todo el mundo y eso lo hará a través de su programa de cooperación internacional que es llamado “La franja y la ruta de la seda”. El PCCh no ha renunciado a sus objetivos socialistas y comunistas, está usando a la acumulación capitalista para estos objetivos. He aquí las peculiaridades chinas de su socialismo.